Juan Gómez Franco
Soy la bicicleta de David. Llegamos como a las 8 de la noche al bar Río Rosas donde quedó en reunirse con una persona para tratar diversos asuntos de su interés.
Como es costumbre siempre a donde vamos David se baja, me pone la cadena y el candado para que no me vayan a robar y luego no tenga en que transportarse.
Aun cuando en la casa hay un Volkswagen azul estacionado, a David le gusta siempre andar conmigo de un lado a otro, sea la hora que sea, haga frío o calor.
Luego de salir de la oficina de Correos donde trabaja por la mañana, David y yo nos vamos a casa, descanso un poco y en ocasiones va por la tarde a ejercitarse en las clases de aeróbics que imparten en la Ciudad Deportiva.
En temporadas se está todo el día leyendo y escribiendo en su mesita frente a su computadora, mientras que a su espalda lo escolta una biblioteca de valor incalculable para él con autores que hicieron la mejor literatura nunca antes vista.
Luego, me entero que sus artículos de gran interés se publican en el Diario de Chihuahua, además de la sección “Lotería Política” que sale todos los domingos. Hace dos décadas escribía la sección de “pinceladas” en El Heraldo capitalino: crónicas urbanas de esta región redactadas con mucha creatividad.
Ciertas veces visitan la casa de David su hermano Daniel y su amigo Juan. Duran horas discutiendo sus análisis de la política del momento, acompañadas de unos buenos vasos de ron cubano.
Los conozco bien porque estoy adentro con ellos, soy una amiga más. Oyen buena música y cantan la buena trova, a los Beatles y hasta las ingeniosas crónicas de Chava Flores: David entona melodías en su guitarra, Juan toca las percusiones y Daniel canta junto con ellos… eran buenas bohemias. Aquí es el lugar de los grandes momentos.
En la tarde del jueves 9 de octubre de 2008 llegamos al bar Río Rosas. Ese día no iríamos a la Ciudad Deportiva a ejercitarse, ya que David vestía un pantalón de mezclilla, una playera y unos zapatos. Un poco más formal, pues, que de costumbre.
Llegamos luego de recorrer varios kilómetros desde su casa, me enredó la cadena, puso el candado, me dio la espalda, abrió la puerta del bar y ese instante fue la última vez que lo vi.
Lo extraño mucho. Éramos muy unidos.
Esa noche tenía ya como tres horas encadenada en el tubo de la pequeña techumbre en la entrada del bar, cuando llegaron dos camionetas lujosas con urgencia: se bajaron cinco tipos vestidos de negro y capucha cargando fusiles de asalto en sus brazos.
Apresurados pasaron frente a mí; incluso, uno de ellos se topó con mi llanta delantera. Iba muy nervioso al igual que los otros que empuñaban sus fusiles. Según esto era un operativo de la AFI.
En eso, escuché un grito de uno de los sujetos: “Ahora sí se los cargó la chingada a todos” e iniciaron los disparos. Primero a los que se encontraban sentados en la barra y luego repartieron su descarga al resto de los parroquianos sobreviviendo solo algunos. Se dijo luego que buscaban a alguien en particular, pero se desquitaron con todos los que vieron.
Después supe que David era uno de los que estaba sentado en la barra, casi a la entrada del Río Rosas cuando estos sujetos dispararon contra lo que se toparan sus miradas.
El sonido de los balazos era ensordecedor en esa acústica, cuyo eco se extendió por toda la zona. Hasta los agresores debieron sentir temor de tan exagerado sonido que anticipaba la muerte.
David murió al instante. Eso espero. Una bala le penetró su cabeza, otra su corazón y otra un pulmón.
Hay testimonios de que los sicarios siguieron a personas hasta el baño para asesinarlas, matando a once personas, incluyendo a mi amigo David.
Gritos, confusión, dolor, angustia. Una orgía de muerte. Muchas cosas sucedieron dentro del bar en lo que ellos se fueron.
Al salir, los asesinos subieron a sus vehículos y se dirigieron por la calle 31ª. Llegaron hasta la Aldama, giraron a la derecha para buscar la avenida Tecnológico, tratando de llegar a la Vialidad Sacramento para escapar al norte de la ciudad. Luego supe eso. Pero también supe después que ya no están vivos. En su fuga para ir a la frontera se enfrentaron con otros policías cerca de Villa Ahumada.
Luego que terminó el ritmo macabro de los balazos, patrullas y más patrullas llegaron al Río Rosas… hasta militares y camiones de esos como tanquetas. Los policías pasaban cerca pero a nadie le llamaba la atención mi presencia en la pura entrada. Luego, vi pasar todos los cuerpos muertos que se llevaron los forenses.
Por más que me esforcé no vi a David porque estaban cubiertos por completo. En lo que abrían la puerta observé mucha sangre en el suelo. Podrían trapear con ella todo el piso y les hubiera sobrado. Fue una tragedia.
Permanecí sola hasta el otro día y nadie iba a desatarme. Por la noche del viernes, Juan llegó con unos amigos e intentó quitarme las cadenas, pero fue difícil. Unos agentes de la policía estatal que vigilaban de cerca el bar sellado por la clausura, se acercaron de inmediato para negar con voz enérgica que me quitaran la cadena y el candado. Que yo estaba en calidad de detenida.
-¡Detenida! Ni que yo hubiera sido la asesina, mejor agarren a los sicarios-.
Hasta el siguiente día me desencadenaron y fui llevada a una bodega donde la policía tiene un montón de artículos amontonados mientras se llevan a cabo sus investigaciones, algunos de ellos pudriéndose por los años sin ser reclamados. Yo no quería tener ese destino.
La muerte de David fue circunstancial. Estaba en el lugar y momento equivocados.
Ambos éramos muy felices recorriendo las calles como buenos amigos, ahora arrumbada en el olvido de un rincón.
También para mí es un trágico final.









