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Chihuahua
lunes, marzo 16, 2026
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Cuando no se puede… pues no

Raúl Gómez Franco
Cuando no se
puede… pues no
Cuando tú quieres, te has preparado y traes todas las ganas de hacerlo, en ocasiones hay circunstancias ajenas a ti, imponderables, que no te permiten llegar a donde te lo habías propuesto. Y no hay más que asumirlo con buena actitud.
El viernes pasado, Octavio Jones (el mejor guía de montaña en Chihuahua y de los mejores de México) y yo, salimos caminando a las 12:15 del mediodía de La Joya (en la zona de Paso de Cortés, en las faldas del volcán Iztaccíhuatl), con la intención de llegar al amanecer del día siguiente (sábado) hasta el pecho de la mujer dormida, la cumbre más alta del volcán (5,236 msnm).
La Joya, de donde partimos, se encuentra a una altitud de 3,800 msnm.
En la mañana del viernes, mientras desayunábamos en Amecameca, revisamos los pronósticos del clima y notamos que el viento en la zona de los 4 mil metros en adelante sería de 50 km/h. Octavio observó que regularmente cuando cae la noche el viento suele amainar. Nuestro plan era llegar entre 4 y 5 de la tarde al Refugio de los Cien (ubicado a 4,780 msnm), comer ahí algunos carbohidratos y dormir unas 5 o 6 horas, para salir a las 11 de la noche y tratar de llegar a la cima del volcán alrededor del amanecer del sábado.
Sin embargo, el clima tenía otros planes.
Ya cuando llegamos a la zona conocida como Las Conchitas, entre los puntos llamados segundo y tercer portillos (cerca de 4,300 msnm), el viento se tornó muy agresivo y nos hacía trastabillar. En ese punto, y como ese tramo era seguro, Octavio decidió adelantarse con su paso veloz para llegar primero al refugio, apartarnos lugar (no éramos los únicos que ascendíamos) y regresar por mí para liberarme de mi pesada mochila. Aun así yo seguí caminando con paso tranquilo y protegiéndome del viento (yo conozco bien la ruta porque es la segunda vez que la hago). En la zona del arenal, a unos 600 m del refugio, una ráfaga de viento me tiró al suelo. (Cabe mencionar que, de acuerdo con los montañistas más experimentados, cuando se habla de distancias en terreno ascendente no es igual que cuando se hace en superficie plana). Obviamente el esfuerzo es mucho mayor, sobre todo a esas alturas. Medio kilómetro antes del albergue me encontró Octavio y juntos seguimos contra el viento escalando el montículo que está antes de arribar al refugio. Ahí llegamos junto con dos jóvenes checos unos minutos antes de las 5 de la tarde.
En la siguiente hora y media llegaron al refugio otros diez montañistas (entre ellos dos mujeres), todos quejándose del viento y del frío. Después de comer algo ligero y un té caliente, alrededor de las 6:20 de la tarde Octavio y yo intentamos dormir para levantarnos a las 11 de la noche y prepararnos para intentar cumbre. Pero el viento, en vez de amainar, creció en fuerza y velocidad. Obviamente, con el ruido del embate de la ventisca sobre el refugio yo no dormí nada y creo que los demás tampoco. Al parecer nomás los checos dormitaron un poco. A las 11:30 de la noche, Octavio decidió (y yo avalé su resolución) que las condiciones no solo no eran favorables para salir e intentar cumbre, sino ni siquiera para salir del refugio. La velocidad del ventarrón para esa hora era de entre 60 y 70 km/h, con rachas de hasta 90 km/h. Octavio estimó que por la altitud en que nos hallábamos (4,780 msnm) y por la fuerza del aire, afuera del refugio la sensación térmica sería de -25 grados centígrados.
La decisión fue, entonces, dormir en el albergue y regresar por la mañana a La Joya. (A las cumbres de los volcanes en México se asciende durante la noche para llegar entre el amanecer y las 9 o 10 de la mañana. Después de esa hora el clima arriba se vuelve muy inestable y ningún buen guía sube pasadas esas horas).
Cerca de la medianoche, cuatro de los jóvenes que estaban en el refugio se envalentonaron y salieron a buscar el ascenso. Ni 20 minutos después regresaron todos entiesados y maldiciendo al viento con un lenguaje muy florido. Nadie más se atrevió a abandonar el lugar. Durante toda la noche el albergue (construido de madera sobre suelo de cemento) crujió como si fuera a salir volando (y nosotros junto con él). Alrededor de las 2 de la mañana tuve que salir de emergencia a orinar (en la montaña se toma mucho líquido). Casi regresé congelado. Una hora después, un ratón pasó corriendo por mi frente. Fue difícil conciliar el sueño en esas circunstancias. Antes de que amaneciera casi todos habíamos sacado nuestras mantas de emergencia porque los gruesos sleepings no eran suficientes para atemperar la temperatura interior del refugio, que era congelante.
Con los primeros rayos de luz del día, los catorce usuarios del refugio nos preparamos para bajar hacia La Joya, excepto los checos. El viento seguía en todo su apogeo. En el descenso a mí me tumbó otras dos veces, y de hecho así continuó todo el día y la noche del sábado. Unos amigos que nos encontramos ya abajo, en La Joya, preparándose para salir hacia lo alto del volcán, me platicaron por mensaje este domingo que tampoco esa noche nadie hizo cima por causa del ventarrón. Y vaya que la noche del sábado subió mucha gente hasta el refugio.
Así es la montaña de veleidosa.
Esta es la segunda ocasión en que, por el mal tiempo, no he podido hacer cima en el Iztaccíhuatl. La primera fue en octubre de 2021, cuando llegamos hasta la rodilla del volcán (cerca de 5,100 msnm), y nos regresaron por las condiciones climáticas. Pero quienes hemos andado ya por las montañas sabemos que así es esto. A veces se puede, a veces no. Por ello es que ni frustración ni molestia hay en mí. Como dije, hay que asumirlo con la mejor actitud. Lo primero es la seguridad personal. La montaña seguirá ahí. Esperemos que nosotros también para seguir disfrutando de ella…
Y además, ¿quién me va a quitar haber vivido esta intensa aventura?
A lo que sigue…
Muchas gracias, Octavio, por tu apoyo, por tu seguridad, por tu asesoría y por tu presencia.