Luz Estela “Lucha” Castro
EL DERECHO DE RESISTENCIA contra el colonialismo, la ocupación extranjera, las dictaduras militares o el apartheid es una respuesta legítima de los pueblos.
En México, nuestra historia lo confirma. Miguel Hidalgo, José María Morelos, Vicente Guerrero, Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario y tantas mujeres insurgentes no fueron terroristas: fueron las y los artífices de la Independencia. Francisca “La Generala” y las soldaderas que siguieron a Zapata y Villa tampoco fueron criminales, sino mujeres del pueblo que con armas, organización y cuidado mantuvieron viva la Revolución Mexicana. Su legado fue retomado en el Grito de Independencia del 2025 por Claudia Sheinbaum Pardo donde se recordó a las heroínas invisibilizadas por siglos.
Sesenta años atrás, en 1965, el Dr Pablo Gómez , maestros, estudiantes y campesinos protagonizaron el asalto al Cuartel de Madera, en Chihuahua. No eran terroristas: eran hijas e hijos del pueblo que, cansados de la injusticia y la represión, se levantaron en nombre de la dignidad. Madera fue reconocido como Comité Primeros Vientos de una nueva etapa de resistencia social y política en México. Y junto a ellos estuvieron “Las Mujeres del Alba”, que sostuvieron la lucha armada con coraje, entrega y ternura, demostrando que la rebeldía no tiene género, que la revolución también fue suya.
La historia universal también lo demuestra. Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de patriotas checos se levantó contra la ocupación nazi y ajustició a Reinhard Heydrich, uno de los responsables del Holocausto. No eran terroristas: terrorista era Heydrich, porque el terrorismo es asesinar pueblos enteros desde el poder.
Algo parecido sucedió en Sudáfrica. Nelson Mandela, el líder que después logró romper el apartheid, no fue un pacifista ingenuo. Cuando vio que la lucha pacífica no era escuchada, creó el brazo armado del Congreso Nacional Africano, llamado Lanza de la Nación. Para él, la resistencia, incluso con armas, era legítima hasta que cayera el régimen racista que oprimía a su pueblo.
El derecho de resistencia está reconocido en el preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que invoca la rebelión contra la tiranía y la opresión como último recurso de los pueblos. Si lo negáramos, tendríamos que condenar como “terroristas” a Hidalgo, Morelos, Zapata, Villa, las soldaderas, las insurgentas y las mujeres del Alba de Madera. Sabemos que no lo fueron: fueron héroes y heroínas que nos legaron derechos, libertades y dignidad.
La violencia es absolutamente inaceptable cuando se ejerce contra civiles desarmados. Eso es lo que hoy hace Israel en Gaza, donde la ofensiva militar ha asesinado a decenas de miles de personas inocentes, entre ellas miles de niñas y niños. Esa violencia sí es crimen, sí es terrorismo de Estado, es GENOCIDIO
La condena incondicional de la violencia solo beneficia a los Estados que abusan de su fuerza y buscan mantener sometidos a los pueblos. Las y Los oprimidos, en México y en el mundo, tienen derecho a rebelarse. Nada de lo que hoy disfrutamos fue regalado: ni la Independencia, ni la Reforma, ni la Revolución, ni los derechos sociales, ni la democracia. Todo fue fruto de la resistencia, muchas veces a costa de vidas entregadas con valentía.
Hoy toca rebelarse frente al genocidio del pueblo palestino. Así como nuestras y nuestros antepasados tomaron las armas por justicia y libertad, nos corresponde ahora levantar la voz y acompañar con solidaridad esa lucha por existir.
Que las plazas, los balcones, las aulas y las calles se llenen de banderas palestinas sería un gesto luminoso de memoria y esperanza: la certeza de que el derecho de resistencia sigue siendo, en todas partes, el derecho de los pueblos a vivir libres.








