Controversial…
Sabatino
El equilibrio entre el amor y el desapego
El egoísmo saludable
Por: Raúl Sabido
“Encontrar un equilibrio entre el amor y el desapego es crucial para el bienestar emocional. Este equilibrio permite a las personas disfrutar de relaciones cercanas sin perder su sentido de identidad y autonomía”
La ilusión
Cuando dos personas deciden unir sus vidas en matrimonio, la ilusión de formar una familia se convierte en uno de los motores más poderosos de la existencia. Los hijos llegan como un regalo, pero también como una responsabilidad que se extiende hasta que alcanzan su independencia. En ese trayecto, muchos padres cometen un dulce y amoroso error silencioso: dejan de vivir sus propias vidas para vivir únicamente para sus hijos.
El sacrificio absoluto parece noble, pero encierra una paradoja. Los hijos, al crecer, naturalmente priorizan sus propios proyectos, sus sueños y sus caminos, es la cadena de la vida. Y es justo que lo hagan. Sin embargo, los padres que se olvidaron de sí mismos descubren entonces un vacío, porque nunca se prepararon para el desapego.
El desapego no es dejar de amar, el desapego es satisfacción por haber cumplido bien y amando, en espera de los nietos.
El ciclo de las etapas
El desarrollo de los hijos es un proceso por etapas: infancia, adolescencia, juventud. Cada una exige un tipo distinto de acompañamiento. El apego de los padres debería evolucionar de la misma manera, ajustándose a las necesidades de cada momento. No es lo mismo cuidar a un niño que guiar a un adolescente, ni es lo mismo aconsejar a un joven que ya busca su independencia.
El problema surge cuando los padres asumen la responsabilidad como una entrega total y uniforme, sin reconocer que también ellos, los padres, tienen derecho a crecer, a disfrutar, a seguir soñando… a vivir.
El egoísmo saludable de los padres
Porque como padres también deberíamos ser egoístas, pensar en la pareja, en uno mismo, en darse ambos lo mejor. La vida no se detiene en la crianza. Cuando los hijos se van, lo que queda es la pareja, la persona que nos acompaña, y también nosotros mismos. Si no cultivamos recuerdos, proyectos y alegrías propias, la soledad nos reclamará lo que no hicimos y, además, nos enseñará la dureza con que se vive esa etapa.
Vale la pena preguntarse, y obtener respuestas, que nos permitan reflexionar sobre nuestras propias vidas, porque solo se vive una vez y no hay marcha hacia atrás. Y al final, lo que realmente trasciende en los hijos no es el dinero ni lo material, sino los valores y principios que les inculcamos con el ejemplo. El amor, la integridad, la capacidad de disfrutar la vida y de ser fieles a nosotros mismos son las huellas que permanecerán en ellos.
Educar con el ejemplo
La verdadera entrega no está en olvidarse de uno mismo, sino en enseñar con el ejemplo que la vida es un viaje compartido, pero también individual, la pareja vive, tiene sentimientos, necesidades, inquietudes, sueños. El quiebre en la pareja proviene, muchas veces, de esta parte que no se comprende que son dos también, y son para los dos, que el abandono, el descuido y la dejadez detona crisis, provoca lejanía, ausencia. Entonces prepararse para el desapego juntos convencidos, y decididos, es un acto de amor, porque significa reconocer que los hijos no nos pertenecen, que son prestados por la vida para que los acompañemos un solo tramo del camino.
“Vivir para los hijos es hermoso, pero vivir también para uno mismo es necesario”
El otro extremo
Mas sin embargo, existe la otra cara de la moneda, el desapego y la carencia de responsabilidad hacia los hijos. Una ausencia que, por lo regular, es cubierta por la madre, y que revela la falta de compromiso de algunos padres. Este extremo, tan dañino como el sacrificio absoluto, también conduce a la soledad, solo que en esta se recriminará severamente.
Porque los extremos siempre son malos. En uno, los padres se olvidan de sí mismos y se pierden en la entrega total; en el otro, se desentienden de su deber y dejan vacíos que marcan generaciones. Al final, la soledad nos preguntará a unos por lo que dimos de más, y cuestionará a otros por lo que nunca ofrecieron.
La soledad habla, y su voz es el eco de nuestras decisiones. Amar no es solo dar, es recibir, compartir, enseñar y acompañar. Quien no se ama a sí mismo, nunca podrá amar de verdad a los demás. Por eso existe un egoísmo necesario para cultivar nuestra propia vida, para que el amor que entreguemos sea pleno, libre y eterno.
El verdadero camino está en el equilibrio, amar sin perderse, educar sin desentenderse, vivir sin olvidar que también somos personas.
Somos humanos y por ello:
“La vida es bella”








