Everardo Monroy
EL AHIJADO
La cabaña de troncos, enclavada en el corazón de Agua Caliente, gemía bajo el azote de la tormenta. Las láminas de zinc del techo crujían con cada ráfaga, mezclando su lamento metálico con los truenos que retumbaban en la sierra. Dentro, al tenue parpadeo de un candil, la silueta de mi bisabuela Conrada se movía al ritmo de sus agujas de tejer. El fuego del fogón de piedra pintaba sombras danzantes en las paredes, iluminando fugazmente sus cabellos blancos —recogidos en un moño severo— como si fueran hebras de plata vivas.
Un golpe seco en la puerta resonó por toda la cabaña, sobresaltando a la anciana. Conrada dejó caer las agujas y se levantó con lentitud, apoyándose en su bastón de madera de encino. Abrió la puerta con cautela y una figura empapada y temblorosa se abalanzó sobre ella. Era una mujer anciana, de rostro arrugado y ojos oscuros y penetrantes. Una pañoleta roja, empapada, cubría su cabeza, y largos faldones oscuros, también mojados y llenos de barro, se enredaban a sus pies.
“¡Ay, señora Conrada, por Dios santo!”, exclamó la mujer con voz entrecortada por la angustia. “Mi hija… mi niña va a parir y el niño viene atravesado, ¡con los pies por delante! Necesitamos su ayuda, por favor, nadie más sabe qué hacer”.
Conrada, a pesar de su avanzada edad, no dudó ni un instante. Su fama como partera empírica se extendía por todo Huayacocotla y más allá. Había traído al mundo a innumerables niños de la sierra, y su experiencia era invaluable en momentos como aquel.
“Tranquilícese, mujer”, dijo Conrada con voz firme pero dulce. “La ayudaré. Espéreme un momento”.
La bisabuela se enfundó en un grueso chal de lana y tomó su viejo maletín de partera, gastado por el uso y lleno de remedios caseros y herramientas rudimentarias pero efectivas. Juntas, bajo la implacable lluvia y la oscuridad profunda de la medianoche, en una camioneta de redilas se adentraron en el camino que descendía hacia el Llano Grande.
La tormenta parecía ensañarse con Huayacocotla. Los relámpagos rasgaban el cielo encapotado, iluminando por breves segundos el paisaje montañoso y boscoso. El trueno retumbaba con fuerza, haciendo vibrar la tierra bajo sus pies. El viento ululaba entre los árboles, arrancando hojas y ramas. El agua corría por los caminos empedrados, formando pequeños arroyos que serpenteaban entre las casas dispersas del pueblo.
A medida que se acercaban al Llano Grande, el croar insistente de miles de ranas y sapos inundaba el aire, un coro anfibio que parecía celebrar la furia de la naturaleza. En la distancia, los ladridos nerviosos de los perros resonaban desde las casas de los alrededores, añadiendo una nota de inquietud al ambiente.
Finalmente, divisaron las tenues luces que provenían del campamento gitano. Varias lámparas de gasolina y petróleo parpadeaban bajo la lona de las tiendas, creando un círculo de luz vacilante en medio de la oscuridad. Se escuchaban voces apagadas y sollozos.
Al llegar, Conrada fue recibida por un grupo de gitanos y gitanas con rostros preocupados. Los hombres, de piel morena y vestimentas coloridas aunque desgastadas, observaban con ansiedad. Las mujeres, con sus faldas amplias y sus numerosos collares y pulseras de metal, se agrupaban alrededor de una de las tiendas, de donde provenían los lamentos de la joven madre.
La anciana gitana de la pañoleta roja guio a Conrada al interior de la tienda. El espacio era pequeño y estaba iluminado por una única lámpara que proyectaba sombras alargadas. Sobre un lecho improvisado de mantas y pieles, una joven gitana de rostro pálido y cabellos negros azabache se retorcía de dolor. Su vientre abultado era testimonio de la inminencia del parto.
Conrada se arrodilló junto a ella y, con su experiencia y su calma característica, comenzó a examinarla. Confirmó el diagnóstico de la anciana: el bebé venía en presentación podálica, lo que complicaba enormemente el parto.
