Alfredo Espinosa
¿Con quién me casé?, se preguntan perplejos los miembros de la pareja, sorprendidos por los bruscos cambios de sus compañeros. Las metamorfosis parecen desarrollarse a la inversa: el príncipe vuelve al sapo; la mariposa a la oruga. De cualquier modo, aunque viva contigo y duerma a tu lado, el otro siempre resultará ser un desconocido.
Caídas las caretas y desvanecidas las producciones de lo imaginario una nueva realidad se impone: la realidad del matrimonio. Se detiene esa portentosa maquinaria de fabulaciones que es la ilusión y paulatinamente introduce a la realidad. Y lo que sigue, sigue por cursos diversos.
Las demandas de las personas son afectivas, de atención, de tiempo compartido, de expresión emocional, etcétera, pueden resultar excesivas. Y quizá porque son desmedidas y, en general, poco realistas, sobreviene la desilusión.
La voluntad permite visualizar al matrimonio como un contrato de largo trecho, como una empresa, como un equipo, como un juramento, como un sentimiento de destinación recíproca, y todo esto los lleva a asumir el compromiso con una mayor disposición y con la certeza de que el matrimonio no es, por lo menos no solamente, miel sobre hojuelas, sino también es un nexo de amor, una carrera con obstáculos, o de plano, un yugo que en el pleno ejercicio de sus libertades ambos aceptaron. Y se dan a la tarea, por el amor que se tienen o en recuerdo del que se tuvieron, a construir, a cultivar la relación de pareja y la familia. Lo que antes se daba con espontaneidad, ahora debe entenderse como un trabajo cotidiano.
El amor está compuesto de cuidado, ternura, compromiso, pasión y comunicación. Y estas características se dan mejor en el territorio de la exclusividad y complicidad mutuamente acordada, y en una atmósfera de respeto, tolerancia y libertad. El amor matrimonial acepta que lo deseable está lejos de lo realizable. El amor tolera su infierno en tanto más humano es. Quizá porque en la pareja siempre existe una búsqueda de la trascendencia lograda a través del amor, así sea sólo la transcendencia genética. El amor en el matrimonio va más allá en su sed de metáforas. Tan carnal es que busca la divinidad. Y puesto que es finito, desea de inmortalidad. En el amor existe una disposición a sublimar y para ello se busca dar voz a los sentimientos más perdurables.
El amor ecuánime y sensato, sin sobresaltos, amistoso y esmerado en el cuidado del otro, puede ser el más feliz, aunque para otros resulte aburrido, porque existe conformidad con disfrutar de un paquete de palomitas en el cine o de celebrar los pastelillos o las tortillas de harina que realiza la amada, o los arreglos del auto con los que su amado se afana, como si esos actos se tratasen de un poema hermoso, y acaso lo sea.
Los elementos del amor se ponen a prueba en el matrimonio y aquí muchos de ellos reprueban. Pero algunos se salvan. Éstos deberían ser los héroes civiles que las historias deberían destacar. El verdadero heroísmo de la pareja es vivir el matrimonio, porque el amor se pone a prueba en sus aspectos más significativos: la delicadeza, la confidencia, el consuelo.
El renovado interés por vivir un amor prolongado es una reacción contra la cultura del narcicismo y el consumo que enfatiza la prioridad del individuo sobre la necesidad humana de relacionarse con otra persona de un modo recíproco.
El que busca el amor busca la maravilla, la alegría, el colorido del mundo.








