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martes, marzo 17, 2026
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La bella industria del brassier

Daniel García Monroy

¿Por qué será que a los hombres les (nos) embelesan los senos de las mujeres? Qué fascinante visión-imaginación provocan esas dos admirables protuberancias por delante de su pecho, que lo reconvierten en el plural femenino de pechos.

Verdad es, que las glándulas mamarias recubiertas de tersa piel se llegan a transformar en obsesión sexual para no pocos varones con problemas en la sublimación de su libido. Otra versión de una tesis de la sicología maneja que los millones y millones de fumadores en todo el planeta, fuman sin poder refrenarse, porque necesitan recuperar como adultos el placer y la seguridad de un objeto-pezón en sus labios, como cuando felices bebés comían del pecho de sus madres. ¿Será posible la justificación sicológica de esa enfermiza adicción?

En una excelente película filmada en el lejano 1972, dirigida por el gran cineasta neoyorquino Woody Allen, denominada con el prolongado titulo de: “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero temió preguntar” –en sí mismo eminente micro-historia–, su protagonista, el multifacético Woody, en trabajo de actor cómico, vive aterrorizado por sueños en donde dos gigantescas bubis le persiguen sin piedad intentando aplastarlo. En el promedio del inconsciente colectivo heterosexual, los pechos femeninos superan a las bellas caderas en la seducción que ejercen sobre el apetito erótico viril. Los biólogos han establecido que entre los mamíferos animales el fenómeno se repite en no pocas ocasiones.

El bíblico libro de Proverbios, en su capítulo 5, versos 18 y 19, recomienda a todo buen amante-cónyuge: “regocíjate con la esposa de tu juventud una amable cierva y una encantadora cabra montesa. Que sus propios pechos te embriaguen a todo tiempo”. Vaya, vaya pues, para que el hombre más sabio que ha existido sobre la faz de la tierra, el buen rey Salomón, le haya rendido pleitesía a la atrayente belleza de esas bebibles partes del cuerpo de las mujeres, sin duda debe ser porque algo existe de divino hechizo en dichos-dichosos-paralelos sitios corporales del sexo, (ya no tan) débil. –Pero qué onda con los brassieres Daniel. –Ah si sí, perdón.

Se dice que fue un afortunado año de 1889 cuando una diseñadora francesa de ropa, llamada Herminie Cadolle, inventó en Paris, un accesorio de tela definido como “corselet-gorge”, que modificó y jubiló de una vez y para siempre al opresivo corsé. La publicidad de aquel entonces le llamó en francés: “le bien-etre”, que traducido al español significa: ¡bienestar! –Qué cosa, ahora resulta que el origen histórico del principal concepto de marketing político de la 4T, se le debe agradecer a la ¡emancipación de los oprimidos senos femeninos! Qué extraños son los caminos de Dios–.

La historia del fantástico brassier, también ubica a una joven neoyorquina de nombre Mary Phelps Jacob, quien a principios del siglo pasado y para liberar de la represión a su abundante escote, cosió a mano un atuendo que separaba sus pechos, los levantaba y daba opción de bien respirar. Cuando sus amigas quisieron probar esa extraña prenda, ella se dio cuenta que algo bueno había confeccionado. Le vendió la patente a la Warner Brother Company, por 1500 dólares. La empresa que industrializó el buen invento obtuvo ganancias por 30 millones de dólares de aquellos, durante las tres décadas que monopolizó la venta del original sostén en Estados Unidos.

El “trust” de la lencería, que inició con el funcional brassier, es ahora un sector de más de 500 marcas a nivel mundial. Con ingresos comerciales que superan los 100 mil millones de dólares anuales. De los feos diseños de hace más de un siglo, actualmente los brasieres –y sus hermanas las bragas–, son una industria que compite por dar confort a las damas, pero más que nada para hacer más sexy su constitución física. De ahí que todos los colores en la ropa intima se hayan “normalizado” hasta hace apenas 40 años. Durante décadas toda prenda intima bajo la ropa de hombres y mujeres fue abrumadoramente blanca y de diseños estándar. Hoy el arcoíris de la disfrutable lencería, puesto al descubierto por los espectaculares desfiles de pasarela de la marca Victorias Secret, es una muestra de cómo se ha modernizado la bella industria del brassier y los calzones. (Por qué será que suena tan repelente-corriente esta palabra y todas sus correlativas: trusa, pantaleta, braga, tanga, calzoncillo, suspensorio, chones, ¡taparrabo! Jesús de Veracruz).

Inevitable no dejar pasar en este irreverente artículo, que el brassier también ha sido factor de protesta social. Con el movimiento hippie de los 60 como origen, las mujeres norteamericanas ubicaron al brassier como imagen de opresión. Y con la liberación femenina en marcha se rebelaron a su uso. El fenómeno no fue insignificante. En su momento fue una revolución que objetivó una prenda de compra y uso masivo, como símbolo de un cambio progresista en la relación entre hombres y mujeres. –¿Por qué nosotras sí estamos obligadas a usar este estúpido adminículo sujetador y los hombres no?–. Y ¡zaz! que se lo quitan. La liberación femenina de la década de los 70 realizó entre muchas de sus manifestaciones, la quema de sostenes y más terrible aún, la desnudez de sus pechos en no pocas protestas públicas; hecho que impulsó a la pornografía como negocio masivo multimillonario. (Harina, digamos intercambio-desgaste de fluidos humanos de otro costal o artículo, que así sea).

Un famoso chiste de hace décadas establecía que existen pésimos gobernantes “brassier”, pues nadie sabe cómo se sostienen, pero todos están deseando que se caigan.