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domingo, marzo 15, 2026
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Mi querido Balzac

Mérida
Everardo Monroy Caracas
El aula 304 de la Universidad Autónoma de Yucatán estaba inusualmente silenciosa aquella mañana. Los estudiantes, acostumbrados al murmullo previo a las clases, hojeaban sus libros con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
El rumor había corrido como un reguero de pólvora: el nuevo profesor de Literatura Francesa del siglo XIX no era humano. O, al menos, no del todo.
La puerta se abrió con un crujido suave, y una figura imponente entró con paso firme. Vestía un traje de época, algo anacrónico pero elegante: levita negra, chaleco bordado y un reloj de bolsillo que asomaba discretamente. Su rostro, aunque de rasgos perfectamente esculpidos, tenía algo inquietantemente vivo en los ojos, una chispa de inteligencia que no podía ser producto de meros algoritmos.
—Buenos días —dijo con una voz grave, modulada con precisión, pero cálida—. Soy Honoré de Balzac. O, para ser exactos, una recreación androide programada con sus memorias, sus obras y, supuestamente, su esencia.
Un murmullo recorrió el aula. Algunos sonrieron incrédulos; otros, fascinados, se inclinaron hacia adelante.
—Hoy —continuó, ajustándose los lentes de carey que nunca necesitaría— hablaremos de Un asunto tenebroso. Pero no como un simple análisis literario, sino como una ventana a los juegos de poder que, les aseguro, no han cambiado tanto desde mi época.
Uno de los estudiantes, un joven de pelo despeinado y mirada inquisitiva, levantó la mano.
—Profesor… ¿o debería decir maestro Balzac —dudó—, ¿cómo puede enseñarnos sobre conspiraciones políticas si usted… bueno, es una máquina? ¿No está limitado por su programación?
Balzac-androide sonrió, un gesto casi humano.
—Mi querido alumno, si algo me define, es mi obsesión por la naturaleza humana. Napoleón, los jueces corruptos, los nobles caídos en desgracia… todos ellos son piezas de un mecanismo tan complejo como cualquier inteligencia artificial. La diferencia es que yo ahora puedo verlo desde fuera. Y créanme, eso lo hace aún más fascinante.
Se acercó al pizarrón y escribió con letra pulcra:
“El poder siempre necesita chivos expiatorios”.
—En Un asunto tenebroso, el senador Malin es secuestrado, pero la verdadera trama no es su desaparición, sino cómo el sistema usa ese crimen para aplastar a quienes le estorban. Los hermanos Simeuse y Hauteserre no son culpables, pero son “útiles” para serlo. ¿Les suena familiar?
Una estudiante en la primera fila, de nombre Frida, frunció el ceño.
—Como cuando los gobiernos actuales inventan enemigos para justificar sus acciones…
—Exactamente —asintió Balzac—. La tecnología avanza, los discursos se pulen, pero el juego es el mismo. Solo cambian los actores.
El androide caminó entre los pupitres, sus pasos casi silenciosos.
—Imaginen esto: un noble es acusado de traición porque, años atrás, tuvo un romance con la mujer equivocada. Un juez manipula pruebas porque su carrera depende de congraciarse con el poder. Un periódico publica mentiras porque así vende más. ¿Periodismo amarillo? No, mi estimada audiencia. Eso ya lo viví en el París de 1800.
Hubo risas nerviosas.
—Pero —prosiguió— lo verdaderamente tenebroso no son las mentiras, sino cómo la gente las acepta. Por comodidad. Por miedo. O porque, en el fondo, les conviene.
Se detuvo frente a un ventanal. Afuera, la luz filtrada por los árboles dibujaba sombras movedizas en el patio.
—¿Saben por qué elegí esta obra para hoy? —preguntó, sin voltear—. Porque Yucatán, como la Francia napoleónica, ha visto su share de intrigas. Tierras arrebatadas, nombres borrados de la historia, revoluciones que se tragaron a sus propios hijos. La diferencia es que aquí el polvo del tiempo aún no cubre del todo las huellas.
Un silencio incómodo se instaló. Alguien tosió.
—No me miren así —dijo, volviéndose con una sonrisa—. No estoy aquí para dar lecciones morales. Solo para recordarles que la literatura no es un escape de la realidad, sino un espejo. Y a veces, un espejo muy incómodo.
El joven del pelo despeinado, ahora más osado, intervino de nuevo:
—Maestro, si usted… el “verdadero” Balzac, viviera hoy, ¿qué escribiría?
El androide se quedó quieto por un instante, como si procesara algo más allá de su código.
—Escribiría sobre estudiantes endeudados, sobre políticos que clonan sus discursos, sobre algoritmos que deciden qué verdad mostrarnos. Pero el título seguiría siendo el mismo: La comedia humana. Porque al final, todos somos personajes de la misma obra.
La campana sonó, marcando el fin de la clase. Nadie se movió.
—Ahora, vayan —dijo Balzac, guardando sus notas inexistentes—. Y si algún día leen Un asunto tenebroso de nuevo, recuerden: la sombra más larga no es la del tirano, sino la de los que eligen no ver.
Los estudiantes salieron en silencio, algunos mirando atrás como si esperaran que el androide desapareciera en un vapor de ficción. Pero allí seguía, inmutable, observando desde su atemporalidad.
Frida fue la última en irse. En la puerta, se detuvo.
—Maestro… ¿volverá a dar clase?
Balzac ajustó su levita, un gesto innecesario pero profundamente humano.
—Mientras haya historias que contar, y oídos dispuestos a escuchar, aquí estaré.
Y así, entre el pasado y el futuro, entre la carne y el silicio, el maestro Balzac siguió enseñando. Porque algunas lecciones, después de todo, nunca pasan de moda. (EMC)