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domingo, marzo 15, 2026
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“Pandémico” amor y lucha filial… II Parte

Sergio Armando López-Castillo

Trabajo ganador del Premio Nacional de Crónica 2021

Comenzando el año 2021, el gobernador en turno J. Corral, estaba por finalizar su mandato, el que se centró en una política de austeridad, abrió las puertas del Palacio de Gobierno y realizó audiencias públicas para escuchar a la gente, ahí mismo.

Una tarde Antón decidió buscarlo en sus oficinas para audiencia pública. Estaba haciendo mucho frío y había varios guarda-espaldas en el sitio gubernamental escoltando al mandatario.

El angustiado padre, nunca olvidará este momento, estaba muy nervioso, según le platicó a Marian, su mujer, quien lo esperó en una cafetería cercana. Estaba tartamudeando el hombre; pero lo recibió el gobernador, saludó de mano y le recordó una primera plática improvisada y atropellada hacía meses atrás, la que ocurrió en un acto público en el centro de la capital.

En aquella ocasión, en forma rápida, caminando por una banqueta a tras del lugar del acto oficial, le pidió que observara y analizara el caso de su hijo Mandis, por injusto e inverosímil. Ya en la audiencia, el político lo reconoció y comenzó a escucharlo, de nuevo.

Antón, más tranquilo, le agradeció por haberle brindado apoyo para que en el  tribunal para menores, no fuera amenazado o atacado por los Juniors y sus adinerados padres o abogados que defendían a los verdaderos culpables de la muerte de Jazmín.

  1. Corral lo vio a los ojos y con paciencia comenzó a escuchar la historia de Mandis, contada por su padre, ahora sí, más detenida y atentamente. Impensable en otras épocas en donde el poder se usaba para poder y no para servir, como dijo Antón a su esposa, cuando la entrevista terminó.

Al poco tiempo, tuvo la oportunidad de hablar con la mamá del principal acusador de su hijo, encontrándola en el supermercado de una colonia de alcurnia. En ese momento, se acercó a ella y la miró fijamente. Le dijo quién era él, y que no podía comprender, el por qué su protegido vástago, había inculpado a Mandis, de algo que todos sabían que no había hecho.

La señora Terrazas lo miraba con asombro y al mismo tiempo altives. Pero Antón no quitaba el dedo del renglón y seguía insistiendo: Que por piedad, ella y su familia dijeran la verdad para poder liberar a su primogénito.

La mujer de alcurnia, muy poco se conmovió y solamente le respondió que eso,  estaba viéndose y aclarándose en los tribunales.

Al mismo tiempo, el desesperado padre de familia buscó, también, a la madre de la chica asesinada, Jazmín, cuyos parientes sabían, igualmente, que la joven había sido víctima de los protegidos hijos del “poder y del dinero”.

Doña Sonia, una señora humilde, sencilla, a quien Antón encontró en una audiencia del tribunal para menores, donde le expresó que entendía su dolor, que su pena  debía ser muy grande, porque él es papá, pero que su tormento podía cambiar, podía sanar, si ayudaba a esclarecer el asunto para que saliera la verdad de todo.

Le dijo firmemente, que su hijo encarcelado era inocente del horrendo crimen de Jazmín; que la situación también le causó tremendo dolor a la familia, a sus padres,  hermanos etc.

Le pidió que perdonara legalmente a Mandis, o que hiciera algo para sacarlo de prisión. Y que de esa forma podrían, de alguna manera, empezar a sanar, porque ambos habían sido víctimas de unos negociantes influyentes, con nexos políticos y económicos fuertes.

En realidad, en su mirada, en su expresión, Antón sintió al verla, que ella sabía que Mandis no tenía nada que ver con esos hechos; le dijo que le diera la oportunidad de tener de vuelta a su hijo en casa, con su familia y conociera a su hermanita Keli Danena recién traída al mundo.

El padre del adolescente en prisión, repetía una y otra vez que a la señora Sonia, que por ser de una familia honesta, tenía la certeza de que Mandis era inocente. Sin embargo, cuando le dictaron la vinculación a proceso, como presunto culpable, ella ya no se quiso involucrar más por temor a las represalias de los poderosos que estaban atrás del homicidio de la joven.

Sonia lo miró a los ojos unos segundos, no dijo nada y se fue. Una persona que la acompañaba le prometió a Antón que hablaría con ella y se despidió, solo con una expresión breve de gracias y hasta luego.

Días después, la vida en la familia de Antón proseguía en la incertidumbre. Se acercaba el cumpleaños del tenaz padre. Una noche, volvió a tener un sueño donde pudo ver a su abuelita Tichi, quien llevaba meses encerrada y sin salir por la pandemia de coronavirus. En este sueño, se encontraban en su casa, ella estaba cargando a Keli, la beba, muy feliz.

Estaban todos, sus primos, tíos, tías. Era una fiesta. La abuelita dijo que se tenía que ir, porque estaba muy cansada, pero que se sentía muy contenta por él, de  conocer a Keli y por Mandis, quien, según ella, se encontraba a un lado de su papá,  festejando en la fiesta.

Se despertó y fue corriendo con Marian a platicarle de su sueño. Ese sueño era el que estaba esperando.

Ya en la realidad cruda. Y en medio de una marabunta de noticias, avisos, alertas y sucesos convulsos, confusos sobre año y medio de pandemia, nuevas cepas, oleadas, mutaciones del virus Covid-19; en abril del año 2021, el Juez que llevaba el caso de Mandis, a quien se acusó de feminicidio agravado, había convocado a una audiencia para finales de ese mes.

No le dijo a nadie más, de ese sueño que había tenido, solo Marian lo sabía, porque no era garantía de nada, sino una simple corazonada y un mero deseo de Antón.

