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lunes, marzo 16, 2026
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El hombre que incendió la fábrica y que ahora culpa al humo

Controversial…
El hombre que incendió la fábrica y que ahora culpa al humo
Por: Raúl Sabido
Donald Trump vuelve a la carga con una narrativa reciclada, aderezada con populismo y resentimiento económico. Grita que “todo está mal”, que Estados Unidos ha sido saqueado por tratados injustos, por malas decisiones, por economías como la mexicana. ¿La causa de todos los males? El déficit comercial. Pero ese déficit no es un robo, es un espejo. Refleja la incapacidad estructural del país para producir lo que consume, resultado directo de décadas de decisiones que, como Trump, presidentes, su partido, y sus corporaciones celebraron con champán y altos bonos ejecutivos, ellos decidieron la deslocalización de sus industrias.
En los 80, bajo el manto del neoliberalismo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se impulsó un sistema global que glorificaba la deslocalización. Se convirtió en doctrina: “busca mano de obra barata, produce barato, vende en casa, y embólsate la diferencia”. México, China, Taiwán y otros países fueron los laboratorios de este experimento. La maquila en México no nació por virtud propia, sino porque Washington la necesitaba. Los conservadores neoliberales mexicanos aplaudieron y promovieron sin consultarle a nadie mientras firmaban el tratado de explotación laboral con tinta invisible hecha con la miseria de los trabajadores.
¿Y qué hizo Estados Unidos?
Exportó empleos, importó productos, y lanzó a sus trabajadores al desempleo. Las fábricas cerraron, los pueblos industriales se oxidaron y la clase obrera vio cómo sus empleos viajaban al sur del río Bravo o cruzaban el Pacífico. Pero los productos baratos inundaron los supermercados, y durante décadas la fiesta continuó, y todos felices, Estados Unidos había detenido el deterioro de su economía y lograba detener el proceso inflacionario subsidiándose de las economías como México.
 Ahora Trump finge estar en contra del modelo que él mismo ayudó a reforzar
Durante su primera administración, las ganancias corporativas super crecieron, y la maquila se mantuvo como motor silencioso del consumo estadounidense. Pero ahora, con el déficit comercial como excusa, quiere repatriar industrias. ¿Motivo real? No es patriotismo ni justicia social. Es contabilidad política. Necesita más contribuyentes para sostener su promesa de recortar impuestos a los millonarios, incluyéndose a sí mismo.
La mentira fiscal detrás de la repatriación
Trump quiere financiar recortes fiscales a las élites con aranceles a los países que antes subsidiaron al consumidor norteamericano proveniente de la explotación laboral. Pero los aranceles no traen fábricas, traen inflación. Encarecen los productos, dañan el consumo, y siembran caos en las cadenas de suministro. Todo esto mientras promete que “los americanos recuperarán sus empleos”, cuando en realidad el objetivo es que los millonarios recuperen sus privilegios.
 ¿Y México? 
El socio empujado al abismo
México es el otro lado del espejo. La mano de obra barata mexicana subsidió durante décadas el bienestar estadounidense. Y ahora, Trump busca convertir a ese mismo socio en su enemigo comercial pero ahora para arrebatarle sus riquezas naturales, no quiere pagar por ellas. Si logra imponer aranceles, las maquilas reducirán operaciones o cerrarán. Miles de obreros perderán sus empleos. Otra vez, los pagadores serán los más vulnerables, los trabajadores, el neoliberalismo hizo tan dependiente la economía mexicana que se convirtió hoy en la ventaja estratégica para Trump.
Trump quiere fábricas en casa… pero no sabe cómo se construye una
Trump promete el retorno glorioso de las industrias que abandonaron Estados Unidos en busca de mano de obra barata. Pero lo que no dice es que ese regreso no se puede decretar por Twitter ni imponer con aranceles. Las fábricas no brotan del suelo como hongos patrióticos. Requieren años de planificación, inversión, infraestructura, permisos ambientales, y, sobre todo, una fuerza laboral capacitada que hoy no existe en la escala necesaria.
 ¿Y los cultivos? 
Trump quiere sustituir importaciones agrícolas con producción nacional. Pero los cultivos no se rotan por decreto. El suelo, el clima, la logística y la estacionalidad no obedecen a la Casa Blanca. Cambiar la matriz agrícola lleva años, y mientras tanto, los productos que antes llegaban de México o Canadá ahora se encarecen por los aranceles, afectando directamente al consumidor estadounidense.
Las líneas de producción no se montan en campaña
Reinstalar cadenas de producción en EE.UU. implica importar maquinaria, contratar personal, capacitarlo, y establecer redes de proveedores. Todo eso cuesta tiempo y dinero. Y con los aranceles que Trump impone a insumos, refacciones y componentes, el costo de producir en casa se dispara. ¿Resultado? Productos más caros, menos competitivos, y un mercado interno que paga la factura.
La expectativa de corto plazo
Tanto EE.UU. como el mundo enfrentan un periodo de transición económica marcado por tensiones comerciales, ajustes fiscales y desafíos estructurales. La narrativa de “retorno industrial” de Trump podría generar más costos que beneficios en el corto plazo, afectando de gravedad tanto a consumidores como a socios comerciales en todo el mundo, Trump está desestabilizando las economías del mundo, especialmente aquellas que, como México, se volvieron dependientes del mercado estadounidense por diseño del propio modelo neoliberal.
Trump desmantela el mundo que él mismo, y su país, construyeron
Trump debió entender, antes de lanzarse a su cruzada contra el neoliberalismo, que su país obligó a imponer al mundo aliado, que su hegemonía no nació en el vacío. Fue posible gracias a un entramado de alianzas, tratados y socios que, bajo presión estadounidense, adoptaron el modelo neoliberal como dogma.
México, Europa, Asia: todos fueron empujados a abrir sus economías, flexibilizar sus mercados laborales y convertirse en engranajes de una maquinaria diseñada en Washington. Hoy, al intentar revertir ese modelo para beneficiar exclusivamente a su economía, Trump juega con fuego. Porque ese mundo que ayudó a moldear, y que ahora desestabiliza con aranceles, amenazas y repliegue industrial, no es un espectador pasivo y menos sumiso.
El mundo hoy es un sistema interconectado que, al tambalear, puede devolver el golpe con fuerza sísmica. La arrogancia de pensar que se puede desmontar el orden global sin consecuencias es la misma que llevó a imperios al colapso. Y si Trump no lo ve, será la historia quien se lo grite en la cara, y esa bofetada dolerá muchísimo al pueblo de los Estados Unidos y al mundo.
El nacionalismo comienza a ser filosofía de la mayoría de los países ¿se aventura un choque frontal de nacionalismos? ¿Estados Unidos respetará el nacionalismo del resto del mundo libre?
Y China…
China no imito sino simplemente diseccionó el futuro pieza por pieza, mientras Occidente dormía en su arrogancia la maquila fue el caballo de Troya con el que China accedió al conocimiento que hoy la convierte en liderazgo. Estados Unidos había entregado el manual. No fue espionaje, fue eficiencia. No fue copia, fue evolución. Hoy, el gigante que ensamblaba iPhones compite por la hegemonía global.
Ese fue el precio que pagó arrogancia neoliberal, es la factura con que China se cobró y que se embolsó, sumó a su capital tecnológico, lo transformó y lo superó…