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Un nuevo orden internacional surgió al terminar la Segunda Guerra Mundial. Se estableció la Declaración Universal de los Derechos Humanos al impulso de un espíritu ilustrado, democrático y humanitario. Prácticamente se dijo que la barbarie nunca más.
La misma ONU nació como el ente multilateral más importante en la historia, opacando a aquella Sociedad de las Naciones que sucumbió ante los totalitarismos. En Breton Woods se llegó a acuerdos que marcaron toda una era en el mundo de la economía y las finanzas.
No obstante que Estados Unidos emergió como la potencia hegemónica del planeta y que había quedado con vida el totalitarismo soviético, se vivió una especie de alborada de la humanidad. Específicamente se llegó a pensar que por fin el derecho internacional renovado iba a ser la base para el entendimiento entre los estados y las potencias, que el genocidio había obtenido su acta de defunción y que el diálogo entre las naciones iba a ser la pauta.
Después de 1945 el optimismo fue decreciendo y en su lugar se empezó a instalar la realpolitik, el pragmatismo burdo, y un conjunto de guerras prácticamente innumerables se dieron en diversas partes del planeta.
Los triunfadores en la Segunda Guerra Mundial no fueron, ni remotamente, congruentes a la hora del proceso de descolonización que se dio en el mundo, y países como Indochina, continentes como África y el mundo árabe y musulmán tuvieron que pasar por severas atrocidades, como las que se vivieron en Argelia o en las colonias portuguesas, que tardaron décadas en obtener su libertad.La Guerra Fría impidió que un país como Sudáfrica pudiera dejar atrás el Apartheid.
Enlistar todo esto sería prolijo. Lo que se pretende es poner botones de muestra para ubicarnos en lo que está sucediendo hoy con la barbarie encabezada en el mundo por la administración del presidente estadounidense Donald Trump y su lugarteniente en el Medio Oriente, Benjamín Netanyahu.
Se viven actualmente los efectos de haber concebido a las grandes potencias occidentales el derecho de trazar con estilógrafo y líneas rectas la división y las fronteras entre países del tipo de Irán, Irak, Jordania, Arabia Saudita, Siria, Líbano y un un gran racimo de pequeños estados que se convirtieron en paraísos del capitalismo mundial, al amparo de la monoproducción de petróleo.
Vivimos ahora los grandes costos y la tragedia de un proceso de descolonización planeado utilitariamente en favor de las potencias imperialistas y el pragmatismo de países como Rusia y China.
El belicismo actual ya no es precedido por la promulgación de una ley que declara la guerra, por ejércitos que en combate se identifican con sus uniformes, banderas e insignias, con respeto a la población civil de los estados en conflicto. Ya nada de eso existe. En su lugar se ha colocado la barbarie al amparo de sofisticadas tecnologías, puestas al servicio de todos con los desniveles y asimetrías que tienen los países que entran a la pelea.
El bombardeo ordenado por Trump y Netanyahu a una escuela primaria, que arrojó decenas de niñas y niños muertos, es la siniestra metáfora que recorre hoy el mundo; pero a los criminales de guerra poco o nada les importa. Ahora la voluntad de un planetarca como Trump es la voz autocrática que ha sustituido al derecho internacional y pretende concederle a Estados Unidos la prerrogativa de gendarme mundial, al costo que sea.
Pero la crisis apenas inicia. Antes los gobiernos norteamericanos invadían supuestamente para instaurar la democracia en el mundo; los neoconservadores, con Reagan y los Bush, todavía recurrieron a ese falaz expediente para agredir a pueblos del Medio Oriente. Ahora ni eso, porque el discurso del choque de civilizaciones, aparte de sus limitaciones, se consideró tan inútil que hoy descansa en el cesto de la basura. Actualmente es la fuerza más atroz la que se impone.
En Irán se instaló a partir de 1979 una teocracia tradicionalista a ultranza e intolerante. Los ayatolas derrocaron al Sha de Irán, plutócrata pro occidental, producto a su vez de un golpe de Estado contra Mohammad Mosaddegh, y decretaron imponer a sangre y fuego y con represión absoluta su propio dominio y una versión fundamentalista del Corán.
Corrió sangre por las calles de las ciudades iraníes, y quienes más padecieron fueron las mujeres. Las cárceles se abarrotaron de disidentes y hoy esa misma dinastía teocrática se da la alternativa de colocar a un hijo del jefe supremo asesinado hace unos días por la alianza entre Estados Unidos e Israel, lo que resta las posibilidades de simpatía ante la agresión sufrida por el pueblo iraní.
A su vez Trump se muestra como el otro ayatola que ha desatado la brutalidad y la sinrazón. Analistas calificados sostienen que el conflicto se extenderá a dimensiones más que regionales. Las repercusiones económicas afectarán a todo el planeta en el suministro de petróleo, como la escasez de insumos vitales, la carestía de fletes y seguros, el perjuicio a las economías familiares y la inseguridad en la navegación marítima y aérea, por poner ejemplos más a la mano.
El poder de Trump empieza a nublarse. Ojalá pierda la elección intermedia y surja un Congreso que lo contrapese a finales de este año. Es indispensable, no sólo para los norteamericanos, sino para el mundo entero.
Hoy en el planeta hay un predominio de la guerra. Todo parece indicar que las lecciones de la historia no nos han servido de nada.
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Nota: La ilustración que acompaña hoy a este columna es una viñeta creada por el monero portugués António Moreira Antunes para el New York Times, quien en un acto de autocensura, lo retiró y anunció que a partir del 1 de julio ya no publicará más viñetas políticas.









