Por Raúl Gómez Franco
TERCERA PARTE
A mitad de la tarde, cuando los rayos solares caen a plomo sobre nosotros, nos damos cuenta de que hemos comenzado a caminar por la primera de las dos herraduras cuando empiezan a aparecer pozas más profundas y cascaditas en el río que seguimos. Un deleite. Como para sacarse la mochila, tirarse al agua para nadar, refrescarnos un poco y mitigar el fuerte calor de la tarde.
Sin embargo, Octaviano Legarreta nos advierte que sigamos porque aún no llegamos al sitio en el que acamparemos, en donde –nos dice– hay unas tinajas mejores para darnos un buen chapuzón. Con esa atractiva promesa seguimos bordeando el río y aguantando los mochilones que, con el sol y el calor, parecen pesar más.
¿Por qué el nombre de Doble Herradura? Porque en esta zona el río Urique serpenteó formando la figura de, precisamente, dos perfectas herraduras unidas que comparten uno de sus brazos. Mientras caminamos por ellas no somos conscientes de esta forma que adoptó el río. Será hasta el día siguiente, cuando ascendamos, que veremos en toda su magnificencia este hermoso capricho de la naturaleza.
Al llegar a la parte de abajo de la U o herradura, dejamos nuestras mochilas porque inicialmente íbamos a acampar ahí, y continuamos caminando –ya solo con nuestros shorts o trajes de baño– hacia la parte superior del brazo derecho de la segunda U, donde se ubican las mejores tinajas.
En ese trayecto el río ha labrado con paciencia de ebanista las grandes rocas que se encuentran en su lecho, formando varias cascaditas y rápidos que van a derivar, a través de una pequeña caída de agua, en una gran poza donde ya Octaviano, Cindy y Alan se refrescan. A su vez, esta tinaja se vierte por medio de otra cascada hacia otra enorme poza de difícil acceso (para bajar hay que desescalar varios metros por una pared vertical. Solo Octaviano, Cindy y Alan se atreven).
He aquí nuestro mejor regalo del día: nadar y sentir el agua fresca después del trajín que comenzó a las 5 de la mañana. En este espacio privilegiado que muy pocos humanos han visitado, ya sea dentro del agua o como lagartijas al sol, nos pasamos disfrutando lo que resta de la tarde.
Cuando el crepúsculo está por arribar regresamos por nuestras mochilas porque se decidió que acamparemos cerca de las tinajas. El grupo al completo se activa: unos ayudando a instalar las tiendas de campaña, otros recolectando y cargando leña para la fogata (fue preparada con todas las medidas de seguridad) que además de calor en la madrugada nos servirá para preparar alimentos calientes; todos sacando sleepings y bajos sleepings; colgando en las rocas la ropa mojada…
Ya cuando la oscuridad nos ha rodeado y nuestros espacios para dormir se hallan listos, nos instalamos alrededor de la fogata para cenar o, al menos, tomar un café caliente. Algunos tateman bombones y las charlas se intensifican con los recuerdos que salen a flote. ¿Por qué las fogatas son tan propicias para evocar historias macabras? Todos, a nuestro modo, disfrutamos del momento. Son instantes fugaces de felicidad ahí, junto al primitivo fuego, tan lejanos de cualquier tipo de civilización, sin señal en los celulares, con los únicos ruidos ambientales del chisporrotear de la madera quemándose y el ronroneo del río a unos metros, que le dan marco a las historias que se narran. Son momentos que se atesoran porque no son tan frecuentes en nuestro intenso ritmo cotidiano. A veces no se necesita más para sentirse pleno. Es la vida primordial. Es la vida…
La noche se nos viene encima y algunos nos retiramos a descansar. Otros siguen con sus narraciones. Poco a poco los sonidos humanos se disipan, hasta que sólo el sedante murmullo del río nos arrulla…









