15.6 C
Chihuahua
sábado, marzo 14, 2026
- Publicidad -

¿César o Presidente? Daniel García Monroy

La teoría política ha demostrado el camino que puede recorrer un líder carismático para llegar a la cúspide del poder. Carlos Marx sobre Napoleón III, Antonio Gramsci sobre Mussolini, analizaron y escribieron desde hace ya muchas décadas, las necesidades históricas de un tipo dado de sociedad, que permitieron impulsar el acceso al gobierno de un dictador.

Los estudios críticos de ambos genios-intelectuales, conocido como “Cesarismo”, concuerdan en ciertos puntos con la actualidad mexicana; pero sin duda, son más las diferencias que las semejanzas.

El antecedente más claro para el empoderamiento de una dictadura es la pérdida absoluta del orden y control social, que frena o de plano cancela la reproducción normal y cotidiana del sistema capitalista en un país. En la Francia del siglo XIX, ocurrió el desastre, al igual que en la Italia de principios del siglo pasado.

La burguesía italiana, lo mismo que la nobleza francesa, perdieron totalmente, junto a sus autoridades impuestas, el control sobre los fenómenos generados por las luchas sociales, campesinas y obreras, de sus momentos históricos en cuestión.

Cuando los dueños del capital ya no pueden seguir siendo dueños, o ven amenazadas sus ganancias, apelan y apoyan siempre al cambio hacia la mano dura del poder autoritario, con la fuerza de la violencia “legal” en sus manos: divina, arrasadora y preservadora de sus particulares intereses.

Mientras sus privilegios de poder económico puedan continuar vigentes, la forma del Estado no les interesa mucho. La democracia y el régimen republicano de gobierno pueden ser sacrificados en aras del orden necesario para mantener el status-quo, que los encumbra muy por encima de los trabajadores. La propiedad y la utilidad como valores superiores a la libertad y al derecho. La avaricia sometiendo vez tras vez a la solidaridad. –¿Verdaderamente, los alemanes querían a un fuhrer; los italianos a un duce; los francés a un emperador, militarmente instituidos y protegidos? No se dieron cuenta de lo que provocaron para su terrible desgracia como pueblos manipulados que fueron. La historia como maestra de los errores que no se deben volver a cometer–.

López Obrador no llegó al poder en México a causa de una crisis nacional de tal tipo, ni de tal envergadura. Es más, el fustigado neoliberalismo mantuvo un crecimiento económico constante del dos por ciento del PIB nacional promedio; pírrico sí, pero sostenido también. El ineludible y fatal control capitalista, fin de la historia, se mantiene, con su desigualdad social concomitante. Muchos nuevos burócratas miembros de la 4T, se hicieron empresarios millonarios gracias al firme control del orden económico en nuestro país y el mundo, en las pasadas cuatro décadas. Vaya paradoja.

La crisis aquí fue otra. La tragedia que llevó a 30 millones de mexicanos a votar por Andrés Manuel, fue la ira social del hartazgo contra la brutal corrupción política-empresarial mexicana que nos ha destrozado el futuro como nación. Aderezada, claro está, por una prácticamente inexistente movilidad social –en México solo cuatro de cada 100 personas que parten de la posición más baja de la escala social logran alcanzar el nivel más alto, mientras que 48 de cada 100 pobres permanecerán ahí en su próxima generación–.

Sin embargo, el análisis histórico-filósofico, también establece que un líder político requiere de una personalidad y un discurso que conmueva, esperance y mueva a la masa hacia un cambio de rumbo político, hacia un desarrollo social más justo. Amlo si puede ubicarse en esa tesitura del “Cesarismo”, diagnosticado. Conecta con la multitud en su narrativa diaria; y es admirado por su estilo personal de gobernar, (diría don Daniel Cosío Villegas). Setenta por ciento de aprobación y confianza nacional hacia su persona lo confirman. Amlo vive ¡sin tarjeta de crédito ni propiedades inmobiliarias en su haber! aunque nadie lo pueda creer. Y él, el Presidente de México, sonríe y se burla del sistema. Porque sabe que por lo menos 60 millones de mexicanos, sino es que más, están igual que él, sin crédito bancario y sin propiedades registradas en este enorme país (claro que también sin su buen sueldo de 108 mil pesos al mes).

Max Weber, filósofo-economista-alemán (1864-1920) establece que un “Cesarismo” que intente-busque-solucionar una crisis moral, económica y de integración nacional, debe sustentarse en un líder que atraiga a las masas. Cuyo discurso se alimente de los sentimientos populares. Un gobernante que modifique las redes de control social a través de un liderazgo confiable de relación directa, que constantemente sea visto y admirado por el pueblo, mientras en contraparte el pueblo sea encumbrado y apreciado por el líder. –El pueblo es bueno y sabio: el pueblo es honesto, trabajador, justo: el pueblo es mi amo, dice y repite una y otra vez nuestro bien amado presidente–.

Esa relación estructurada desde los mañaneros mítines televisivos en You Tube, y en sus giras por todas las comunidades del país, le otorga al Presidente una legitimidad de poder no vista desde Lázaro Cárdenas del Rio. Y ese respaldo popular le puede dar la fuerza para enfrentar a los poderes fácticos y legales afectados por su diferente visión de las políticas públicas que implementa.

La teoría indica que no hay de otra. Se requiere de esta parte del “Cesarismo positivo” para hacer frente a los poderosos intereses económicos creados, fanáticos de las leyes del mercado, como única realidad posible.

El miedo sobre el “César maligno” que los adversario de López Obrador, pretenden hacer creer y crecer, el de “¡al diablo sus instituciones!” se mantiene fantasmal flotando en el ambiente. Mientras el otro “César” el de 15 millones de mexicanos pobres beneficiados por sus programas sociales, se fortalece y aumenta su poder. Cómo acotar a este “César” y mantenerlo como Presidente Constitucional, esa es la cuestión en nuestro futuro próximo.