
“¡No está! ¡Se la llevaron los dioses!”
El grito de la sacerdotisa retumbó en el templo de Itzamná, haciendo eco entre las columnas de piedra tallada. Los guardianes del teocalli se miraron con terror mientras las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los muros.
—Kuxa’anex (¡Que viva!) —murmuró el sumo sacerdote, sus dedos huesudos acariciando el cuchillo de obsidiana que jamás llegaría a hundirse en el pecho de Lil Koo—. Itzamná nos ha abandonado.
El cacique Kan Ek irrumpió en el santuario, su manto de plumas de quetzal agitándose como un ave enfurecida.
—¿Cómo permitieron esto? —rugió, clavando sus ojos en los guardianes que temblaban—. ¡Era la ofrenda sagrada para la ceremonia del Haab’!
—Ajaw (señor) —balbuceó uno de los guerreros postrándose—, algo… algo nos hizo dormir. Como un hechizo.
II
El intruso
Mientras el caos se apoderaba del pueblo, a media legua de allí, el capitán Hernán de la Fuente se ajustaba el jubón manchado de barro frente a un espejo empañado.
—¿Y bien, Ramírez? —preguntó a su subalterno mientras se lavaba las manos en una jofaina—. ¿Los salvajes siguen buscando a su virgencita?
El soldado tragó saliva, incómodo.
—Sí, mi capitán. El cacique acusa a los espíritus. Pero… —dudó—, sus guerreros están preguntando en los caseríos españoles.
De la Fuente soltó una carcajada que heló la sangre del joven.
—¡Que pregunten! ¿Qué prueba tendrán? ¿Acaso no predican ellos mismos que sus dioses se llevan doncellas? —Su sonrisa se tornó obscena—. Aunque esta… esta no la tocó ningún dios.
III
En las profundidades de la selva, donde ni los más valientes guerreros mayas osaban entrar, yacía un lugar que siglos después sería conocido como la Cueva de Sangre. Michele Bleuze, al descubrirla en 1993, describiría el horror:
“Los cráneos apilados muestran fracturas perimortem consistentes con desmembramientos rituales. Los huesos largos presentan marcas de desarticulación meticulosa… pero este, este es distinto.”
Su dedo señaló una costilla humana con melladuras modernas, como de acero, no de obsidiana.
IV
El cacique soñó esa noche con la Cueva Prohibida. Vio a Lil Koo atada, su huipil blanco desgarrado, gritando en una lengua que no era maya ni española, sino algo más primitivo.
—¡Ajaw! —lo sacó de su trance el chamán—. Los adivinos han hablado. Itzamná muestra el camino.
Sobre las brasas del popol nah, las hojas de coca formaron una imagen clara: unas botas de cuero con espuelas.
V
Al alba, Kan Ek y sus guerreros rodearon el fuerte español. No llevaban armas visibles.
—¿Qué quieren, indios? —escupió De la Fuente desde la empalizada.
—Sabemos la verdad, kastelan —respondió el cacique con voz de trueno—. Itzamná nos mostró tu pecado.
El capitán palideció, pero recuperó su arrogancia rápidamente.
—¿Pruebas? ¿Acaso tenéis testigos?
Kan Ek extendió su mano. En ella brillaba un colgante de jade que todos reconocieron: el yax k’uk’ulkan que solo portaban las vírgenes del templo.
—Lo encontramos en tus aposentos, donde la violaste.
El silencio fue más elocuente que cualquier confesión.
VI
Nunca se supo qué ocurrió exactamente esa noche en la selva. Los españoles registraron en sus crónicas: “El capitán De la Fuente desapareció tras perseguir a unos indígenas rebeldes”.
Pero en Dos Pilas, siglos después, Bleuze encontraría entre los cráneos antiguos uno con características caucásicas, sus dientes frontales fracturados por lo que parecía el golpe de una macana maya.
Y en Río Lagartos, los ancianos aún cuentan que cuando el viento sopla desde la Cueva de Sangre, se escuchan dos lamentos: el de una doncella cantando en maya… y los gritos de un hombre rogando piedad en español. (EMC)








