15.6 C
Chihuahua
miércoles, marzo 18, 2026
- Publicidad -

El día en que Ávila Camacho lloró

Como todos los de su larga época, llegó el momento en que tuvo que designar a su sucesor, con la particularidad de que tenía encima a su hermano mayor Maximino, cacique de Puebla. (Para ilustrarnos un poco más sobre la historia de este personaje, recomiendo la película ¡Arráncame la vida!, basada en la novela homónima de la escritora mexicana Ángeles Mastretta).

El entuerto era difícil. Los vientos políticos favorecían a Miguel Alemán Valdés, ni más ni menos que el Cachorro de la Revolución, según afirmación de Vicente Lombardo Toledano, otro poblano, pero este sí ilustre.

Don Manuel, para resolver el problema y disuadir a su hermano, solicitó el auxilio de otro cacique, este potosino, Gonzalo N. Santos. Con él analizó las dificultades que representaba la obstinación de Maximino. Deshacerse de un pariente en política, como se sabe, es muy difícil, y según cuenta la leyenda, el presidente meditó que tenía una gran responsabilidad para inclinar su dedo, porque cuando hay dificultades y obstáculos serios, también hay que examinarlo al detalle.

Y tratándose de Maximino, hombre acostumbrado a no perder, el presidente lo veía como un padre, y aún así se orientó por ver los defectos de su ambicioso hermano, al que no quería para la candidatura.

Cuenta el cacique potosino que después de haber recibido las instrucciones en palacio, el presidente Ávila Camacho rompió en llanto.

Probablemente sus sentimientos se convirtieron en regusto y respiró tranquilo cuando destaparon al Cachorro.

Maximinio previamente había pasado a mejor vida al morir en un banquete. Dijeron que lo habían envenenado. Y nadie sabe, y nadie supo.