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El pasado 8 de Marzo me aposté en la esquina de las avenidas Universidad y Juárez de la ciudad de Chihuahua, justo encima de la base del muro de acero que la gobernadora del estado instaló para contener la protesta de las mujeres. A ese cruce de calles desembocó una multitud pocas veces vista aquí.
La convocatoria de las mujeres había rendido sus frutos y miles de jóvenes, adultas, niñas, activistas, víctimas, mostraron toda su furia y malestar contra una sociedad que no atiende el origen de sus reclamos, de un gobierno adormecido y en la incuria por profesar una visión tradicionalista de lo que es el mundo de las mujeres, y al final de la cultura en la que hemos vivido.
En ese sitio y en la perspectiva que daba a las manifestantes la confluencia de las calles, se levantaba un muro de acero que sin estar calzado por frase alguna, parecía decir el gobierno está cerrado a sus demandas, a sus luchas, a la imploración de justicia, porque se trata, a resumidas cuentas, de un gobierno fallido que, encabezado por una mujer, actúa al más puro estilo patriarcal. Cosas de la cultura.
Las instituciones gubernamentales han tenido en su favor tiempo sobrado para construir consensos y canalizar inconformidades, sin orillar a las mujeres a valerse de las armas que tienen: el aerosol, las pancartas, los símbolos y el tener que escribir los nombres concretos y específicos de hombres violadores, acosadores y pederastas que revelan, de uno por uno, que las instituciones encargadas de la administración de justicia –fiscalías y juzgadores– no están haciendo su tarea porque, entre otras muchas cosas, no les interesa.
En el fondo el día de hoy tenemos en Chihuahua un gobierno que antepone las convicciones personales a lo que dispone la razón y las leyes. No practican una ética para inteligentes, y la cultura patriarcal de la que son expresión todo lo permea y la respuesta está en la calle.
Hay una vieja frase de un líder político que reza que los pueblos no hacen con más gusto la revolución que la guerra; lo que significa que las mujeres, muchas veces cargando a sus hijos, no están en la calle manifestándose por gusto, por el simple placer de hacerlo. Es fácil entender que hay un inmenso almacén de agravios que operan como poderosos resortes para hacer del 8 de Marzo una demostración contundente e inequívoca por sus propósitos.
Pero todavía hay una enseñanza más clara y pertenece al filósofo Spinoza, quien recomienda que no hay que reír ni llorar ni lamentar, sino comprender. La lucha de las mujeres no tan sólo exige una mirada de compasiva tolerancia frente a los que ven los “excesos” pero se desentienden de que cada minuto, cada hora, cada día hay una violencia atroz en contra de la mujer, y que lo mismo se sufre al interior de la sacrosanta familia que en la pareja, en el trabajo, en la calle, en los centros de esparcimiento, en los lugares donde se prestan servicios, en lo privado y en lo público. Eso es lo que debiera mirarse de principio a fin para ponerse en ruta para el diálogo y la conciliación de la protesta.








