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lunes, marzo 16, 2026
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Desmenuzando el caso del montaje Cassez-Vallarta

SERGIO ARMANDO López-Castillo

Los defensores a ultranza del mercenario de la comunicación Carlos Loret, así como del máximo jefe policiaco y de seguridad del espuriato calderonista (Genrado García Luna y su escudero Luis Cárdenas Palomino), han dicho y escrito toda clase de “linduras”, plagadas de ignorancia y estupidez, acerca del multicitado caso Florence Cassez-Vallarta y su espectacular montaje en Televisa, el 9 de diciembre de 2005.

Una, la más socorrida: “El montaje de televisión nunca se presentó como prueba (y) seis víctimas del “secuestro” declararon contra Vallarta”.

Lo que habría que explicarles a esos “abogados del diablo” es que el montaje televisado no es una prueba como tal, sino nada más que de la intención de García Luna y Cárdenas Palomino, de presentar algo en “flagrancia”; es decir, el instante de cometer el delito, por lo que la detención, en esa circunstancia, no requiere orden judicial.

La escenificación televisiva de Loret, presentó a dos “presuntos”, Florence Cassez e Israel Vallarta, como “secuestradores”, “líderes de la banda de los Zodiaco”, que tenían a tres personas secuestradas, justo en el momento en que la televisión lo transmitió.

Y si la “tele” dice que eres secuestrador puedes pasar 20 años tratando de demostrar que no, es decir, tu inocencia. El efecto perverso del montaje televisivo es que se invierte quién tiene que proporcionar las pruebas de la culpabilidad, que es la Fiscalía, y no someter al inculpado a demostrar su inocencia.

Pero sigamos atendiendo a los necios aplaudidores de Loret y sus farsas periodísticas y comunicacionales- Hablemos de las seis aparentes víctimas de aquel “secuestro”, tema de estos días, de algunos.

A 20 años de aquel montaje perverso, lo que se sabe es que eran víctimas de otras bandas y fueron presionadas para que reconocieran como autores criminales, a los que Luis Cárdenas Palomino les dijera.

Esto queda muy claro si se escudriñan y desmenuzan los testimonios diversos, en el expediente respectivo de caso, que yo bautizaría como “El teatro del engaño”.

De las tres víctimas sembradas en el rancho Las Chinitas, que Vallarta rentaba, la ama de llaves de Eduardo Margolis, una mujer de nombre Cristina Valladares, sostuvo en su primera declaración, de 10 de febrero de 2006. Cito: “Manifiesto que no conozco la voz de ellos, ya que la voz de mis distintos cuidadores era más ronca y considero que siempre la fingían”.

Luego indica: “También quiero señalar que nunca vi a ninguno de mis secuestradores, por lo que me sería difícil identificarlos físicamente, además estoy enterada por los agentes de la AFI, que las personas que detuvieron, son parte de mis secuestradores”.

Cristina era ama de llaves de Eduardo Margolis, el supuesto agente del Mossad israelita que ayudaba en las negociaciones de los judíos, cuando éstos eran secuestrados en el Gobierno de Felipe Calderón.

Margolis aparece 22 veces en las actas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, acompañando a los torturadores de Israel Vallarta. Era socio del hermano de Florence Cassez, Sebastien y, además, socio de la compañía de ventas por televisión, CV Directo. Su ama de llaves, Cristina, como dijismos, y su hijo Christian, que son liberados en el montaje de Loret de Mola, gritan en la grabación, cuando ven que les están pegando a Vallarta y Cassez: “Déjenlos, no les peguen. Ellos no hicieron nada”.

El hijo, Christian, de once años de edad, dice que la voz de sus secuestradores se parecía a la de su primo. Sus primos eran José Antonio y Marco Antonio Rueda Cacho, dos líderes de una banda de secuestradores, que jamás fue investigada y que todo indica que sus víctimas fueron las que se usaron para darle verosimilitud a la existencia de la banda de Los Zodiaco.

El otro levantado en el montaje de Loret de Mola, Ezequiel Elizalde, sostuvo que Florence Cassez le anestesió un dedo para cortárselo, pero, como prueba de ello, enseñó una marca que tenía desde niño.

David Orozco, otro de los testigos nunca fue secuestrado. Fue torturado por la policía para que hiciera una denuncia contra Israel Vallarta, la cual Orozco nunca quiso firmar. Este hombre murió en 2015 en la cárcel, producto de las torturas que le infirieron.

Otra víctima, Valeria Cheja Tinajero, según las declaraciones arrancadas por los muchachos de Cárdenas Palomino, “lo reconoció en la calle por la barba”. Israel Vallarta nunca ha tenido barba.

Esas son las víctimas que tanto le preocupan a varios comentaristas de radio, Tv y a varios articulistas pro-Calderón y pro Loret. Pero no dicen una sola palabra, sobre que fueron presionados, torturados, manipulados para que declararan como quería el operador-torturador oficial de Genaro García Luna.

Nada, tampoco dicen, de los otros secuestradores, la tía y los primos de los Valladares, los Rueda Cacho, que aparecen mencionados, pero nunca investigados.

Aquí lo que tenemos es a víctimas de ser acusados desde la televisión como secuestradores, a sus familias, pero también algo mucho más cruel y despiadado, que es tomar víctimas reales de otros secuestros y utilizarlos para que denuncien a un inocente.