Pero eso sí, cada día después de aquella noche, meditaba y meditaba, pedía y rogaba, para que el sueño se hiciera realidad.

El día de la audiencia, todos estaban en extremo nerviosos, temblando. La presión era muy alta, los cubre bocas dificultaban la respiración; el corazón les quería explotar.

El hermano mayor de Antón estaba a su lado sudando profusamente, los demás estaban en una fila enfrente de él, y tenían lágrimas en los ojos.

Su hijo se veía serio, con la mirada firme en el Juez. Volteó el padre a ver a su mujer, Marian, ella y casi todos (as) tenían los ojos llorosos, y en ese preciso momento, era como si el tiempo se detuviera; recordó otro sueño que había tenido cuando todo inició.

Una noche antes de la detención de Mandis, por los policías, su papá soñó que un demonio lo perseguía en un pasillo que parecía infinito, para atraparlo; de pronto lo entendió, ese otro sueño que tuvo, era hoy, el calvario penal de su hijo y su familia, y Antón ya lo había visto en imágenes.

Ocurrió entonces en otra parte de sueño, que la madre de la muchacha ultimada, se puso de pie, tenía una biblia en su mano y comenzó a hablar. Pero en su visión nunca pudo ver más allá de este momento, ya que el fuego que se desprendía en la casa y el demonio en llamas, lo consumían todo.

De vuelta a la realidad, lo siguiente que pasó en el juicio, fue que Sonia emitió un perdón… Y después de eso, el Juez de la causa dictó la liberación del vástago de Antón. Parecía imposible de creer, pero estaba sucediendo.

Impacientes, parte de los familiares y amigos, estuvieron esperando afuera del tribunal, y a la vez prisión para menores, toda la tarde. Era una audiencia presencial, después de muchas de tipo virtual, por la contingencia sanitaria, que habían atendido.

Había mucha incredulidad, mezclada con felicidad, e incertidumbre. Ya en la noche, uno de los hermanos salió corriendo hacia las puertas del juzgado al ver una silueta acercándose. Se escuchó segundos después un grito: – “Es mi sobrino Mandis”, comenzaron a gritar todos.

– “Sí, ¡si es!”, contestaban otros. Y corrieron en montón a encontrarlo y abrazarlo, lloraban de felicidad, sin parar.

Su padre, Antón, lo abrazó con inusitada fuerza y le dijo:

– “Bienvenido a casa, hijo, te queremos mucho. Estamos felices por ti.”

Se fueron al hogar familiar, todos. Llegaron muchos conocidos y comieron juntos. Después de todo, por fin era tiempo de felicidad. Había una alegría tremenda, y era como si Antón hubiera despertado por fin, de un largo sueño, la energía se sentía en todos los espacios de la casa.

La tía de Mandis, Nona, comenzó a contar que hacía siete días, había soñado, también, sobre esa noche y la reunión de la familia, y había visto a su mamá (la abuelita Tichi), muy contenta en el sueño. Al escuchar su relato, Antón se paró y le dijo que él había tenido exactamente el mismo sueño, aunque meses antes.

Recordaba haber visto a la Nona en el sueño, con un vestido rojo, y ella traía un vestido rojo esa precisa noche en que se juntaron. Compartieron detalles del sueño, todo parecía indicar que habían soñado lo mismo, en diferentes tiempos, aunque para estas cosas no se puede hacer ciencia, y tampoco se puede estar seguro, ellos  solo lo sabían, y era todo.

¿Qué hubiera pasado, si me Antón se hubiera dado por vencido en el camino, con todo y las vicisitudes pandémicas, legales, familiares y políticas? La libertad es un derecho humano de los más preciados e importantes.

Obtener la libertad de su hijo fue una cruzada de amor y de justicia en esa etapa de su vida. Enfrentó el destino como cualquier ser humano, y cuando ya no podía más, aun así, siguió, continuó, luchó, se cayó y se levantó. Intentó todo lo que estuvo a su alcance, buscó por todos lados, tocó muchas puertas, insistió muchas veces, y el terco padre, lo logró.

Para él, cuando las cosas se complicaron cada vez más, trató de observar sus alrededores, seguir su instinto, y fue cuando comenzó a darse cuenta, de cosas que nadie más estaba observando. Tuvo miedo, dudas, y cuestionó todo. Se hizo todas las preguntas para poder obtener sus respuestas.

Tuvo que analizar cada detalle, cuestionarse a sí mismo, sobre sus habilidades, y derrotar su propio miedo. Al final de todo, pudo creer en él, aceptar sus defectos y sentirse orgulloso y tomar valor para seguir siempre adelante.

Todo eso, los sueños, pensamientos extraños, la incertidumbre, le ayudó a Antón,   entender en dónde estaba parado, a ser consciente del entorno, a enfrentar los retos de manera diferente, a pensar distinto; porque aprendió a crear una realidad como la necesitaba.

Hubo muchos momentos difíciles para él, decisiones complicadísimas, pero no tomó el papel de víctima; al contrario, se puse una dura armadura para la pelea. Todo eso tuvo consecuencias directas en su vida.

En ese largo recorrido de más de un año de pandemia, el encierro penal de su hijo, y el nacimiento de una nueva vida, creó esperanza y amor, cuando se reencontró con Marian, quien junto a Kali Danae, se convirtieron en una bendición.

Tuvo oportunidad de sanar a muchas personas, logró abrir una puerta de salida para el hijo, y actualmente, él, se encuentra creando su propio proyecto de vida, con o sin el Covid-19.

La vista de Antón y Mandis, y el resto de su familia, está puesta en el futuro, luego de su exitosa lucha filial, por un pandémico amor filial.

Fin.