Investigación y texto: José Luis Muñoz Pérez
SEGUNDA PARTE
Durante el apogeo del Imperio Mexica, para controlar el nivel de los diferentes lagos – Zumpango y Xaltocan al norte del de Texcoco; y Xochimilco y Xalco al sur- los señores de la triple alianza construyeron un complejo sistema de obras hidráulicas teniendo como ejes dos grandes albarradones llamados De Nezahualcóyotl uno y De Ahuízotl el otro, dotados de exclusas y compuertas que les permitían administrar los flujos. Las calzadas a Iztapalapa y Coyoacán y las de Tacuba, Tepeyacac y Tenayocan, así como una basta red de canales, puertos, acueductos y puentes, contribuyeron al complicado propósito.
Según los amoxtin -códices precortesianos- México-Tenochtitlan se inundó en 1382, 1449 y 1517.
El lago de Texcoco se alimentaba de las aguas provenientes de dos cadenas montañosas que lo circundan. Al poniente, se localiza la sierra de Las Cruces, de donde escurrían y actualmente escurren todavía los ríos Magdalena, Becerra, Barranca del Muerto, Eslava, Mixcoac y San Ángel. Por el oriente, numerosos arroyos bajaban durante el deshielo de la Sierra Nevada por el rumbo de Texcoco, Chimalhuacán y Atenco. Entre estos ríos están el Coatepec y el Chapingo. Sus límites sur y norte estaban señalados por las sierras de Guadalupe y de Santa Catarina, cuyas aguas sólo contribuían al lago en temporada de lluvia, puesto que no alojan el nacimiento de ninguna corriente permanente.
Durante las épocas de lluvias intensas, el Lago de Texcoco, el más amplio de todos y ubicado en posición central, se unía a los otros cuatro conformando un gran espejo.

Los poblados alrededor del lago prehispánico
El mayor de los albarradones, de 7 metros de espesor, ideado por el rey Nezahualcóyotl (coyote ayunador) corría de sur a norte desde el embarcadero de Mexicaltzingo (actual cruce de las calzadas De La Viga y Ermita-Iztapalapa) hasta el Peñón de los Baños (junto al actual aeropuerto) a lo largo de 13 kilómetros. Fue emprendida su construcción en 1449 por orden del Emperador Moctezuma Ilhuicamina (el airado flechador del cielo) y se concluyó en el período de Axayácatl (cara de agua). El segundo, que protegía el islote de Tenochtitlan en su parte este, fue edificado en 1499 bajo el imperio de Ahuízotl (espina del rio), quien paradójicamente murió ahogado en la inundación de 1502. Ambos diques conformaron un cerco que sustantivó el cuerpo hídrico bautizado como Laguna de México y separaron las aguas saladas del norte de las dulces del sur. Requirieron de cientos de miles de horas hombre y miles de toneladas de piedra y argamasa e, igualmente, ambos fueron menospreciados en su doble función y destruidos por los conquistadores. Previo al sitio de Tenochtitlan, Hernán Cortés inició el derrumbe de algunos tramos de las dos albarradas para dar paso a los 13 bergantines que le sirvieron para el ataque definitivo y nunca se ocupó en repararlas. Se rehabilitaron las calzadas averiadas por la guerra y se reconstruyeron los acueductos, pero en los años posteriores, varios de los capitanes premiados con tierras arrancaron con brutal displicencia largos tramos de los diques para construir sus fincas.

La línea que cruza al norte, entre la ciudad y los islotes, fue el Albarradón de Netzahualcoyotl
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En 1555 -mientras se celebraba en la ciudad el primer concilio provincial convocado por Fray Alonso de Montufar, el segundo arzobispo de México- un torrencial aguacero que perduró intermitente tres semanas causó la primera gran inundación de la ciudad en la época novohispana. Casi todo lo construido resultó dañado. El concilio debió cambiar de sede, pues dentro de la incipiente primera catedral emprendida por Hernán Cortés, el nivel del agua rebasó un metro y fue arruinada, debiendo en su momento demolerse. En 1556 las autoridades intentaron reparar las albarradas, pero los colonos y encomenderos, siempre reacios a la razón, se negaron a aportar los recursos y a destinar indios a la labor. Las reparaciones fueron menores, torpes y rápidamente abandonadas.
Las graves consecuencias se repitieron en 1580 y motivaron la urgente solicitud de auxilio técnico a las autoridades peninsulares. Fueron las primeras inundaciones catastróficas de la metrópoli conquistada. La ciudad quedó sepulta en agua durante 4 años y no pudo ser totalmente rehabitada hasta 1586.
Cuatro años después llegó a la capital novohispana el sabio homenajeado con el Monumento Hipsográfico, Herr Heinrich Martin, Cosmógrafo del Rey, matemático, astrónomo, astrólogo, tipógrafo-impresor, políglota y aficionado a las ciencias naturales y a la medicina, trayendo consigo un cargamento de libros, aparatos e instrumentos, y siendo ya amigo del Virrey.
Procedente del griego Hypsos, el término Hipsográfico que lleva el nombre de su monumento, se refiere precisamente a la altura, en este caso de las aguas, y al tratado de sus niveles.
En los primeros años de su vecindad novohispana, además de tolerar la mutación de su nombre Don Enrico ganó el respeto y aprecio de intelectuales y gobernantes y fama de buen cristiano, recatado y estudioso, pero su condición de extranjero -no español- y de amigo del Virrey, le hizo acreedor involuntario de inmerecidas cuanto devotas envidias y enemistades. Como cosmógrafo debía averiguar los eclipses y movimientos de los astros, tomar longitudes y latitudes de las tierras, ciudades, pueblos, ríos, lagos y montañas de las vastas posesiones del rey, mantener informado al respecto al Consejo de las Indias y asentar todas sus conclusiones en el “libro de las descripciones”, así como impartir cátedra de matemáticas y astronomía, utilizando los prestigiados textos “La Esfera de Juan de Sacrobosco”, las “Teóricas de Purbaquio”, las “Tablas del Rey Don Alonso” , los primeros seis “Libros de Euclides”, así como los arcos, senos, rectos, tangentes y secantes, los triángulos esferales de Juan de Monterregio y el Almagesto de Tolomeo, que enseñaba que la tierra era el centro del universo. Igualmente, debía instruir en el uso del astrolabio y el “radio globo” y “materias de reloxes y mecánicas, que son algunas maquinas y dar a entender en qué consiste la fuerza de ellas”. A cambio recibía del Consejo de Indias todos los libros e instrumentos necesarios que solicitase y un sueldo anual.
Se deben a su desempeño como cosmógrafo 32 mapas que obran en el archivo de Indias de Sevilla, de la costa y puertos descubiertos por Sebastián Vizcaíno, desde el Puerto de Navidad hasta el Cabo Mendocino, fechados el 19 de noviembre de 1603, en cada uno de los cuales se contiene su escala y una descripción breve de los puertos, tierras cercanas, ríos, habitantes, etc. y un mapa que abarca “ de los 19 a los 42 grados latitud norte” con la leyenda descriptiva al reverso “Rasguño de las provincias de la Nueva México” y el crédito de su autoría. Es un valioso documento integrado en el expediente del famoso viaje que en 1595 encabezó Juan de Oñate, – esposo de Doña Isabel Cortés Moctezuma, nieta del conquistador Hernán Cortés y bisnieta del emperador Moctezuma Xocoyotzin- a los entonces confines del septentrión.