Así de desalmadas eran las supuestas estrategias de García Luna contra los secuestros. Lo cierto es que, como no estaban persiguiendo secuestradores, sino inventándolos, en el sexenio de Calderón, se alcanzaron cifras récord de ese delito.

Por ejemplo, 9 mil de ellos, en seis años del espuriato calderonista. En los años en que García Luna y Cárdenas Palomino hacían sus montajes, el secuestro aumentó 185 por ciento con respecto a los años de Vicente Fox.

Pero no sólo eran los secuestros, sino los que terminaban en asesinato. De mil 847 secuestros en 2010, 291 concluyeron con las víctimas muertas.

Se aumentaron las penas, se llenaron las cárceles, pero los delitos de alto impacto crecieron con Felipe Calderón Hinojosa. Fue un fracaso toda esa política de seguridad y la “guerra contra el narco, para un solo lado”.

Todo un engaño, ya que Genaro García Luna, el secretario de Estado para la seguridad, era un narcotraficante y él mismo  servía al Cártel de Sinaloa del Chapo Guzmán, hoy ambos recluidos en cárceles de Estados Unidos.

Por su parte, los montajes televisivos eran una respuesta al que se percibió como un fracaso de Calderón en la lucha contra el crimen.

Esas puestas en escena, no iban dirigidas a influenciar al aparato de justicia porque el aparato de justicia estaba ya implicado: policías de investigación, ministerios públicos, jueces, todos aceptando declaraciones bajo tortura o identificaciones, como las de Vallarta y Cassez, en las que sólo había una opción para identificar.

El aparato de justicia estaba entregado a la crueldad y a la injusticia. Los montajes iban dirigidos a la opinión pública para que viera, en vivo y en directo, cómo se procedía contra una banda de secuestradores.

Mucha gente fue influenciada por ese relato y hasta el día de hoy, no obstante la declaratoria de absolución, todavía estos días, podemos encontrar comentarios del tipo: “No sé si será inocente, yo le veo cara de secuestrador”.

Parece que ese el punto de la discusión actual. Muchos (as) siguen en la idea de que debemos hacer sufrir a quien comete un mal. Que pague; es inflingirle un daño físico y emocional, a él y a sus familias.

Es una idea que se concentra en el pasado de la supuesta acción criminal: que se castigue lo que ha hecho o que la autoridad dice que ha hecho. Pero, al tener las cárceles repletas de gente, aunque fuera encontrada culpable, no nos hace una sociedad más segura.

Es claro que se ve todo lo contrario. Citaré a un sociólogo francés, aquí, Didier Fassin. Él dice: “Castigar, dicen los filósofos y los juristas, es corregir un mal, reparar un perjuicio, reformar a un culpable, proteger a la sociedad.

La legitimidad última del castigo debería de ser, así, la restauración de un orden social justo que el hecho criminal había amenazado.

Ahora bien, si el castigo no es lo que se dice que es, si no está justificado por las razones que uno cree, si favorece que se reiteren las infracciones, si castiga en exceso el acto cometido, si sanciona más en función de la condición o rango del culpable, más que por la gravedad de la infracción, si persigue ante todo a categorías previamente definidas como condenables, y si contribuye a producir y reproducir disparidades, ¿no acaso se convierte ese castigo en lo que amenaza realmente al orden social?”

Esa es la pregunta que debería desatar un debate, no si la libertad de un preso sin sentencia durante 20 años es “cortina de humo”, negligencia con sus víctimas, o destrucción del Estado de derecho.

No. Lo de fondo es discutir lo que quiere decir “abrazos, no balazos”. Por supuesto, no es la caricatura que piensan los opositores a la “tiranía hereditaria de la 4T”, que es ir a abrazar criminales para que hagan lo que quieran. Los abrazos son el reconocimiento de la sociedad de su responsabilidad en la criminalidad.

Una de las cosas que no podemos quitarnos de la percepción cultural, es que el delito es cometido por un individuo en particular. En el caso de los llamados “cárteles” o bandas es un grupo, pero la idea es que aparecieron de la nada, delinquen porque son malos. “Los buenos somos más”, gritaban los dueños muchas televisoras, cadenas de radio y periódicos que asistieron al pacto de autocensura el 24 de marzo del 2011, durante el espuriato calderonista.

No reconocían su parte en la producción y reproducción de la violencia en el lavado de dinero, la protección de determinados grupos y clases sociales, publicitar que la criminalidad más grave para la sociedad era vender drogas y no evadir impuestos.

Al individualizar la responsabilidad sobre un delito lo que estamos imaginando es que la persona pudo haber hecho otra cosa, en vez de delinquir. Esa otra cosa son los abrazos. Esa opción son los programas para estudiar y trabajar, sembrar y pescar.

Lo anterior no elimina la otra opción que es dedicarse a la criminalidad pero, al menos, abre la otra opción, cosa que la supuesta estrategia de balazos de Felipe Calderón, nunca  mencionó, porque era el imperio del plomo.

Así que a diferencia de los apoyadores calderonistas, Garcías Lunas y Loretes de Mola, habemos otros muchos, que podríamos decir, al desmenuzar el caso Vallarta, como lo dijo una vez Barack Obama, cuando como Presidente de los Estados Unidos visitó una cárcel: “Podría haber sido yo”…