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martes, marzo 17, 2026
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A mis soledades voy / de mis soledades vengo

Alfredo Espinosa

Sobre Prólogo del alba, de Ysla Campbell

Desde hace muchos años conozco la poesía de Ysla Campbell, y desde el inicio me ha sorprendido. Es una poeta clásica en la desértica frontera norte de México. Es, sin duda, un hecho único e insólito.

Ysla no escribe: cincela. Sobre la página blanca, sus poemas mantienen una grafía similar: arquitecturas sonoras conformadas por endecasílabos. Son estructuras verbales y musicales sometidas a muchas tensiones. Mientras en la poesía contemporánea las huellas gráficas son aladas o galopan en versos encabalgados, los poemas de Ysla son monolitos conceptuales y poéticos que aparecen como una cabeza tolteca o una gran mole de mármol en la que trabajaban los grandes maestros del Renacimiento. ¿Qué hay dentro de esos poemas?

 

—Porque oí su relincho —responde este.

El caso es que abrí Prólogo del alba y quedé perplejo, porque encontré a otra Ysla, una que cantaba versos bucólicos, entre flores y mariposas:

“Pajaritos que cantan al alba,

frutos frescos son de la mañana.

Pajarillos que cantan al sol

divinas canciones recuerdan de amor.

Las sombras se ausentan, regresa la luz,

ya suena la música de su laúd.

Pajaritos que cantan al alba,

que no duerma la mujer amada.

Pajarillos que cantan al sol,

tráiganme en sus cantos mi deseoso amor.”

Me dije: qué chido, Ysla vive feliz.

Pocas páginas más adelante, después de este desconcierto, Ysla vuelve a ser Ysla.

¿Y quién es Ysla? Ysla es catedrática, académica, empoderada, firme, funcionaria universitaria que ha logrado, entre otras cosas, instituir un festival del Siglo de Oro en Juárez y El Paso. Y es, por supuesto, poeta. Como poeta tiene una obra original y sobresaliente. Quiero resaltar dos cosas fundamentales: Ysla es una poeta pionera. Ella abrió la jaula para que se liberaran las mujeres poetas de Chihuahua. Abrió camino entre los divos y poetos. Ella es parte de la historia de nuestra literatura.

Y la otra: ella vino a decirnos —a la legión de poetas léperos como yo, autodidactas salvajes que en la tarde se tropiezan con una piedra y por la noche escriben “pinche piedra”— que el lenguaje y las formas clásicas han perdurado por su belleza y sabiduría, y que para llegar ahí se requiere el arduo trabajo de fina orfebrería y el viejo oficio de tallar la piedra hasta encontrar el diamante. Eso es una gran lección para mí. Gracias.

Pero, por fortuna o por desgracia, la vida es la ruleta en la que apostamos todos. Lo más importante de la vida no sucede en el currículum, sino en el corazón. Y aquello que atraviesa el corazón es la poesía.

Los temas sociales están presentes:

“Respiramos el polvo de los muertos,

en Ciudad Juárez, eso respiramos.

El aire acongojado de los muertos,

los antros blanquecinos por el tiempo,

las calles de los niños sepultadas,

fantasmas asustados y esqueletos.

¿Qué hemos de hacer, desierto,

las mujeres, los niños y los muertos?

Entierren las cenizas,

que no vayan al viento.

Nos duele respirar el aire de los muertos.”

Ysla no es ajena a los deliquios sensuales. Miren este epigrama:

“Soy Marpesa Evenina.

Así me diste nombre por mis hermosos pies,

que eternamente amaste

y ahora odias,

por si me llevan a otros hombres.”

De hecho, a Ysla la conozco amante de muchos años: Lope de Vega.

“¿Cómo no amarte, Lope, si eres todo,

la perfección en todo lo que haces,

en todo lo que escribes, en tus quejas,

en si te falta amor o si lo dejas?

¡Ay, mi querido amor, te necesito!”

Fue Lope de Vega quien le compartió el itinerario de la poesía: A mis soledades voy / de mis soledades vengo. Ysla lo sigue. De la soledad a la soledad, desolación, de sol a sol, del Prólogo del alba hasta donde la ausencia la lleve.

