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lunes, marzo 16, 2026
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Amado hermano Francisco (+)

Luz Estela “Lucha” Castro
Hoy que has trascendido, pueblan mis recuerdos aquel encuentro luminoso que tuvimos en Ciudad Juárez, Chihuahua. Aquel día en que, con ternura, colocaste en mis manos un rosario, me bendeciste y nos miramos desde la hondura de la esperanza compartida. Hoy lo tengo entre mis dedos, y lo rezo. Hoy lo rezo por la Iglesia, para que sea capaz de continuar tu legado, que no abandone tu línea pastoral y haga vida tus dos encíclicas: Laudato si’, el clamor por el cuidado de la Casa Común, y Fratelli tutti, el llamado a la fraternidad y a la amistad social como camino de reconciliación.
Tengo la certeza de que ahora estás en la plenitud de la paz, porque tú, como Jesús de Nazaret, “pasaste haciendo el bien y sanando a los oprimidos” (Hechos 10,38). Y porque tu vida encarnó las bienaventuranzas, y fuiste para el mundo un recordatorio viviente de que el Reino de Dios se construye aquí y ahora, con gestos concretos de amor y de justicia.
“Tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; fui forastero, y me acogiste; estuve desnudo, y me vestiste; enfermo, y me visitaste; en la cárcel, y viniste a verme.” (Mateo 25,35-36)
Tu palabra fue consuelo para los pueblos que sufren, tu mirada fue puente entre la espiritualidad y la tierra, entre la fe y la lucha. Hoy elevo esta carta como un canto agradecido por tu paso entre nosotras y nosotros.
Soy mujer de fe, hija de estas tierras desérticas. Mi camino ha sido el del compromiso con los pueblos, con las mujeres, con la tierra y con la vida. Por eso, cuando supimos que el Papa Francisco vendría a Ciudad Juárez —epicentro del dolor—, las y los Barzonistas no dudamos en organizarnos en la “Peregrinación al Encuentro del Papa Francisco para el Cuidado de la Casa Común”.
Nos dirigíamos al encuentro con el hermano Francisco, el primer Papa que habla nuestro verdadero idioma. No me refiero al castellano, sino al lenguaje de la justicia, la ternura y la esperanza.
No llegamos solas ni solos. Con nosotr@s marchaban los rostros de mujeres asesinadas, de jóvenes desaparecidos, de familias desalojadas, de quienes siembran justicia con sus manos en la tierra. Íbamos al encuentro del Pastor que no temió ensuciarse los pies. Íbamos también con los dibujos de niñas y niños cuyo padre o madre están desaparecidos.
Nuestra fe no es de púlpito ni de ornamento. Es la fe que se riega con lágrimas, que se forja en la siembra del frijol, del chile, o se alza en la voz de una madre que busca a su hija o a su hijo. Es la fe que resiste cuando el poder quiere silenciarnos. Porque cuando el Estado calla las voces, el pueblo se hace escuchar. Y aunque el gobierno encerró a los 200 tractores que portaban letreros de las bienaventuranzas lejos del acto papal, nuestra esperanza voló más alto que cualquier muro.
Subí al estrado donde tú, Francisco, hermano oficiarías la misa. Te entregué la carta de las mujeres y hombres del movimiento El Barzón, cuyos letreros fueron elaborados después de reflexionar en su comunidad sobre Laudato si’. De esa encíclica, la RUAH —el aliento divino— les inspiró a escribir sus propias bienaventuranzas actuales.
Hermano Francisco, jamás he olvidado tu mirada, esa mirada que reconoce el dolor y lo abraza. El rosario que me regalaste, en cada cuenta me recuerda un rostro, una historia, una ausencia, una lucha.
Ese rosario lo guardo como un testimonio vivo. En él no sólo hay Ave Marías, sino también nombres:
Marisela, Cecilia, Debanhi, Fátima, María Jesús, Paloma, Lesvy, Mara, Bianca, Alexis, María del Sol Járcin, Mariana, Manuelita, Miroslava, Berenice, Alma Rosa,
y tantos otros nombres de mujeres víctimas de violencia machista y de madres, abuelas, esposas, hijas y hermanas buscadoras.
Y …también hay silencios, esos que nos enseñaron a convertir en gritos de dignidad.
En la carta que puse en tus manos, te dijimos que compartimos tu visión de una humanidad desgarrada por la codicia, la violencia y el olvido. Te dijimos que nuestras comunidades siguen cuidando la Casa Común: sembrando alimentos sanos, defendiendo el agua, protegiendo los bosques, honrando la vida.
Las Bienaventuranzas que llevaban nuestros tractores no eran consignas, eran convicciones. Las tejimos desde el Evangelio y desde nuestras vidas, desde la certeza de que el Reino de Dios también se construye con manos campesinas, con rebeldía amorosa, con memoria viva:
Bienaventuradas/os quienes alzan la voz contra el abuso del poder.
Bienaventurados /as los que defienden el agua como derecho sagrado.
Bienaventuradaos/as las mujeres que tejen redes de solidaridad.
Hoy, después de enterarme de tu muerte, vuelvo a mirar esas fotos: el abrazo con Francisco, los tractores, el rosario en mis manos. Y me abrazo a la certeza de que la fe verdadera camina con el pueblo, se deja interpelar por el sufrimiento y sueña un mundo más justo.
Por eso, para mí, Francisco no es solo el Papa. Es un hermano del alma, un pastor con olor a oveja, un sembrador de esperanza en estos tiempos de tanto quebranto.