(Foto: archivo)
Juan Gómez Franco
Los retratos y pinturas pegadas a la pared del restaurante son la distracción de un grupo de comensales, muy especiales, que esperan con ansiedad sus alimentos mañaneros; su bebida alcohólica que alivie la “cruda” de la noche anterior que les ofreció el viernes templado.
Luego de un rato de espera, los 12 sujetos disfrutaban de su desayuno preparado básicamente de huevos refritos con algún aditamento especial: chorizo, chile, queso, chilaquiles… acompañados de una buena cerveza y clamato preparado.
Uno del grupo esperaba en el exterior del negocio y otro más, sentado en otra silla apartada de sus compañeros, leía un pasquín mientras que el resto comía con toda la confianza que le dan sus armas y su radiocomunicación.
La plática se basaba solo en circunstancias muy cerradas de su microespacio: cosas del vecino, del ganado, de la novia, la esposa o la concubina… la plática de un hombre común con otros tratando de llevar a buen término la digestión de sus viandas – y la cura de su cruda-.
De repente, uno de la banda entró por un paquete bienoliente a calientes y vaporosos huevos rancheros con chilaquiles picosos y frijoles revueltos con queso.
El alimento era para el resto del grupo que esperaba pacientemente a su mensajero, ya que vigilaban el pueblo de cualquier sorpresiva invasión de sus contrincantes en el negocio: el trasiego de la droga.
Cargando en hombros cada uno un fusil ruso AK-47, de los denominados “cuernos de chivo”; una pistola escuadra de alto calibre fajada en el cinto, en su mayoría, en la parte trasera de la cintura y descansada en el bolsillo de su pantalón de mezclilla marca “Levis”.
Casi todos usaban sus tenis marca “Nike”, playeras de buena etiqueta, su cabeza cubierta por una cachucha y su rostro el de un joven de escasos 18 a 24 años de edad que refeleja la ilusión de una mejor vida económica de la que pudieron tener sus padres.
Algunos de ellos ni siquiera conocieron a su papá, quizá, ni su propia madre pudiera decirles quién es.
La joven mesera se acerca por petición de uno de ellos. Le impone el arsenal que cargan los casi bisoños: un chaleco con bolsas por todo el frente llenas de cartucheras bien abastecidas, donde algunos hasta cargaban dos de ellas en cada bolsa.
Otro, quizá con mayor miedo, se acompaña también de dos granadas de fragmentación y su cuchillo.
-“Tráigame otro clamato por favor, más totopitos y salsa… (percibe el temor de la mesera) pero acérquese si no la voy a morder”, dijo el hombre armado tratando de jalar la mano de la joven servidora-.
Provoca la risa de sus compañeros y la vergüenza de la joven mesera, quien se retira con rapidez y fuerza su mano de su acosador sonriendo obligadamente pero con su rostro enrojecido por la pena que le provoca el guerrillero hambriento.
Aplica la retirada y manda a una mujer de edad avanzada para que haga la entrega del pedido. El sujeto guarda respeto por la doña que impone su carácter.
Devoran sus alimentos y de inmediato salen en grupo, colgándose sus fusiles al hombro, y seguir con la rutina de vigilancia.
No todos tienen la amabilidad de lanzar el deseo cordial de una buena digestión a los comensales que, algunos, ya están acostumbrados a esa escena que en el estado de Chihuahua, solo lo viven pocos pueblos marginados.
–Que tengan buen provecho—dicen algunos. Reciben las gracias de las bocas hambrientas sentadas a sus lados.
Para unos es normal ver esas escenas cuyos rumores siempre corrieron por las bocas de los ciudadanos a tarvés de generaciones. Como los juglares que en la Edad Media llevaban su información de pueblo en pueblo.
Esta realidad para unos puede ser ficción, para otros es su forma de vida día tras día.
A lo que llega a acostumbrarse la gente, no cabe duda.