Este es un libro de la soledad. Una soledad que duele. Una poesía que de inmediato te pone en sus zapatos, oyes sus sollozos, vives su fragilidad emocional.

Es biográfica hasta los tuétanos; dice su verdad y desnuda su alma. ¿Cuál verdad? Su vivencia. Recuerda porque el olvido es un modo de la muerte. En las soledades sobrevienen los miedos y las ausencias. Se vive como fantasma: ella cumple con la sucesión de los difuntos.

El recuerdo de las ausencias es su mundo. Un recuento de las pérdidas. No hay personas, hay ausencias. La falta es lo que sobra.

La vida sucede como si no sucediera; la gente es gente que pasa. Lo único que de veras importa es ese pequeño mundo que nos contiene y nos sostiene: cotidiano e imprescindible, familiar. Y también pasa, estalla, se vuelve humo. Y es humo lo que hace llorar.

Y lo dice de manera contenida, sin dejarse ir en versos libres, sino en esas formas que son opresivas y terminan liberándote:

“Estoy tan sin remedio y no me escuchas,

que piso tierra, Dios, y no la piso.

¿Adónde estás, adónde, fugitivo?

¿Dónde te me fuiste, dónde te me escondes?

Tan sin consuelo estoy que muerta vivo.

Quiero buscarte y no sé dónde, dónde;

mas sé que estás aquí y no te miro.

Quizá no te he buscado donde debo,

quizá estás muy oculto y no has venido.

Pero, Dios mío, dame una respuesta:

¿dónde se encuentra, dónde, el amor mío?”

“¿Adónde buscaré si estoy sin rostro,

si no me veo los pies ni mis cabellos?

Quizá ya estoy debajo de la tierra

y soy fantasma en busca de su cuerpo.”

“Estoy tan sola, tan sola,

que cuando voy caminando,

huye de mí hasta la sombra.”

“Sola entre las olas, sola,

sobre la espuma blanca de las olas, sola.”

Ysla ha escrito uno de los poemas más conmovedoramente bellos: el poema Mara, que es la ceremonia del adiós a la madre.

Al irse la madre, llega la orfandad: todo lo que estaba ahí, se fue.

Aquello que la sostenía, se desvanece.

Su mundo es su pequeño mundo en el universo de las ausencias.

La pareja, los amores, los hijos, los padres: todos tienen que hacer, todos se van.

Como los trenes y las nubes, se van. Y si retienes lo que ya se ha ido, te va a doler.

“¿En qué lugar infinito, madre,

ocupa alegremente su morada?

¿En qué noche serena nos observa?

¿En el diáfano día nos aguarda?

¿Qué haremos con su risa en la memoria,

con su mirada eternamente tierna,

que aunque queramos ver, no está en la tierra?”

No importa cómo escribas el poema, siempre y cuando en él resplandezca una verdad y encuentre un corazón que lo agradezca.

La orfandad comienza cuando se extraña aquella felicidad sencilla,

en que la madre silbaba mientras salía a regar el patio muy de mañana:

“Cantaba a veces cuando vertía el agua

sobre los pisos blancos,

al prólogo del alba.

Silbos y azules cantos

inundaban la luz de aquella casa.”

“No se vaya aún a las estrellas

sin prodigar caricias infinitas.

Vamos secando el mar de mi congoja

con sus manos de luz y leche tibia.”

“¿Podría verte un segundo, mi señora?”

“Aconséjeme, madre, no se marche.”

“Te deshojas, deshojas, te deshojas,

en el último aliento te deshojas.

Te deshojas, María, te deshojas,

las hojas de la vida caen a gotas

de sangre que te asfixia. Te deshojas.

El agua se derrama por tu cuerpo,

inundando mortífera tu ser.

¿Qué hacemos, María Gracia, solo ver?”

Solo ver, Ysla. Solo ver pasar el río de la existencia como el río nos ve pasar.

Mientras tanto, a ti te acompaña un amigo: el arte. Ese que recorre los laberintos de tu mente y los naufragios de tu corazón, y que te hace sentarte a la orilla de la cama o andar con tus fantasmas, contando octasílabos o endecasílabos, hasta sacar belleza del dolor.