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lunes, marzo 16, 2026
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EL MONUMENTO HIPSOGRAFICO

El Monumento a Herr Henry Martin

Investigación y texto: José Luis Muñoz Pérez

PRIMERA PARTE

CIUDAD DE MEXICO.- Caminando frente a la Catedral Metropolitana me dirigí a la esquina surponiente de la Plazoleta del Marqués, al norponiente del Zócalo,  para cruzar la calle  Monte de Piedad y tomar la Avenida 5 de Mayo. Un grupo de jóvenes  turistas japoneses caminaba a mi costado. Al pasar por el Monumento Hipsográfico una de ellos preguntó en inglés a su guía por el significado de la pieza, estructura marmórea  de basa rectangular que funge de pedestal a una escultura femenina de exquisita belleza.

Balbuceante, el guía respondió qe la línea horizontal que cruza a mitad de la basa en el flanco sur es el equivalente a un metro, como lo dice claramente  una leyenda en español. Sin saber que otra explicación aportar, apenas agregó : “Es  sólo una curiosidad”. Y se alejó del sitio apresurando su recorrido y dejando a los curiosos ayunos de respuesta.

El pedestal de cuatro costados

La hermosa figura de una mujer representa a La Ciudad

En falso sentido, el ignorante guía acertó, pues la ausencia de información que explique al paseante su interesante significado y el galimatías de las leyendas expuestas, reducen el monumento a mera “curiosidad”, concepto opuesto a ese comportamiento inquisitivo natural que engendra la exploración, la investigación, y el aprendizaje. Verdadera curiosidad es lo  que lógicamente despierta el monumento por su ubicación y calidad estética, pero cuya deficiencia informativa obliga a quedar lamentablemente en  curiosidad insatisfecha o en minusválida condición de “curios”.

Una inscripción en letras metálicas informa que el monumento está dedicado “A la memoria del Ilustre Cosmógrafo  Enrico Martínez”.

En realidad, su  nombre  verdadero  fue Heinrich Martin, – transformado arbitrariamente al castellano por la engreída insolencia acostumbrada en la época colonial-,  un memorable sabio alemán que vino a Nueva España en calidad de Cosmógrafo  del Rey, -Felipe II-  en 1590. Llegó en la misma embarcación en que viajaron procedentes de la península ibérica el recién designado Virrey – por primera ocasión –  Don Luis de Velasco, hijo, y el niño y futuro poeta y dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón, pariente por línea de su padre Don  Luis de Velasco y Ruiz de  Alarcón, quien había sido el segundo Virrey de la Nueva España entre 1550 y 1564.

Remotamente, el nuevo virrey sabía que, en algún rango de prioridad, parte de su  misión sería atender el agudo problema de las inundaciones de la renaciente ciudad de México como capital novohispana, que personalmente siendo adolescente vivió en 1555, durante el mandato de su padre,  y que -sabía- de nuevo en 1579-80 provocaron terribles consecuencias por la elevación de los niveles del agua en los lagos circundantes, zambullendo el casco urbano. Seguramente, las inundaciones de la nueva y atrayente metrópoli fueron un tema de conversación con el Rey y su concejo y  posiblemente entre los ilustres viajeros en su  trayecto  transatlántico, durante el cual cimentaron una perdurable y fraterna amistad.

Es ampliamente conocido el hecho de que Hernán Cortés luego de la devastación de la gran Tenochtitlán decidió erigir la nueva capital sobre las ruinas mexicas, a pesar de la opinión en contrario del cabildo y de sus propios capitanes, pero motivado astuta y ambiciosa, mas no prácticamente,  por razones de carácter político, privilegiando en  su visión el prestigio imperial de la isla tenoxca en el mundo indígena, sobre cualquier recomendación y argumento de carácter técnico.

Sin embargo el capitán general y sus seguidores fueron incapaces de entender la delicada y etiológica relación del centro urbano con su entorno lacustre. Los lagos para los prehispánicos fueron no sólo  la principal fuente de  sustento – de ellos obtenían pesca, caza y  mediante el sistema de  chinampas productos de la agricultura-  sino también  el principal medio de transporte e integración territorial y, doctrinalmente, el espejo de su  visión cosmogónica.

Contrariamente, desde el principio de su dominio, los invasores insistieron en llamar a la región “Valle” del Anáhuac, intrínseca contradicción que violenta su significado topográfico, pues la nimia misma la define como lo que en realidad era, una cuenca lacustre endorreica, -cerrada, carente de desagües-.

Anáhuac significa literalmente “Circuito del Agua”. A, es prefijo genitivo derivado de Atl, agua; Nahuac es cerca, en el sentido de círculo o circuito. Equivale a “Agua Cercada o Cerca del Agua”.

La superficie del vaso se formó durante el período cuaternario, en el pleistoceno medio, hace menos de 300 mil años. En el previo período terciario los lagos tenían desagüe hacia la cuenca del Balsas, pero debido a la intensa actividad  tectónica del cuaternario, 70 o más millones de años después de la extinción de los dinosaurios -para visualizar una referencia-  y cuando ya existían los primates superiores,  emergió la joven e imponente sierra del Ajusco, (“floresta de agua” del náhuatl ā-xōch-co: ā- ‘agua’, xōch- “flor, florecer” y -co ‘en, lugar de) conformando el Anáhuac como lo conocieron unas cuantas decenas de siglos después, al llegar los primeros pobladores humanos. Antes de eso,  una enorme cuenca ocupaba la superficie al pie de los antiguos volcanes y al occidente  otro vaso gigantesco  ocupó las depresiones de  Chapala y Cuitzeo, Pátzcuaro, Sayula y Zirahuén, todas con salida al Balsas. Quizá en algún momento todos fueron uno. Al erguirse la sierra del Ajusco-Chichihuatzin (Señor que quema) ambos vasos quedaron separados y el Anáhuac vio atrapadas sus aguas, sin salida. Al occidente los espejos también se dividieron y formaron las cuencas igualmente endorréicas de Jalisco y Michoacán.

La zona lacustre en el siglo XVI.

CONTINÚA