Sergio Armando López Castillo
¿El bien contra el mal?, la tradición mexicana contra la invasión mercantil del extranjero…? La tierna calaverita que a veces hasta yace sonriente, y nos reímos muchos a la vez en este país de su significado cruel, que es la misma muerte, en oposición a la grotesca y demoníaca bruja o el vampiro sangriento de las máscaras.
Los altares de muertos, donde invariablemente yacen recuerdos casi vivos de algún ser querido, con sus alimentos preferidos en vida, una foto y alguna otra prenda, siguen presentes en miles y miles de creyentes a lo largo y ancho de la república, negándose a sucumbir ante las acechanzas del halloween norteamericano de origen ancestral celta.
El Día de muertos, creencia arraigada cristiana, asociada e identificado también con el 1 de noviembre, Día de los “Todos los santos”, en Chihuahua aún se impone al extravagante “Día de brujas”, ya que de cada 10 personas, por lo menos 7 privilegian la fiesta de los “Santos difuntos”.
La muerte entre los nuestros, sin ser tan solemne, como en el momento en el que alguien deja de existir y es velado por los suyos, ha traspasado a través de generaciones, el halo de misterio y “oscuridad”, para convertirse en una celebración festina que va más allá de la tragedia misma que pueda representar.
Es un día viernes por la noche. Juan ha bebido lo suficiente durante la tarde y va en busca de un amigo cercano en la Colonia Campesina de la capital. No trabajó como muchos en estos días de muertos y va a aprovechar el asueto, a estirarlo.
Llega a la casa de su “cuate” Pedro y ambos a bordo de la pick up del primero, enfilan a uno de los miradores de la ciudad a echarse unas “chelas”.
Pasan las 22:00 horas de ese 2 de noviembre y Juan comienza a recordar a su madre que hacía un par de meses, había muerto; llora, canta con el volumen alto de un CD en su troka, Pedro le acompaña y siguen tomando.
De pronto, Juan invita a su amigo a que vaya con él al panteón municipal de la Colonia San Jorge; Pedro solidario accede. Andan contentos, celebran el Día de muertos, cuando ya todo mundo se ha ido del camposanto y sólo quedan los puestos de la vendimia cerrados y unas cuantas lucecitas tenues orientan la 16 de septiembre.
Se adentran al lote donde descansa en paz doña María, quien fuera madre de Juan. Entre la tierra y el viento que pega frío en sus caras, los dos amigos llegan a la tumba. Juan se hinca, reza un rato; Pedro lo observa, se quita la cachucha y no dice nada.
A los 20 minutos, Juan se levanta y mira a su derecha una fosa abierta, fresca, recién cavada lista para ser ocupada por un fenecido más.
El hijo enfiestado, valiente, le pide a su acompañante que le ayude. Los dos se pasan al hoyo de al lado; Juan, riendo, con la “tekate” todavía en la mano, se para en la orillita de lo que será una nueva tumba y le pide a su “cuaderno” que él haga lo mismo del otro extremo, para que lo detenga poco a poco, porque Juan se va a ir acostando en la fosa, y
Pedro con sus brazos lo irá bajando al fondo.
El amigo, también de buen humor, en la tranquilidad de esa noche, con el cantar de los grillos y la profunda oscuridad, apenas alcanza a ver a su amigo cómo se deja caer y él lo va deteniendo. Juan quiere medir su cuerpo en esa cavidad y dice: “Esta puede ser mi tumba, ¡mira! ‘compa’, sí quepo, está hecha a mi medida”.
De pronto, a Pedro le vence la risa, le dice a su locuaz compañero que está loco, y lo suelta. Juan cae en seco de espaldas en esa tumba nueva, que no será para él, se levanta adolorido, auxiliado por su secuaz, sale y comienzan a reír sin cesar. ¿Se están burlando de la muerte?
Es parte de la idiosincrasia nuestra, la muerte, antes que dolor y pesadumbre, es fiesta y es sarcasmo.
Del otro lado de la ciudad, en la parte norte, otro cementerio se convierte en escenario para otros visitantes. Es un grupo de jóvenes de entre los 18 y los 24 años; la mayoría estudiantes de la capital, y el resto “desempleados” que trabajan para conseguir droga y comprar alcohol.
Vía Internet se han adoptado el horripilante halloween o “día de brujas”. Quizá su “fiesta” no sea tan amena y graciosa como la de los dos parroquianos que celebraban el “Día de muertos”.
Son cinco jóvenes, tres mujeres y dos hombres, van vestidos de negro, habían salido de un antro de la avenida Universidad y por las enseñanzas de una página “satánica de la Web”, fueron al panteón La Colina. Fumaban e inhalaban droga, bebían tequila.
Llevaban objetos raros, gis blanco, pintura roja, un animal ovíparo. De inmediato, antes que alguien los mire, forman un círculo a un costado de una cripta, dibujan en blanco la estrella de David de seis puntas, mientras otro jovencito les dice que el gráfico debe llevar cinco esquinas, como decía en la Internet. No se ponen de acuerdo y la dejan de seis.
Comienza una de las muchachas a hablar raro, como en lenguas, el animalito de corral es sacrificado; algunos se mojan de la sangre del ave y casi extasían.
Ellos se sienten muy bien, cantan, dicen que tienen poder, que son diferentes a los demás y que el próximo año regresarán con más amigos y amigas a hacer el mismo rito.
Están casi fuera de sí, embriagados y drogados y así van a conducir. Se retiran del lugar, pero dejan ahí los vestigios de su vagancia. Pintura, partes del animalito, una ouija trozada con la que jugaron esa noche y botellas de licor.
Todos pensaron que entregaron sus almas a no se sabe quién, sólo se intuye. Así celebraron el “día de brujas”. Ése es el peligro de seguir esas costumbres extrañas de otras culturas adoradoras del mal.
Afortunadamente, según el testimonio que se nos dio “a toro pasado” de esa “fiesta” de halloween en Chihuahua, la celebración no pasó a mayores.
Unos días después, encontrados los objetos y el rastro de esa “ceremonia” oscura y grotesca, se alertó por diversos medios, a los chihuahuenses, de la práctica del satanismo en la ciudad.
Son los contrastes de una fe cristiana que no muere, y de un paganismo pervertido que el comercio paulatinamente viene imponiendo a la juventud.








