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domingo, marzo 15, 2026
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De por qué las personas no leen libros

Daniel García Monroy

Se ha establecido desde hace mucho tiempo por reales estadísticas, que existe un analfabetismo funcional en México de dimensiones pandémicas. Es decir que aún sabiendo leer y escribir, desde siempre en nuestro país, la gente lee poco. Un libro y medio al año per cápita se ha pronosticado como vergonzoso promedio actual de lectura entre los millones de alfabetos mexicanos. No obstante el fenómeno de lectura masiva se ha modificado sustancialmente en los últimos años.
Si bien es cierto que el número de libros leídos no ha aumentado, las personas leen mucho más y escriben otro tanto, gracias a las benditas redes sociales. Si se sumara todo lo que diariamente un niño, joven o adulto lee y escribe ahora como moderno internauta, sin duda que el promedio de palabras observadas y entendidas anualmente se multiplicaría exponencialmente. ¿Quiere decir esto que ya no somos analfabetas funcionales? Me temo que no podemos ser tan optimistas.
El fenómeno comprende ahora otras características bastante especiales. Porque leer cualquier cosa no nos mejora ni mental ni éticamente. Leer estupideces, mentiras, falsas noticias, chistes, memes, todo lo que más se comparte en el ciberespacio, nos está haciendo menos homo-sapiens y cada vez más chimpancés sonrientes y desmadrosos, –con todo respeto para nuestros ancestros–. Entonces ¿qué es lo que el analfabetismo funcional comprobado, en relación a los libros, busca revelarnos?
Primero habría que analizar porque el mexicano promedio no lee libros. Las causas son multifactoriales. El niño aprende a leer desde la escuela primaria como tarea, como trabajo, cuando no como castigo (la letra con sangre entra). La pedagogía nacional no ha podido establecer métodos de enseñanza donde la lectura para el educando sea equivalente a un placer mental. Lo que sin duda debería ser. Peor aún, el niño aprende a leer de maestros y padres a los que no les gusta leer. Si el mejor aprendizaje es aquel que se enseña con el ejemplo, entonces comenzamos a comprender por qué en nuestro país los lectores de libros son tan raros y escasos.
Otro factor no menor nos viene de nuestra tradición judeo-cristiana. Las religiones todas, históricamente han renegado de lo que consideran conocimiento pagano. Para la tradición de las creencias fundamentalistas, donde sólo la Biblia o el Corán, deben ser leídos, porque todo lo demás es falsedad diabólica, la lectura se convierte en pecado. Es de reconocer que esto ha cambiado con la educación laica, sobretodo en los países desarrollados, pero resabios de la prohibición medieval quedan como raíces oscuras de la no lectura como sinónimo de buena conducta cristiana.
Sin duda y no menos grave, es que el sistema político mexicano se ha basado desde siempre en el control de las masas con base en la ignorancia de la gente. Ignorancia que solo puede anclarse en la no lectura de libros. Si el ciudadano lee libros comenzará a aprender cosas, teorías, verdades. Adquirirá conocimientos útiles para desnudar al político ignorante y corrupto, que por supuesto no lee libros, y al que le da miedo que el votante sepa más que él.
Física, fisiológicamente, también existe un serio problema. Para leer un libro de pasta a pasta se requieren ojos saludables y cuerpos resistentes. Sea que estemos sentados, acostados, parados o como mejor nos guste leer, el cuerpo de cada lector también requiere de manos, brazos, espalda, músculos pues, capacitados para hacerlo. Más la imprescindible buena luz para ver letras de diferentes tamaños, estilos, formas. No es cosa nimia. El lugar mismo de lectura es vital. Silencio, silencio, y tranquilidad a su alrededor son de los factores más importante para que exista y se propague el buen lector.
La lectura también tiene otro enemigo oculto: los enigmáticos lenguajes de las profesiones. Es angustioso para un lector abrir un libro en otro idioma. Saberse ignorante de todo lo escrito en una página. Pero más extraño es no entender nada del propio idioma escrito, porque una cofradía de expertos decidió así establecerlo para no compartir sus conocimientos y cobrar severamente por tan sólo aprender ese dialecto. Pongamos como ejemplo la abogacía. El derecho como profesión refleja muy bien el fenómeno. Si uno lee una demanda, un amparo, una sentencia, se sorprenderá por no entender ni jota de lo ahí escrito. Pero si se tomase la delicadeza de agarrar un diccionario y traducir poco a poco el misterioso lenguaje de marras, por las palabras y conceptos que bien esconden, pues resultaría bastante comprensible. Un ciudadano cualesquiera podría entenderlo, comprenderlo y ejecutarlo sin más conocimiento que sentido común y un poquito de mediana inteligencia. Conozco muy buenos litigantes que jamás perdieron su tiempo en una facultad de derecho. Más se dieron a la tarea del descifrador de jeroglíficos y lo lograron.
Finalmente. Una teoría me ha revoloteado en la cabeza durante mucho tiempo. La lectura de un libro requiere de concentración mental básica pero imprescindible. Requiere de una atención objetiva inevitable. Desaparecer todo a nuestro alrededor para ubicarnos dentro del objeto-libro y sus palabras-ideas-historias. Desaparecer cualquier otro pensamiento personal para centrarnos en el mensaje que leemos y poder comprenderlo; aceptarlo o rechazarlo; creerlo o desconfiarlo; emocionarnos o impasibles olvidarlo. Leer es una experiencia de vida que no todos tienen la capacidad de vivirla y disfrutarla. Desgraciadamente. Más, mucho más de una vez he estado leyendo un libro y me he perdido en mis pensamientos. Es algo fantástico. Como si tuviéramos dos cerebros en paralelo, el que está supuestamente leyendo y el verdadero que está pensando en otra cosa. La mayoría de las veces en mi experiencia, en relación con lo que el libro me está diciendo y al cual mis ojos siguen línea a línea, pero donde mi cerebro ya no está ahí. Cosa terrible y desafortunada. Por qué si a los buenos lectores nos pasa, y tenemos que regresar más de 10 páginas para volver a las palabras leídas ¿Qué se puede pensar de las buenas personas que lo intentan y rebotan una y otra vez contra ese terrorífico dique para luego abandonar el libro que les gustaría leer, entender y recordar y del que no les queda nada, nada, nada?
La complicación del buen reto de leer pudiera ser atemorizante, pero no, tampoco, porque cuando una disfruta un primer y simple libro y comienza a ser feliz con la lectura, la superación de los obstáculos son parte del amor a los libros: a esos pequeños objetos de papel que nos inspiran, que nos transforman, que nos deben hacer imaginar: ellos los libros y sus autores, en convertirnos lectores y siempre mejores personas.