“No se preocupe, hija”, dijo mi bisabuela con suavidad, acariciando la frente sudorosa de la joven. “Con la ayuda de Dios y un poco de paciencia, todo saldrá bien”.
Las horas siguientes fueron de intensa labor. Conrada, con la ayuda de algunas de las gitanas más experimentadas, trabajó con dedicación y pericia. El ambiente en la tienda era tenso, marcado por los jadeos de la parturienta, las oraciones susurradas de las mujeres y la atenta mirada de los hombres que esperaban en el exterior. La tormenta seguía azotando con fuerza, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento.
Después de una larga y angustiosa espera, un débil llanto rompió el silencio. Un recién nacido, pequeño y arrugado, había llegado al mundo. Conrada lo envolvió con cuidado en una manta tibia y lo entregó a su madre, quien lo estrechó contra su pecho con lágrimas de alivio en los ojos.
La alegría inundó el campamento gitano. Los hombres se abrazaban y las mujeres sonreían con alivio. La anciana de la pañoleta roja se acercó a Conrada y le besó las manos con gratitud.
“Usted es un ángel, señora Conrada”, dijo con la voz quebrada por la emoción. “Nos ha salvado la vida”.
Al enterarse de la feliz noticia, Ana María, mi madrina, quien vivía en la avenida Revolución, no dudó en bajar al Llano Grande a pesar de la persistente lluvia.
Mi madrina era una mujer de corazón generoso y profundo sentido de la comunidad. Al llegar al campamento, llevando consigo una canasta con pañales de manta y ropita de bebé que había preparado con cariño, fue recibida con muestras de agradecimiento por los gitanos.
Se acercó a la joven madre que acunaba a su pequeño. El niño era hermoso, de piel morena y ojitos oscuros que miraban el mundo con curiosidad. Ana María sonrió con ternura y le ofreció los regalos.
“Qué bonito niño”, dijo Ana María con dulzura. “Les traje estas cositas. Espero que les sean útiles”.
La joven madre gitana le agradeció el gesto con una sonrisa cansada pero feliz. Fue entonces cuando surgió la idea de que Ana María fuera también madrina del recién nacido.
La propuesta fue recibida con alegría por toda la comunidad gitana, quienes veían en Ana María un símbolo de la buena voluntad de la gente de Huayacocotla.
Mi madrina aceptó conmovida. Tomó al pequeño en sus brazos y lo miró con cariño. De su cuello se desprendió una delicada cadena de oro de la que pendía una pequeña medalla con la esfinge de la Virgen de Guadalupe. Con cuidado, se la colocó al recién nacido.
“Lo llamaremos Martín, como su padre”, anunció la joven madre, y todos asintieron con aprobación.
La tormenta comenzó a amainar al amanecer. Los primeros rayos de sol se filtraban entre las nubes grises, iluminando el campamento gitano con una luz dorada. El croar de las ranas disminuyó gradualmente, y los ladridos de los perros se hicieron más esporádicos.
Mi bisabuela Conrada, agotada pero con el corazón lleno de satisfacción, se despidió de los gitanos y de Ana María. La regresaron en la camioneta de redilas a su cabaña agradeciéndole una y otra vez su valentía y su bondad.
Ana María se quedó un rato más en el campamento, compartiendo un humeante café de olla con la familia de Martín y conociendo más de cerca las costumbres y tradiciones de la comunidad gitana.
Mientras regresaban a sus respectivas casas bajo un cielo que comenzaba a clarear, Conrada y Ana María compartían la sensación de haber sido parte de algo especial.
En esa madrugada oscura y tormentosa, la vida había triunfado, y un nuevo lazo de amistad y respeto se había forjado entre dos mundos diferentes. La historia de Martín, el niño de la tormenta apadrinado por la vecina de la avenida Revolución, se convertiría en un suceso extraordinario en Huayacocotla, un recuerdo imborrable del coraje de una partera, la generosidad de una madrina y la calidez de un encuentro inesperado.
Yo me enteré de esta increíble historia muchos años después, durante una cena familiar, cuando mi tía Jessica se la platicó con lujo de detalles a mi tío Hernando, reviviendo aquel memorable suceso de Huayacocotla. (EMC)








