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domingo, marzo 15, 2026
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Carne de Cañón: La marcha diferenciada

 

Controversial…

Carne de Cañón

La marcha diferenciada

Por: Raúl Sabido

“Las marchas son como espejos: reflejan no solo la multitud que las recorre, sino también las intenciones ocultas de quienes las convocan. A veces muestran convicción ciudadana, otras veces exhiben la maquinaria disfrazada de protesta”

Lo innegable:

A estas alturas, nadie puede negar lo evidente: la marcha estuvo diferenciada. Dos corrientes convivieron en un mismo escenario, aunque con propósitos y estilos radicalmente distintos. Por un lado, los pacíficos: ciudadanos de siempre, jóvenes en número reducido, cientos, no miles, y políticos neoliberales, PRI-PAN, ávidos de reflectores, que aprovecharon la ocasión para posar en la primera fila. Junto a ellos marchaban veteranos de las protestas opositoras de la derecha, curtidos en experiencias previas como los “chalecos amarillos” o la “marea rosa” y otras más. Su presencia, más que representar a la juventud convocante, evidenciaba la continuidad de un mismo guion.

Por el otro lado, agazapados en las calles aledañas al Zócalo, aguardaban los violentos. No improvisaban, estaban organizados, cohesionados, esperando instrucciones. Sabían que su turno llegaría solo después de que los pacíficos ingresaran a la plancha. Primero se necesitaba el escudo humano, los pacíficos convertidos en la carne de cañón, para legitimar la entrada. Una vez dentro los pacíficos, invisibles para los medios tradicionales y afines a la derecha, se dio la señal. Entonces sí, irrumpieron a la plancha los violentos.

La Estrategia diseñada:

Era clara, usar a los ciudadanos pacíficos como cobertura, como garantía de acceso, como carne de cañón. Y cuando comenzaron los desmanes los mediáticos hicieron lo suyo, a lo que estaban ahí, la verdadera causa de su presencia. La nota, la “verdadera noticia”, no eran los cientos de jóvenes ni los ciudadanos marchando con banderas y consignas en forma pacífica, sino los actos violentos. Ahí estaba el espectáculo que se buscaba. Sin embargo, hubo un detalle que les falló, los pacíficos reaccionaron al ver la violencia desatarse con velocidad vertiginosa comenzaron a abandonar la plancha del Zócalo. El escudo se desmoronaba, la carne de cañón se rehusaba a cumplir el papel asignado.

La marcha diferenciada deja lecciones incómodas:

No se trató de una sola voz ni de una sola intención. Fue un escenario compartido, pero no común. Los pacíficos marcharon por convicción, los violentos por pago y estrategia. Los primeros buscaban visibilidad, los segundos necesitaban cobertura. Y los medios, fieles a su guion, privilegiaron el ruido sobre la razón. Al final, lo que quedó claro es que la violencia no fue espontánea: fue calculada, y los ciudadanos pacíficos fueron instrumentalizados. Carne de cañón, sí, pero también testigos de cómo la narrativa mediática se construye a costa de ellos.

El silencio del templete:

Hay un detalle que debería haber llamado poderosamente la atención, porque rompe con la lógica exhibicionista que la derecha ha desplegado en sus manifestaciones anteriores: el templete no estaba. Ese escenario que suele ser la parte visible más importante, el espacio donde se pronuncian los discursos políticos y se construye la narrativa pública, brilló por su ausencia. Sin templete, la marcha perdió su habitual clímax de oratoria y espectáculo, quedando reducida a un tránsito sin cierre, a un desfile sin voz, a una trampa bien publicitada, trampa anunciada.

La ausencia del templete no fue casual. Se trató de una omisión estratégica: sin discurso, sin mensaje político central, la visibilidad quedaba reservada para otra cosa. Y en esa misma lógica, los políticos neoliberales que caminaron por las calles para las fotos, los mismos que buscan siempre el reflector, nunca entraron a la plancha del Zócalo. Se mantuvieron al margen, dejando que fueran los ciudadanos pacíficos quienes ocuparan el espacio, quienes sirvieran de escudo. La carne de cañón estaba adentro; los políticos, afuera, cuidando su imagen y evitando la confrontación directa.

