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lunes, marzo 16, 2026
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Diálogos con la muerte/Introducción

Everardo Monroy Caracas

Y se hizo la luz…
La madrugada del domingo impusieron sus normas el cloro y unos jazmines recién cortados cuando la luz se coló por los ventanales del Hospital Durango. Tu madre, sudorosa y radiante como una santa en éxtasis, apretó los dientes por última vez y el mundo se detuvo para presenciar tu llegada.
Yo, la Muerte, había asistido a incontables nacimientos desde que el tiempo es tiempo, pero ese día me quité la capa de sombras y me senté al borde de la cama como una comadrona más.
—Schopenhauer decía que nacer es el primer castigo —susurré al oído del médico, quien no me escuchó—. Pero mira qué curioso: este niño llora como si ya supiera la letra de la canción.
El doctor, un hombre práctico, te alzó hacia la luz mientras el ventilador del techo giraba perezoso, proyectando sombras de mariposas en las paredes azules.
—Heidegger diría que acabas de ser arrojado a la existencia —continué, acercándome para observar tu rostro arrugado—. Sartre añadiría que estás condenado a ser libre. Yo sólo sé que tu historia comienza hoy, en esta habitación donde el tiempo huele a antiséptico y a esperanza.
Tu madre, exhausta pero con los ojos brillantes como dos lunas llenas, extendió los brazos temblorosos. Fuiste depositado en su pecho, donde el latido de sus venas se sincronizó con el tuyo en un ritmo ancestral.
—Nietzsche aseguraba que todo niño viene con un mensaje —dije mientras trazaba un círculo invisible sobre tu frente—. El tuyo, pequeño mío, dirá que la vida es un vals entre la luz y la sombra.
A través de la ventana empañada, la colonia Roma despertaba. Un pregonero callejero comenzó a ofrece la noticia del día, un domingo fresco de septiembre, mes patrio.
—Mira bien —señalé hacia afuera—. Ahí está tu ciudad: hermosa y rota, generosa y cruel. Freud diría que será tu primer amor y tu primera decepción.
El médico anotó la hora exacta de tu nacimiento mientras yo, con mis dedos largos, desplegaba el mapa de tu porvenir como un abanico de posibilidades:
—A los siete años perderás el miedo al adversario cuando uno te lame las lágrimas en un parque. A los quince escribirás tu primer poema de amor y lo esconderás bajo la almohada como un pecado. A los veintidós, una mujer de cabello oscuro te romperá el corazón en la misma esquina donde tus padres se conocieron.
Tu padre no llegó a tiempo. Su ausencia flotaba en la habitación como un fantasma bien vestido.
—Kierkegaard escribió que la angustia es el vértigo de la libertad —murmuré al oído de tu madre—. Este niño aprenderá pronto que las ausencias también educan.
El sol subía en el cielo de la Ciudad de México y rayos dorados te iluminaron por primera vez. Observé cómo tus manitas se aferraban al aire como si intentaran agarrar el destino.
—Marcuse hablaba de la tolerancia represiva —dije mientras ajustaba mi velo—. Pero tú, pequeña criatura, naces en domingo cuando México aún cree en milagros.
En el pasillo, unas monjas rezaban el rosario. Su murmullo se mezclaba con los gritos de los vendedores de periódicos que anunciaban otra crisis política.
—Camus diría que el único problema filosófico serio es el suicidio —susurré—. Hoy no, hoy celebramos que has elegido vivir.
Tu madre, ajena a mi presencia, te acunó con una canción que había aprendido de su abuela. Yo me incliné para dejar un beso de sombra en tu frente:
—Fromm escribió que el arte de amar se aprende con los años —te dije—. “Tú lo aprenderás a los golpes, como todos, pero con una ventaja: llevarás la ternura escrita en los huesos.
El pregonero calló.
Y afuera, un grupo de niños jugaba a las canicas en la calle. Dentro, el mundo se reducía a tu respiración irregular y al cansancio bendito de tu madre.
—Unamuno aseguraba que el dolor es la sustancia de la vida —continué mientras me preparaba para irme—. Conocirás el dolor, sí, pero también la risa que estalla en los velorios y los besos que saben a café barato.
Antes de desaparecer, dejé caer tres gotas de sombra en el suelo:
—La primera es para la curiosidad que te llevará a explorar cada rincón de este país. La segunda, para la valentía que necesitarás cuando la vida te golpee. La tercera… —hice una pausa dramática— es para la melancolía de la verdad que te hará escribir versos en servilletas cuando creas que nadie te mira, pero te arrojarán al exilio.
El médico firmó tu acta de nacimiento con letra pulcra. Yo, en cambio, inscribí tu nombre en el gran libro de los destinos con tinta invisible.
—Bienvenido —susurré mientras me fundía con las sombras del cuarto—. La fiesta está por comenzar y tú, pequeño filósofo, serás el invitado de honor.
Cuando la enfermera entró a revisarte, encontró a tu madre dormida y a ti, con los ojos abiertos como platos, mirando fijamente el punto exacto donde yo había estado.
Afuera, el viento empezó a silbar y la ciudad esperaba con sus brazos abiertos, lista para enseñarte todas sus caras: la luminosa, la terrible, la inolvidable.
Como escribió Gabriel García Márquez, los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.
Y tú, en ese domingo luminoso de 1955, comenzabas el viaje más extraordinario: el de inventarte a ti mismo entre las calles rotas y los sueños intactos de la Ciudad de México.
La Muerte se había sentado a tu lado no para amenazar, sino para recordarte que cada instante sería precioso precisamente porque terminaría.
Y que tu historia, como todas las grandes historias, estaría llena de claroscuros, de amores que ardieron y de pérdidas que enseñaron, de risas que resonaron en los cafés y de lágrimas que sólo conocerían las almohadas.
Pero eso sería después. Hoy, en este instante perfecto, sólo existías tú, el milagro recién estrenado de un domingo cualquiera que se convertiría en el primer día del resto de tu vida. (EMC)