![]()

Entre el Santo Niño de Atocha y la retórica falaz aprendida en viejos tiempos, Ricardo Monreal quiso pronunciar una pieza oratoria digna de los anales de la historia, tras la derrota legislativa por el tema de la reforma electoral. En plena tribuna citó a Lincoln y a Churchill, entre gritos de devoción por Claudia Sheinbaum que nadie creyó.
En particular su compañera diputada, María Damaris Silva Santiago, ubicada a sus espaldas, hacía caras y gestos cada que aquel, por otro lado, agradecía a los líderes de la oposición haber llegado a un acuerdo para el nombramiento, por unanimidad, del auditor superior de la federación, Aureliano Hernández. Otro tema con lo que ocultaba la derrota de un intento de reforma que inició muerta, y en clara autodefensa de su pellejo.
Monreal es un repentino orador de la vieja escuela (ignoro si compró algún manual de los muchos que circulaban a mediados del siglo pasado para capacitar en el arte del buen decir).
Pero más allá de esto quiso dar la imagen de un parlamentario bien plantado, con una imagen de buen vestir, pausado, moderado, pero al fin amenazante cuando anunció que MORENA irá por el plan B de dicha reforma, en una actitud sin duda revanchista que pretenderá convertir la derrota en triunfo, que para eso ya cuentan con una Suprema Corte de Justicia de la Nación, que por adelantado validaría el monstruo jurídico que puede salir de esa venganza.
Benito Juárez, quien estuvo ausente del discurso de Monreal, siempre consideró una actitud bajuna alterar las reglas del juego cuando ya los procesos se han pactado para correr las consecuencias que resulten. Lo que padeció ayer la presidenta Sheinbaum y su partido fue un fracaso, y punto. No hay más que decir.
Pablo Gómez, el comisionado para la reforma, quiso pero pudo sacarla adelante. Nunca un arrogante y soberbio se debe poner al frente de un proceso que implica negociación y reconocimiento de los otros, de los diferentes, de los que también existen aunque no se quieran.
Estos hechos ahora están siendo tomados en cuenta para decir que en realidad la presidenta dejó correr su iniciativa electoral hacia el precipicio, insinuando que no le afecta en su credibilidad para construir una gobernanza que se palpe en los hechos.
Ella decía que ya había cumplido su compromiso de campaña que escuchó como clamor popular con muy buen oído, porque realmente nada se dijo en el proceso electoral al respecto; pero en realidad el compromiso es con su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, empeñado en opacar a su pupila.

En los coros que vimos para darle realce a Monreal, escuchamos la cantinela de que “es un honor estar con Obrador”. No se dan cuenta que demeritan a su presidenta, a la que también coreaban, negándose a sí mismos como parte de otro poder. En fin, no asistimos a escuchar en boca del oficialismo sino una retórica anquilosada y hueca.
Reportan los medios que después del percance legislativo hubo un after en Palacio Nacional al que asistieron los líderes acusados de traición (PT, PV), el propio orador Monreal; Ignacio Mier, líder de los senadores morenistas, y alguien más. Se consolaron mutuamente y dijeron que van por la revancha.
Pero los números hablan: no hubo mayoría calificada; MORENA llegó con 259 votos; los adversarios con 234, y una abstención y seis ausencias, entre ellas la de Olga Sánchez Cordero, quien careció de enaguas para ir a pronunciar sus argumentos, como lo hacía cuando era ministra de la Suprema Corte, o al menos votar en contra.
Dos cosas más. La primera es que frente al desquite anunciado, ya en los medios académicos e intelectuales se habla de que otra reforma es posible y con aliento realmente democrático, no como la que recién ha muerto. La segunda es que Ricardo Monreal será el tutor de los morenistas chihuahuense durante el proceso electoral del año entrante, y este tipo de tutores, más allá del poder que despliegan, contribuyen a algo nefasto: impiden pensar por cuenta propia.
Por lo pronto el PT y PV, como los tiburones, ya probaron la sangre y es probable que se hayan hecho adictos.








