Reneé Acosta
El tema de la felicidad ha sido una preocupación constante de la humanidad que reaparece cada cierto tiempo en las nuevas formas de expresión, el arte, las revistas impresas, los periódicos, los stands de couching y ahora con la tecnología a través de las imágenes, ya sean alteradas por la IA o con recursos que nos asombran pero ya nada nos sorprenden.
A partir de la muerte de la “influencer” que fue asesinada en su pequeño salón de belleza con un cerdito de peluche, supuesto regalo caro de un admirador, se destapó la cloaca de esa telaraña de mengambrea que son los falsos influencers que presumen ser ricos cuando en realidad son pobres y solo están fanfarroneando con recursos del narcotráfico.
Mientras que en la punta del iceberg están todas esas fotografías de comidas de diseñador, cafeterías de lujo, viajes espectaculares, zonas turísticas de seis estrellas; ropa, joyas, fiestas, todo lo que sea necesario para aparentar estar siendo muy “feliz”.
A partir de la investigación realizadas ha salido a la luz que las ratas también han evolucionado y se digitalizan. Todo el mundo se entera de todo, sea verdad o mentira. Lo único que no ha evolucionado es la filosofía y la lógica para develar las verdades que ocultan las series de lujo en los instagram y otras redes.
En pocas palabras, las propias víctimas le informan al delincuente de qué hacen, cuándo lo hacen, dónde lo hacen y qué es todo lo que poseen; esto incluye por supuesto a los hijos, la esposa, la familia. Todo entra en un catálogo visual para los maleantes.
La obsesión de ser feliz lleva a las personas a estas conductas que sin saberlo, los vulneran exponiendo “otros datos” para la delincuencia. La búsqueda de la felicidad se encuentra en absoluto materializada. Los jóvenes crecen creyendo en esta difusión de falsas personalidades que les hacen creer que siendo youtubers, tiktokers, creadores de contenido o simplemente convirtiendo su propia vida en contenido, serán objeto de riqueza, fama y felicidad automáticas sin ningún esfuerzo.
Esto ha repercutido en la consolidación de una cultura del narco en la que muchos jóvenes -abiertamente y sin engaños- le entran al “negocio” para poder publicar una vida de felicidad plena, llena de yates, joyería, jets de lujo y limusinas. Todo parte de un señuelo para captar carne de cañón para el mercado estilo juego del calamar en algún rancho Izaguirre.
De manera que no se trata solamente de guardar la privacidad o de seguir los mandamientos religiosos de una vida sobria y prudente, sin presunción ni vanidades; se trata de que todo en nuestro entorno está provocando un estallido de una burbuja financiera cada vez más frágil, sustentada en sangre, poder y drogas. Una burbuja de fantasía inflada por las redes sociales para hacernos creer que la “felicidad” sólo es posible si puedes tomarle una foto y subirla a tus redes.
Pero en realidad todos esos influencers no son ricos de verdad, sólo son un señuelo o un lavadero del narco a plena luz y cínicamente difundido por todas partes. Mientras que se siguen encontrando más y más fosas por todo el país; las ratas digitales siguen tendiendo trampas y creando estrategias más y mejores para robarse tus metadatos, robarse tu voz en llamadas donde habla “el mudo”, obligándonos a responder ‘¿qué quiere? En lugar de el amable “sí, dígame”, porque allí con eso ya te robaron tu voz.
Tal y como si fuera un capítulo de Black Mirror, te pueden robar tu voz, clonarla. También pueden “funarte” por cualesquier cosa que incomode a las sensibilidades hipersensibles, autistas por autodiagnóstico, de la generación de cristal.
Estamos acercándonos peligrosamente a los sistemas distópicos de funación digital y marginación con juicio automático y masivo. Pero recuerden que “como juzguen serán juzgados”.
Y ya que el derecho a dubitar es peligroso en sistemas fascistoides como en el que vivimos, es bueno recordar aquella anécdota sobre la felicidad de Diógenes el cínico al que un hombre encumbrado en el senado le dijo: Si hubieras aprendido a callar y halagar al poder no estarías comiendo lentejas. A lo que Diógenes contestó: “No estarías callado y halagando al poder si hubieras aprendido a comer lentejas”.









