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domingo, marzo 15, 2026
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El Monumento Hipsográfico III PARTE

 

Investigación y texto: José Luis Muñoz Pérez

TERCERA PARTE

Uno de los primeros estudios efectuados por el sabio teutón consistió en  establecer el nivel medio de los lagos con referencia al centro de la capital. Es parcialmente por eso que a los cuatro costados del Monumento Hipsográfico podemos observar  algunos números inexplicables para el  turista y confusos para el erudito, que anotan supuestamente el Nivel Medio Verdadero de cada uno de ellos. Sin embargo, los datos que se observan actualmente en el monumento no son  producto del estudio elaborado en 1598 por Herr Heinrich, ya para entonces denominado Don Enrico, sino  una alteración  atroz de otro cálculo presuntamente obtenido en 1862, mas de  dos y medio siglos  después, y que fueron trastocados y descompuestos en 1913,durante la decena trágica, o quizá en 1924.

Debido a su dominio del español, el latín, el alemán y el flamenco –la lengua madre de Carlos V- y a infalibles empeños del destino, Don Enrico fue también traductor del Santo Oficio. Entre otros, en 1598 desempeñó tal tarea en el juicio a un infortunado impresor holandés llamado Adriano Cornelio Cesar, a quien dado sus conocimientos tipográficos Enrico había ayudado en el montaje de una imprenta, antes de que aquel cayera en sospecha de heterodoxia. Luego de la sincera y dolorosa confesión de su herejía, el holandés  fue arrojado a las mazmorras de la Inquisición en la lúgubre calle de La Perpetua Soledad – hoy casa No. 8 de la calle de Venezuela-  y por supuesto  todos sus bienes confiscados, incluida la imprenta, que fue a parar meses después a manos de Don Enrico en calidad de depositario. Eso lo convirtió en editor-impresor y de sus  talleres surgieron numerosas obras.

Pero la providencia le tenía reservadas otras memorables tareas.

Como cosmógrafo, astrónomo, astrólogo, filósofo, matemático y escritor, destaca su libro Reportorio de los Tiempos y Historia Natural desta Nueva España, muy probablemente el primer libro científico que se publicó  en el México colonial. Leerlo ahora nos lleva al fabuloso mundo del pensamiento de su época, en la que, como dice  el ilustre Don Francisco de la Maza, “ el sabio debía ser astrólogo, pero también  filósofo y filósofo-cristiano…

Creer y profesar la astrología era cosa  corriente en los siglos XVI y XVII. Las universidades tenían  su cátedra de astrología que  en la de México impartía en ese tiempo un padre mercedario y los  astrólogos eran personas respetadas y tenidas en mucho. Hacían lunarios y esferas para determinar las influencias  celestes adversas o favorables; diagnosticaban las enfermedades y sus futuras mejorías o gravedades; según los signos de los astros daban consejos para la salud y las siembras  y prevenían  los mejores tiempos  para los negocios”, pública y   notablemente, sin que la Inquisición sospechara de estos actos como ajenos a la ortodoxia. Sin embargo, Don Enrico, – o Henrico, como firmó personalmente sus trabajos – graduado en la Universidad de Paris, ponderó sustancial y repetidamente  el libre albedrío como un Don Superior.  Así, afirma que “la voluntad del hombre está por encima  de las influencias  de los astros casi siempre”.

Los signos del Zodíaco, obra de Don Enrico, astrólogo