15.6 C
Chihuahua
martes, marzo 17, 2026
- Publicidad -

En el reino de la violencia

Daniel García Monroy

México es un país embelesado por un mal que lo lacera y lo somete: su violencia histórica. Una tradicional forma de actuar entre sus habitantes, que nos impide evolucionar al sueño de la paz y la tranquilidad social y nos regresa a nuestro ser animal, salvaje, original. No es el único país enfermo, pero sí uno de los líderes mundiales del crimen. La inseguridad pública es el más grave problema que nos afecta a diario y directamente, por tanto, al que debemos revisar y tratar de analizar, por lo menos para comprenderlo, si solucionarlo se observa imposible. Nos burlamos de la guerra en Ucrania, pues sus muertos no son ni quinta parte de los que sucumben todos los meses en nuestro país. Pero ¡¿por qué?!

De los sacrificios prehispánicos en pirámides ensangrentadas –con los cráneos pétreos, monumentos emblemáticos a la muerte–; a la espada, la cruz y el arcabuz de la brutal esclavitud española. Origen del rencor de los indígenas avasallados, que en escondidas venganzas se inmolaron para diluirse tristemente para siempre.

Mantra es nuestro himno nacional: “Mexicanos al grito de gueeeeerra…”. De la lucha de Independencia a la Reforma y a la Revolución. De la cristiada a la guerra sucia. Del 2 de octubre del 68 al 26 de septiembre del 2014 (y entonces fue el narco, y el narco se hizo dios). El signo de la violencia imperante y poderosa nos ha marcado la piel nacional con el tatuaje del salvajismo irracional, que hemos transformado en el grito desgarrado de cada 15 de septiembre: ¡Viva México cabrones! Mágica invocación con la que queremos exorcizar nuestro odio a todo lo mexicano que odiamos.

Al que reconocemos como padre de la patria, fue un hidalgo sacerdote católico que sacrificó por lo menos a 300 españoles, sin más juicio que la venganza de los desposeídos que le reclamaron sangre de sus verdugos, como pago redentor a su tricentenario sufrimiento. Y el supuesto buen cura criollo, les concedió imperdonables masacres contra peninsulares engañados e indefensos: ancianos, mujeres y niños. Paradigmático. En menos de tres meses de convocar a indios vengativos, en una insurrección –no por la independencia de su territorio, sino para reinstalar en la colonia al emperador de España, Fernando VII–, aniquiló la vida de miles de “gachupines”, criollos e indígenas carne de cañón. Diez meses después de su violento frenesí, le escurrió en Chihuahua, sangre propia de su pecho arrepentido, por el corrupto poder absoluto, antecesor de la alteza serenísima, (que otro similar suyo militar-violento, nombramiento se concedió). Hidalgo fue padre degollado al fin, por la brutalidad ignorante de un hijo-indio-tarahumara. Que mejor símbolo nacional de barbarie bestial que hasta hoy padecemos.

Parto de la patria como soberbia de violencia que se convirtió en designio ineludible para los hombres de poder. De Santa Ana a Juárez. De Maximiliano a Porfirio Diaz. De Zapata a Carranza. De Villa a Obregón, la locura del terror y la matanza crucificaron miles, millones de vidas en dos siglos de mortandad incontenible. Sangriento territorio que no acababa de nacer como nación, en la esperanza inútil del sueño divino de paz y trabajo productivo de hermandad mexicana. Inicio de país que enlutó a más familias de las que pudo haber mantenido pobres e infelices, pero vivas y en movimiento.

Y de ese infausto nacimiento nacional, a los mexicanos nos queda la irreverente veneración por los violentos. De todas la corrientes, de todos los partidos, de todos los amantes de crímenes nefastos. En eso quizá si seamos líderes mundiales. Hemos protegido sin darnos cuenta la historia de nuestra violencia intrínseca. ¿Por qué nos embelesa, por qué nos fascina el poder de las historias de los que decidieron la vida y la muerte en las guerras sin ley, ni regla humana alguna; sin nada más que el estado de ánimo del héroe que se jugó su ser para empoderarse como líder omnipotente? Y peor aún, al que hay que comprender para absolverlo de sus crímenes de lesa humanidad, porque se decidió a convertirse en asesino por amor a la patria, que en teoría heredó a los más jodidos, pero que los jodedores después la hicieran suya.

Ellos, cabecillas analfabetas, torpes iletrados, suficientemente ignorantes para no comprender realmente lo que hicieron. Pero hombres a los que hay que seguir admirando por un solo valor: su desafío a la muerte. Villa y Zapata en sus miles y milenarias estatuas de bronce en todo el país. Y a los que admiran igual los delincuentes, los políticos corruptos, los comunistas trasnochados, los luchadores sociales millonarios. Les cantamos a los héroes de la historia como ahora a los narcotraficantes jefes de jefes, para que acompasados con tamboras de banda los niños mexicanos aprendan que la violencia es la ley que se impone con la fuerza demencial del más fuerte, del más arriesgado, del mejor armado hasta los dientes.

Y entonces llegamos a nuestra guerra de inseguridad pública perpetua-irracional-inconmensurable ¿Asombro? ¿Estupefacción? ¿Prodigio? No, no, nada que ver. Natural llegada de los bienaventurados narco-políticos-empresarios, porque de ellos es el reino de la histórica y desaforada violencia mexicana. Qué nos queda. Oremos hermanos: “Padre nuestro que estás en los cielos…