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lunes, marzo 16, 2026
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El agua y la ética

Juan Ramón Camacho Rodríguez

Periodista y catedrático. Licenciatura en Filosofía por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Maestría en Investigación Educativa Aplicada por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Productor de contenidos culturales e informativos para radio y televisión.

La historia de los chihuahuenses en su relación con el agua es la historia de escasez y sequías. Así que o nos comprometemos a cuidar este recurso o nuestra irresponsabilidad pesará sobre muchas generaciones que en su momento nos lo reclamarán.

Chihuahua (cuya etimología para algunos -por cierto- quiere decir “cosa seca”) tiene poca disponibilidad de agua.  El 70 por ciento del estado tiene clima árido y precipitación anual es de 420 milímetros, un 57 por ciento del promedio nacional.

El agua es un recurso sobre el cual deberíamos tener un mayor cuidado porque simplemente significa la vida.  Y si no somos atentos con aquello en que nos viene y nos va la vida, pues simplemente estaremos exhibiendo una gran insensatez.

El consumo de agua en el mundo se divide en doméstico, industrial y agrícola.  Y en cada uno de estos aspectos, nuestra irracionalidad parece encontrar su plenitud, tratándose no de un descuido simple, sino de una irresponsabilidad grande.

Según la Organización de las Naciones Unidas, el consumo de agua en el mundo es del 70 por ciento en la agricultura, el 22 por ciento en la industria y el 8 por ciento personal o doméstico.  Y en México, de acuerdo con la Comisión Nacional del Agua, esos porcentajes son del 70, 14 y 10.

Lo lamentable no es propiamente el consumo en sí mismo, sino el derroche que se hace del recurso. La producción agrícola y ganadera no solo es la que más agua consume, sino la que más desperdicia. Más del 50 por ciento del agua en este sector es desaprovechada.

En el caso del sector industrial, el consumo de agua es menor, pero la contaminación es mayor. El impacto en el ambiente generado por la actividad industrial está pasando factura sobre la disponibilidad del agua para su consumo.

Y en el orden doméstico, el consumo irracional también lleva al desperdicio, sobre todo por prácticas cotidianas que no son eficientes, que cuestan más de lo que nos benefician. En los hogares persiste el uso descontrolado del agua.

Toda esta irracionalidad o inconsciencia, individual y colectiva, trae sus tristes consecuencias.  Entonces nos lamentamos de los descuidos y las irresponsabilidades.  La escasez de agua no es más que una lección.  La peor sed es la que pudimos evitar.

¿Entonces para qué la ética en este asunto del agua?  Para pensar y valorar, para reflexionar y decidir, para responsabilizarnos y comprometernos, para asumir las consecuencias actuales y del futuro, para minimizar el daño sobre nosotros y nuestra decendencia.

Enfrentar el reto sobre el consumo racional del agua no es responsabilidad tan solo de los organismos que atienden directamente la problemática de su disponibilidad; se trata de un reto para todos, en todos los ámbitos y niveles.  Es un tema de valores y responsabilidad, de un deber.

Saber qué hacer con los recursos que hacen posible nuestra vida es una cuestión no solamente técnica y científica, sino también ética. Tendríamos que reconsiderar decisiones sobre una base de valores y en el marco de un compromiso que implica mucha responsabilidad.