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domingo, marzo 15, 2026
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“El máximo guardián del fuego”: una sorpresa bárbara y explosiva

Alfredo Espinosa

(Sobre la novela de zendir haidar, una reseña de Ignacio Ramírez Carreón)

Ramirez Carreón reflexiona sobre esta nueva novela de un Chihuahuense y escribe: “Se cumplen 100 años de aquel viaje desde Querétaro a Guanajuato que realizara el célebre José Vasconcelos, entrando en el Valle de Tolimán, al que describe como “todo verde con cebada tierna”. En ese lugar fue hospedado por una maestra que le preparó un guiso qué al parecer, fue tan suculento, que el recuerdo de dicha comida le arrancó a Vasconcelos su infame frase de “Nos sentimos en tierra civilizada, pues donde termina el guiso y empieza la carne asada: comienza la barbarie”.

Desde entonces los norteños en general, y los chihuahuenses o sonorenses en particular, cargamos con cierto estigma centralista en el que se nos tilda de “bárbaros” o “incultos”. Por eso a veces (sólo a veces), conservo cierta preferencia por mi esencia norteña, aunque he de reconocer que cuando me asomo a nuestras creaciones artísticas o literarias, contemplo con decepción, que muchas veces las temáticas usadas por los artistas se siguen limitando a asuntos regionales… como si los norteños no tuviésemos la capacidad (o no estuviésemos “autorizados”), de ver más allá de nuestras propias narices.

Me da la misma impresión, pero a nivel nacional, que muchísimos de los artistas mexicanos se siguen obsesionando con que solamente nos miremos el ombligo, mientras que los británicos, estadounidenses, canadienses, alemanes, franceses, etc… sí se atreven a contarnos historias ambientadas en vastas regiones del mundo y a través de muchas épocas. ¿Acaso no somos capaces de mirar más allá de nuestro entorno inmediato?

En ese tenor, y por las redes sociales, me topé a un tal zendir, quién me recomendó su libro “El máximo guardián del fuego” (Editorial Grañén-Porrua). El titulo de la novela se me hizo llamativo, le pregunté al muchacho por su origen personal, y respondió que es Chihuahuense (¡Como yo!), así que eso evocó y despertó mi fugaz preferencia por lo norteño, que me llevó a contemplar la portada de su libro, cuya espectacularidad buscada (y lograda) me condujo irremediablemente a leer su sinopsis.

¿Cuál no sería mi sorpresa, que estaba ante una novela histórica de un chihuahuense, que se atreve a mirar mucho más lejos -en tiempo y espacio- de lo que muchos autores norteños, o aún mexicanos, se atreven a mirar? Y como esa coincidencia con el autor fue en un grupo centrado en la novela histórica, es obvio que también tenemos ese gusto en común. Fue así que me decidí a comprarle su libro, cuya lectura es tan dinámica y refrescante, que he decidido aprovechar el espacio de mi amigo el prolífico doctor, pintor y autor Alfredo Espinosa (a quien le agradezco profundamente la oportunidad y el espacio) para hacer una somera reseña:

Es una historia real, ambientada a partir del siglo VIII antes de Cristo, en la región Eurasiática pivotal donde convergen Europa, el mediterráneo, el Cáucaso, el levante y el medio oriente. Desde tierras tan lejanas y épocas tan antiguas, se nos narra el origen más lejano identificable de uno de los bandos en lucha de las tan afamadas guerras médicas, el origen del imperio persa, o, como antes se le llamaba a su ancestro político-militar: el reino de los medos. Entonces, zendir nos está contando el relato de origen de una potencia antes considerada como “los villanos de la historia”, el origen del futuro adversario más célebre de la Grecia clásica.

Y a partir de ese trasfondo histórico tan lejano, surge la figura de un personaje tan singular, llamado Dahyaku, quien, a diferencia de otras novelas históricas al uso, el sí es un personaje por derecho propio, y no sólo porque el libro nos está hablando de una persona real, pero además porque este Dahyaku no es solo un ávatar o visor disfrazado de personaje, mediante el cual el lector pueda “observar la época y lugar a través de él”. Es por eso que cuando empecé a leer con la intención de comprender mejor el surgimiento de la potencia meda (y así entender mejor a sus sucesores los persas), terminé enganchándome emocionalmente cada vez más con el protagonista de la novela, pues lo siento tan humano, tan apasionado e inteligente, pero con defectos y vicios tan comprensibles, que me di cuenta del hecho: se nota en este libro el inmenso cariño y el compromiso con el que zendir desarrolla a sus personajes principales a lo largo de esta obra, porque verdaderamente te alegras por sus triunfos, mientras que te duelen sus pérdidas y fracasos, y así descubres que, entre tantas novelas históricas cargadas de tópicos y clichés desgastados: ha iniciado una maravillosa anomalía en la que los personajes ya no son solo una decoración del paisaje (o un fruto “natural y en automático” del entorno que les tocó vivir) que otros autores dejan en segundo plano en pro de mostrar a su verdadero “protagonista”: la época y el periodo históricos. Y es que en esta novela histórica, las personas también importan.

Eso no significa que “el máximo guardián del fuego” carezca del elemento histórico-descriptivo del que hacen gala los otros libros de esta temática, pues tiene elementos descriptivos muy buenos también, pero no por ello zendir se olvida de que aquellas personas eran seres humanos de carne y hueso, más que monigotes de cartón señalando edificios antiguos.

Sobre el estilo de escritura, he de señalar que zendir no exhibe grandes habilidades narrativas o discursivas… su estilo es sencillo y directo -inclusive a veces “vulgar”, pero es que ¿De qué otra manera pondrías a hablar a bandoleros, bárbaros, callejeras, guerreros o criminales, si no es usando el mismo vocabulario que vociferan sus equivalentes actuales? Así que lo que parece una deficiencia: a la larga termina sumando más espontaneidad al libro.