Controversial…
La Ingeniería del Pendejo
El espejo es quien los delata.
Por: Raúl Sabido
“Hay personajes que aparecen en los chats de opinión y que, en lugar de dialogar, contaminan cualquier intercambio de ideas. No conversan: descargan. Vierten frustraciones y complejos con un lenguaje tan ofensivo y vulgar que no exhibe al otro, sino que se describen ellos mismos. No piensan solo reaccionan, insultan, ofenden, discriminan, menosprecian.”
El ofensor automático
Es el que cree que la palabra hiriente es un argumento y que la descalificación es una forma de pensamiento. Es un fenómeno tan común que casi pasa desapercibido, como el zumbido de un transformador en la calle, ese que molesta, pero que uno termina acostumbrándose. Sin embargo, detrás de ese zumbido hay algo más profundo, casi trágico.
Se puntualiza la tragicomedia personal cuando se afirma “que no hay PENDEJO más grande que aquel que necesita llamar pendejos a los demás” para sostener su frágil sensación de superioridad. Es una paradoja deliciosa, porque es el insulto que pretende ser un golpe y que termina siendo un espejo. Y en ese espejo se revela la pobreza intelectual de quien lo lanza y no hay exclusividad de sexo, ni edad, ni educación y menos posición económica o social.
La ofensa no es un argumento: es una renuncia
Es la declaración explícita de que no se tiene nada más que ofrecer. Cuando alguien recurre al insulto para desacreditar una idea, no está debatiendo, simplemente está confesando su pendejez. Confiesa que la complejidad lo abruma, que la duda lo incomoda, que la posibilidad de estar equivocado lo aterra. Por eso grita. Por eso agrede. Por eso necesita reducir al otro a una palabra que, solo en su mente, lo colocaría por encima al calificar a su interlocutor como PENDEJO.
La discriminación
Y aquí aparece un elemento crucial que es la discriminación como arquitectura del insulto. El que ofende no solo agrede: clasifica. Construye jerarquías imaginarias donde él ocupa la cúspide y los demás se distribuyen en escalones inferiores según su conveniencia. El insulto es el ladrillo y la discriminación es el plano arquitectónico. Sin esa estructura mental, que las dividide entre “superiores” e “inferiores”, entre “listos” y “pendejos” la ofensa perdería su función, sin esa ubicación, porque no podría sostener su ilusión mental de dominio.
El menosprecio
El menosprecio, por su parte, es la argamasa que mantiene unida esa construcción. No es una postura intelectual, sino un mecanismo de autoprotección. Menospreciar al otro es una forma de evitar la vulnerabilidad porque piensa que, si lo reduzco, no tengo que escucharlo y si lo ridiculizo, no tengo que confrontar mis propias limitaciones. El menosprecio es la versión emocional del miedo, un miedo que se disfraza de soberbia.
Ser PENDEJO
Pero ser pendejo, si es que tal noble título existe, no es tan fácil como parece. No basta con equivocarse, ni con pensar distinto, ni con tropezar en el razonamiento. Todos hacemos eso alguna vez en la vida. Pero ser PENDEJO, en el sentido más irónico y filosófico del término, requiere toda una disciplina, la disciplina de no pensar, de no escuchar, de no cuestionarse jamás. Requiere una fidelidad absoluta a la propia ignorancia. Ser PENDEJO es un oficio, es casi un sacerdocio.
Por eso, quienes más se esfuerzan en llamar pendejos a los demás siempre alcanzan ese “noble título” con absoluta facilidad. Al final siempre les falta la valentía de asumir su propia limitación sin buscar proyectarla en otros. El verdadero PENDEJO no presume: siempre se exhibe sin darse cuenta.
La ofensa, la discriminación y el menosprecio
Son, en realidad, atajos del pendejo.
Atajos para no argumentar, para no dialogar, para no exponerse. Son el equivalente intelectual de cerrar los ojos para no ver. Y, sin embargo, quienes los usan son tan pendejos que creen que están ganando algo. Creen que humillar al otro los eleva, creen que la burla es una forma de lucidez.
Pero la inteligencia no necesita humillar. La inteligencia no necesita gritar. La inteligencia no necesita exhibir. La inteligencia, cuando es auténtica, se reconoce vulnerable, imperfecta, en construcción siempre. La inteligencia duda. La inteligencia escucha. La inteligencia se abre y, en contrario, la ofensa solo se cierra.
Y, en ese cierre, en esa cerrazón que pretende ser fortaleza, se revela la verdad más incómoda: quien insulta para invalidar ideas no está defendiendo su pensamiento, está protegiendo su miedo. Miedo a no saber. Miedo a no entender. Miedo a no ser suficiente, pánico a exhibirse como PENDEJO.
Por eso, al final, la frase se sostiene: “No hay PENDEJO más grande que aquel que se cree superior solo porque llama pendejos a los demás”. No por el insulto en sí, sino por la tragedia que lo acompaña por su incapacidad de pensar sin agredir, de dialogar sin destruir, de existir sin aplastar. El PENDEJO exhibe sus complejos con suma facilidad.
No es lo mismo ser PENDEJO que hacerse PENDEJO, el primero, el ser, no sabe y el segundo, el hacerse, simula.
La ofensa no es un arma: es un espejo. Y el pendejo, al usarla, siempre termina viéndose a sí mismo.
La pendejez no es exclusiva de un solo sexo.
Así que debemos recordar, cuando interactuemos con una persona así descrita:
“La verdadera persona inteligente es aquella que aparenta ser pendeja delante de un ser pendejo que aparenta ser inteligente”








