Luz Estela Castro
En este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, recordamos la historia de una mujer anónima que, en los tiempos de Jesús, vivió marginada, aislada y apartada de su comunidad. Su cuerpo era motivo de exclusión, su enfermedad la convertía en una persona impura según la ley de su tiempo, y su sufrimiento era invisibilizado.
Su historia nos sigue interpelando hoy. Ella representa a tantas mujeres que viven una soledad impuesta, que han sido desplazadas por la guerra, que cruzan fronteras con la esperanza de una vida mejor y, en el camino, enfrentan violencia y humillaciones.
También a quienes han tenido que separarse de su familia para huir del abuso, a quienes encuentran cerradas las puertas de espacios de decisión y liderazgo, y a tantas que siguen siendo excluidas dentro de sus propias comunidades de fe.
Pero esta mujer no se resigna. Su fe y su esperanza la llevan a romper las normas que la oprimen y a acercarse a Jesús en busca de sanación. Se atreve a desafiar la ley, a reclamar su dignidad y a tocar el manto de aquel que predica la compasión y la justicia.
Jesús no solo la sana, sino que la reconoce.
La llama “hija”, le devuelve su identidad y su lugar en la comunidad. Su historia no es solo la de una mujer que recibe sanación, sino la de una mujer que se libera y se convierte en testimonio de transformación.
Hoy, en el 8M, esta historia nos inspira a seguir caminando con esperanza y valentía, a no resignarnos ante las injusticias, a desafiar las estructuras que marginan, y a recordar que la fe –en la vida, en la justicia, en nosotras mismas y en quienes luchan a nuestro lado– sigue siendo una fuerza que salva y libera.
Que este día nos encuentre unidas, sanando heridas, alzando la voz y construyendo juntas un mundo más justo y más humano.
Que así sea.
Amén.
Y el evangelio sobre el que se reflexiona Lectura del Evangelio y comentario Evangelio de Marcos 5, 25-34 25
“Había una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años. Había sufrido mucho en manos de médicos y se había gastado todo lo que tenía, pero no había obtenido ninguna mejoría, sino que iba de mal en peor. Esta mujer, que había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás en medio de la multitud y le tocó el manto, porque pensaba: «Si tan solo logro tocar su ropa, me curaré.» Inmediatamente dejó de perder sangre y sintió dentro de ella que estaba curada del mal que la atormentaba. Jesús se dio cuenta al instante de la fuerza que había salido de él y se volvió para preguntar a la gente: —¿Quién me ha tocado la ropa? Sus discípulos le contestaron: —¿Ves que la gente te empuja por todas partes y aún preguntas quién te ha tocado? Pero Jesús seguía mirando a su alrededor para ver quién lo había hecho. Entonces, aquella mujer, que sabía muy bien lo que le había sucedido, temblando de miedo, se postró ante él y le contó toda la verdad. Jesús le dijo: —Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada del mal que te atormentaba.”








