El Primer Trabajo de Ileana
David García Monroy (1955-2008)†
Ileana tenía trece años ocho meses cuando una amiga suya conocida del barrio de la Guadalupe, le informó que en la empresa fulana donde ella trabajaba se solicitaban los servicios de un afanador. No importa que no seas mayor de edad. Se trata de un trabajo fácil, lavar los vidrios, limpiar los muebles, barrer.
Veamos ahora a Ileana. Trece años ocho meses significaban emocionantes y largas pestañas en el oscuro escenario de sus pupilas estrellas negro cósmico. Ojos que nunca he visto en ninguna parte sino en sueños. Ileana casi catorce. Cabello castaño oscuro ajado de las puntas, deficiencia vitamínica pero con esa sedosidad imprescindible en el estrellato. Cabello castaño oscuro a medio metro del suicidio para quien ha sido despreciado por su amor de adolescente, en esta época tétrica donde solo los nombres de Perches, La Paz, Lozoya, resuenan de norte a sur, de este a oeste. Ile… ¿por qué eres tan atrozmente hermosa?
Veamos ahora la oficina: Tres cuartos rectangulares de una empresa que inició labores en septiembre para empezar “científicamente” (desde el cubículo de algún genio en Monterrey) la venta de un producto maravilloso que se vende solo. Es decir no tiene necesidad de un solo minuto de publicidad en Televisa, para incrustarse en la gelatina del territorio de las “necesidades” del telespectador. No importa lo que es. Puede tratarse de un nuevo pañal desechable que elimina científicamente (gracias a tres años de labor en algún laboratorio de Denver) el mal olor de los desechos orgánicos sólidos o líquidos; ve tú a saber cómo. O de un color nuevo maravilloso que ni Liz Taylor drogada podría haber imaginada, de “sombras” para colorear parpados femeninos, neciamente pre-modernos.
No importa un comino lo que ese producto era en los primeros días de diciembre, cuando Ileana fue a solicitar trabajo de afanadora. No porque a Ile le gustara mucho lavar vidrios, limpiar muebles y trapear, sino sólo porque estábamos en diciembre y a todo mundo lastima la falta de dinero contante y sonante en diciembre. Eres un anejo inútil de la humanidad si en diciembre no tienes dinero. Eres un tumor o una uña del pié curva, o un callo, o pecas en la espalda o un fútil tatuaje en un glúteo, si en diciembre no tienes dinero contante y sonante, para gastarlo como mejor dispongas. Ya sea emborrachándote todos los días del primero al 31; o comprando regalos como loco a todos los humanos conocidos y hasta el perro (el sultán), o al canario (una nueva jaula), o al gato (una nueva almohada). El dinero lo ganas tú ¿okey? Tú solo o tú sola tienes el derecho de decidir cómo se gasta. Puedes pensar en 100 botellas de Ron Caribean, importado de Cuba, o en un suéter de lana de Guanajuato y que vale en Grandalia, no más de mil 500 pesos, porque ha sido importado de Cuzco. Pero ¿qué tanto son ahora mil 500 pesos delicadeza mía? No te pongas dramático.
Martes: Ileana se presenta a su trabajo en primer día. El primer día de trabajo en la vida de Ileana. Quien se las ingenia maravillosamente para informar a sus maestros de la secundaria fulana sobre una enfermedad infecciosa, hepatitis tal vez. Lo cierto es que ningún condiscípulo podría haber reconocido a Ileana, la adolescente más linda de la Guadalupe, ese martes de diciembre cuando se presento a solicitar el empleo de afanadora en esa nueva maravillosa empresa.
Veamos ahora el gerente: chilango o regiomontano de 30 año. Güero hasta la médula de los huesos, pero corriente; rubio chaparro asqueroso de piernas arqueadas y rostro de mejillas carmín, dientes de rata y saco deportivo de cuadros, ajado del cuello, detrás de una camisa comprada en Milano, donde se viste el paisano. (Apúrate pues porque ya llevas cuartilla y media).
El gerente se las ingenia para enviar a doña Carmen su vieja asistente al banco o al correo a las 11 AM, justo cuando la angelical Ileana limpia los vidrios de la estúpida oficina de cuatro por cuatro de ese edificio insulso del primer cuadro de la ciudad. El gerente se queda solo y su pasión sana o insana (nos importa un cacahuate Navokov) por Ileana cuyos brazos desnudos de terciopelo, duraznos del Nirvana más obvio, limpian los imbéciles vidrios de esa estúpida oficina. Y entonces la cucaracha asquerosa, ratón carcomido, gusano grosor epitelial, gerente de una empresa que será perseguida penalmente durante todo los años hasta conseguir dar con los huesos de su dueño en el bote, según la habilidad de nuestros abogados graduados en la Uach, intenta lo más diabólico en su vida.
Al grano: esa mañana a la primera hora en la que Ileana iluminó con la alegría de Dios esos imbéciles cuartos de tal empresa, el gerente simple como era clara de huevo, o menos aún heces de tepache pueblerino, corteza de pan blanco carbonizado por error del panadero borracho, etc… decidió que era el elegido para probar por vez primera la piel de Ileana, sus labios de coral, sus mejillas de nácar. Ándale pues pendejo.
Va y le acaricia el brazo desnudo a Ileana, a nuestra Ile, quien es electriquizada con una sensación general de asco, pero ¿cómo vomitar ahí, sobre el piso de la oficina el café con leche, los huevos estrellados con frijoles y la esponja de chocolate que comiste en la mañana?
Ile es paciente. Es una niña-mujer chihuahuense es nuestra heroína de hoy. Espera… El archi-imbecil del gerente le pasa la asquerosa mano sobre la nalga derecha, sobre la pana del pantalón café.
Ileana entonces se vuelve con el odio más justo y excelso a su débil atacante, a ese enano sórdido (Ile mide 1.60). Y entonces contraataca clavando sus soberbias uñas en los cachetes del ahora casi inválido: un grito, pujidos, groserías, amenazas, mentadas apenas audibles. Las uñas de Ile no ceden un solo milímetro. ¡Me voy!¡Perdóname!¡Déjame! Dice por fin el gerentito de utilería.
Ileana nuestra adorada Ileana, niña chihuahuense de segundo de secundaria, sale a la calle casi sintiéndose la mujer maravilla, aunque esta navidad no tendrá un solo peso. Tendrá nuestro amor…! ¡Ay cabrona cursilería!