Este doble vacío, sin templete y sin políticos en la plancha, refuerza la idea de que la marcha estaba diseñada para la violencia buscando fatales consecuencias. No se buscaba un mensaje político articulado ni una representación genuina de la ciudadanía convocante. Se buscaba la cobertura mediática de los desmanes, y las posibles fatalidades. El espectáculo no estaba en el discurso, sino en la violencia. Y para ello, los pacíficos fueron necesarios: primero como legitimadores de la entrada, después como escudo humano, finalmente como testigos incómodos que se retiraron cuando comprendieron el papel que se les había asignado.

El desvío hacia la Corte:

Y por si fuera poca la evidencia del templete ausente y de los políticos que nunca ingresaron al Zócalo, ocurrió un hecho colateral que desnuda aún más la lógica de la marcha diferenciada: un grupo importante de violentos se desvió hacia el edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Lograron derribar las vallas metálicas e intentaron ingresar por las ventanas, pero fueron rechazados por la seguridad interna con el polvo químico de los extintores.

La pregunta es inevitable: ¿qué hubiera sucedido si hubieran logrado entrar? La respuesta es obvia: habrían incendiado y destruido el edificio completamente. Pero entonces surge otra interrogante: ¿por qué la SCJN, si los desmanes estaban concentrados frente a Palacio Nacional? La explicación es sencilla: se trataba de un acto de venganza de “alguien” a quien las resoluciones de la Corte han perjudicado. La violencia, en este caso, no fue un estallido sin dirección, sino un mensaje político disfrazado de caos.

El episodio deja ver la contradicción grotesca de los violentos. En entrevistas posteriores, algunos se quejaban, con tono casi infantil, de que “no los dejaban ingresar a Palacio Nacional”. La queja mueve a risa, pero también revela la intención real: no era la protesta ciudadana lo que los motivaba, sino la obsesión por irrumpir en los símbolos del poder, destruirlos y convertirlos en espectáculo.

El guion de la violencia:

La marcha diferenciada no fue un accidente, fue un guion. La ausencia del templete, el vacío de discurso político, los políticos neoliberales que se quedaron en las calles para la foto, pero nunca pisaron la plancha del Zócalo, los pacíficos convertidos en escudo humano y carne de cañón, y el desvío calculado hacia la Suprema Corte de Justicia, todo apunta a una misma conclusión: la violencia era el verdadero objetivo.

No se trataba de expresar demandas ciudadanas ni de construir un mensaje político legítimo. Se trataba de fabricar un escenario de caos que pudiera ser amplificado por los medios nacionales y más los internacionales. Los pacíficos fueron instrumentalizados, usados como carne de cañón para abrir paso a los violentos. Los violentos, a su vez, no buscaban protesta, sino venganza y espectáculo. Y los medios, fieles a su guion, privilegiaron el ruido sobre la razón.

El resultado es revelador:

La marcha no fue la expresión de una ciudadanía plural, sino la puesta en escena de una estrategia calculada. Una estrategia que necesitaba escudos humanos, que necesitaba símbolos atacados, que necesitaba titulares sobre violencia, pero, lo que más necesitaban, eran fatalidades en las filas de los pacíficos. Lo que no necesitaba, y por eso no lo hubo, fue un templete, un discurso, una voz política clara.

La verdadera nota no está en los desmanes ni en las quejas risibles de quienes no pudieron ingresar a Palacio Nacional. Está en la evidencia de que la violencia fue planificada, que los pacíficos fueron usados, y que la narrativa mediática se construyó sobre ese montaje. La marcha diferenciada deja al descubierto que, en este guion, los ciudadanos nunca fueron protagonistas: fueron utilería, fueron carne de cañón, pero también testigos incómodos de cómo se fabrica la política del caos.

Entendiendo con claridad:

Carne de cañón” es un modismo en español que describe a individuos o grupos que son sacrificados o utilizados sin consideración por sus vidas o bienestar.