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sábado, marzo 14, 2026
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Duelen más las palabras parte I

Duelen más las palabras

Por: Ulises EL Griego

El que se arrepiente de lo que ha hecho es dos veces miserable o impotente” Proverbio Chino. 

Buscándole… “Me tablearon tan fuerte que me aventé más de dos meses sin poderme sentar, ni para ir al baño”, me compartía Lalo, mientras ponía más agua a la mezcla de cemento.

Por azares del destino, tuve la oportunidad de platicar con una persona que, según sus palabras, perteneció al crimen organizado.

Fue de esas charlas comunes que inician con escepticismo y sin generar mucho interés, pero conforme fui cuestionando y escuchando sus respuestas, se convirtió en una entrevista al pie de la construcción en la que él trabajaba.

Una investigación publicada por la revista Science (https://lc.cx/uFvZoz) calcula que el crimen organizado en México cuenta con aproximadamente 175,000 integrantes, más que empresas como Oxxo o Pemex.

El mundo del crimen organizado, especialmente dentro de los cárteles de la droga en México, es un entorno brutal y despiadado que devora a quienes ingresan, los miembros, soldados de este imperio de violencia y miedo, viven en una constante tensión entre la necesidad de supervivencia y la moral que han dejado atrás.

—¿Cómo ingresaste al crimen organizado? ¿Qué te motivó? ¿Hay examen de admisión? —le digo a modo de broma en esta última.

“Siempre odié ser albañil como mi padre, pero siendo tan pobre nunca podría estudiar para maestro.”

“Yo me metí a ese pedo, la neta, por hambre, éramos 3 hermanos, mi jefita hasta lavando ropa ajena trabajaba y mi jefe en la obra, pero no completábamos, a los 17, un amigo me dijo que escuchó que los malandros estaban contratando halcones o punteros, como se les conoce también, en un pueblo cercano al mío, me acerqué al chaka y se armó, me pagarían $3000 a la quincena. Sin dudarlo, dije que sí, ahí empezó mi infierno”.

“Mi familia era pobre, pero mis jefes siempre me educaron con buenos principios y me daban mis chingas cuando me portaba mal, mi jefe siempre me decía: ‘yo quiero que tu seas un hombre de bien,  trabajador y honesto’”.

“Me pusieron arriba de un cerro con un radio, una lámpara y algunas maruchanes”.

“Y no hay examen, joven. Para esos puestos siempre hay vacantes, como si fuera maquila, porque así como rápido contratan, rápido te dan de baja”.

Un miembro del crimen organizado vive bajo una dualidad constante: por un lado, está su aparente frialdad, la necesidad de cumplir con órdenes brutales sin vacilar, esta falta de empatía es una defensa emocional ante el horror que perpetra.

Al desensibilizarse frente al dolor ajeno, puede ejecutar su trabajo, sin embargo, por debajo de esa fachada prevalecen el miedo y la angustia, sabe que su vida pende de un hilo; la lealtad es efímera en los cárteles, y cualquier error o traición, real o percibida, puede costarle la vida.

“Pasaron los días y me dijeron que mi familia había ido a reportarme a la presidencia municipal como perdido, les dije que me dieran chance de comunicarme para decirles que estaba bien, la respuesta fue canija: ‘bájale de huevos, cabrón, aquí ya estás y no puedes bajarte’”.

“Pedí al menos que les llevaran la lana que tenía por dos semanas de jale, cosa que de mala manera aceptaron, y me preguntaron que si de puntero me gustaría saltar a la operativa, que en pocas palabras es andar de sicario, les respondí que por ahora no, y uno de los jefes me gritó: ‘para eso se necesitan huevos’”.

Los cárteles operan con una lógica implacable: una vez dentro, es casi imposible salir con vida, no es raro que quienes expresen el deseo de abandonar este mundo acaben traicionados o asesinados por sus propios compañeros, para un miembro de algún cártel, el miedo a morir no solo proviene de sus enemigos, sino de quienes alguna vez consideró aliados.

“Pasaron cuatro semanas y me dieron chance de descansar cinco días, aproveché para ver a mi familia, aún recuerdo ver a mis jefes devastados al verme, era como haber muerto, no tuve de otra que contarles mentiras, que andaba jalando de ayudante en un rancho, mi jefe, nada pendejo, me dijo: ‘Eres el mayor, me decepcionas y avergüenzas como hijo’. Dicen que las palabras duelen más que los chingazos, y es la neta”.

“Camino a dónde tenía que vigilar, me atoraron los guachos.”

Continúa en parte II