Fotografía tomada del portal de SDP noticias
Controversial…
“Gala de traición”
La cena del Embajador y sus cortesanos
Por: Raúl Sabido
“Hay momentos —especialmente en la vida política— en que la cortesía no es virtud, sino claudicación. Escuchar callado mientras se escupe sobre los principios que te definen no es prudencia: es complicidad. Cuando el orador desfigura con cinismo las convicciones que sostienen tu causa, permanecer en el asiento es un acto de sumisión y cobardía”
Interpelar es legítimo. Retirarse, a veces, es lo más digno. Porque el exceso de tolerancia no construye democracia, la erosiona. Y dar la espalda al orador no es una falta de respeto… Es negarse a aplaudir el atropello al país.
Y nada de eso hicieron los Morenistas asistentes a la cena del embajador, les escupieron la cara y solo fueron capaces de utilizar la servilleta para limpiarse y, al final, aplaudir esos discursos anti México.
El único que demostró dignidad y coherencia fue Esteban Moctezuma que estaba anotado como orador y era invitado preferente, y ni habló y ni asistió, Su silla vacía fue el único gesto que realmente habló por México.
El hipócrita oropel clasista
La cena en honor al embajador estadounidense Ronald Johnson, organizada por la American Society of México y apadrinada por el empresario evasor fiscal Ricardo Salinas Pliego, fue más que un acto protocolario. Fue una vitrina pública de la que muchos de los asistentes habrían preferido mantenerse tras cortinas blindadas, no querían exhibirse, algunos importantes invitados, como un fiel seguidor de Donald Trump, el conservador de etiqueta y con un discurso nacionalista que ha llevando a E.E.U.U. a ese nacionalismo al que los conservadores mexicanos (ahí presentes) en su patria han denostado y rechazado, pero, esa noche, aplaudieron el nacionalismo Trumpista.
Conservadurismo gourmet: el menú del privilegio
La noche costó cerca de $4,000 pesos por persona, más las propinas que no se dieron porque no traían efectivo. La etiqueta fue rigurosa. El acceso, restringido. Los brindis, sincronizados. Entre los asistentes había nombres que durante años han impulsado políticas de desigualdad estructural desde cámaras empresariales, partidos tradicionales, fundaciones de “pensamiento estratégico” y redes mediáticas.
¿Y por qué se alzó la copa aquella noche?
No se brindó por México. Se brindó por la restauración de márgenes, por un modelo económico centrado en el dólar y por la posibilidad de reordenar el poder desde el exterior, se brindó por los discursos dados y donde la piñata fue México. La incomodidad de algunos al ser fotografiados en el evento dice más que los discursos emitidos muchos conservadores, ahí asistentes, fueron sigilosos, medrosos. Dentro del mismo conservadurismo hay jerarquías, exclusiones y roces de cúpula. No todos los “aliados” fueron invitados, algunos de ellos lo agradecen sabiendo el descredito de saberse asistente a esa cena, los conspiracionistas se exhibieron.
El eco de Miramar
La escena recuerda con inquietante precisión aquel episodio de 1863 cuando una delegación de conservadores mexicanos viajó al Palacio de Miramar en Italia para pedirle de rodillas a Maximiliano de Habsburgo que aceptara la corona del Imperio Mexicano. Le ofrecieron “el respaldo unánime del pueblo mexicano” y sometimiento total, en nombre de un orden que solo beneficiaba a la élite conservadora de la época.
Hoy, el embajador Ronald Johnson funge como símbolo de ese nuevo Maximiliano. “No con corona, pero sí con discursos que prometen restaurar “la libertad” bajo los términos de Trump”. Los conservadores actuales no han cambiado mucho: ayer fueron monárquicos con servilismo ilustrado; hoy son republicanos neoliberales de etiqueta, que se postran ante una agenda extranjera mientras excluyen a algunos de sus propios socios a la segunda fila. Clasismo y petulancia entre ellos mismos.
Y es por ello que ahí estaban presentes intentando mostrar el músculo, la fuerza política que sueñan tener hoy, pero sin que les vieran la cara, atrás de una máscara, encubiertos e incómodos ante la prensa, hipócritas y cobardes los conservadores camaleones.
Al término de la cena los elevadores del servicio del hotel se vieron algo saturados por invitados que rehuían de la prensa, no querían ser vistos, no querían fotos, sabían que los discursos habían sido demasiado ofensivos.
México no puede volver a hincarse
Hoy el país no necesita emperadores de salón ni embajadores apadrinados por evasores fiscales y defraudadores. Necesita dignidad fiscal, poder adquisitivo para millones, y soberanía económica sin servilismos diplomáticos. Si algo demostró la historia de Miramar es que la traición disfrazada de patriotismo siempre cobra factura y, si algo deja en claro esta cena, es que el conservadurismo no se ha reformado, solo ha cambiado de mantelería y ropaje.
Hubo una vez…
Hubo alguna vez otra reunión de conservadores mexicanos: la célebre fiesta de cumpleaños de Diego Fernández de Cevallos, donde todos competían por salir en la foto, se pavoneaba con sus “finas” posturas petulantes y reían entre copa y copa de vinos importados, saboreando el aplauso mutuo y el aire de exclusividad, eran los tiempos del poder. En contrario esa fue una pasarela política donde nadie ocultaba nada, ni ambiciones, ni alianzas, ni el gusto por el reflector y mucho menos preferencias.
En contraste, la cena en honor al embajador norteamericano, lejos de ese exhibicionismo decadente, mostró un conservadurismo distinto: incómodo, más contenido, donde algunos buscaron el anonimato, evitar cámaras, deslizarse con silencio entre los salones y los elevadores. No hubo risas teatrales ni abrazos públicos, sino susurros, nervios, y una diplomacia de élite que sabe muy bien cuándo esconderse… especialmente cuando lo que se aplaudió no resiste la luz.
Los asistentes, entre otros más
PANISTAS: Jorge Romero, Ricardo Anaya, Kenia López Rabadán y Marina Gómez del Campo buscando proyectar liderazgo internacional y cercanía con actores clave del gobierno estadounidense, sin recato se exhibían porque es su medio, estaban cómodos y fueron quienes más aplaudieron los discursos.
La presencia de figuras de Morena —Yeidckol Polevnsky, Sergio Mayer, Waldo Fernández, Alicia Bárcena y Emanuel Reyes Carmona— en la cena del embajador fue un espectáculo de pasividad decorativa. Su silencio frente a los discursos ofensivo y amenazante del anfitrión y el del emisario extranjero no fue prudencia diplomática, sino una exhibición desnuda de cobardía política.
Con su actitud sumisa, validaron cada palabra pronunciada sin mostrar el más mínimo rubor ideológico. No interpelaron, no objetaron, no defendieron el movimiento que los llevó al poder. Lo que presenciamos no fue diplomacia, sino genuflexión disfrazada de cordialidad: una falta absoluta de valentía, de convicción, y de compromiso con los principios de la Cuarta Transformación.
Si la lealtad se mide por la entereza ante la provocación, entonces lo suyo fue una renuncia tácita. Porque cuando el poder se sirve en bandeja dorada y se digiere entre copas importadas, no hay transformación posible: solo un reflejo cortesano en los espejos del privilegio.
Y por parte de los PRIISTAS fue muy reducida pero muy representativa por conservadores neoliberales, una que no era extraña su presencia, la de José Ángel Gurría Treviño, el “ángel de la dependencia”.
La cena no fue solo un evento social. Fue una puesta en escena política donde el lujo sirvió de cortina y cada brindis escondía una alianza. Entre copas, silencios y fotografías evitadas, se cifró un mensaje claro: respaldo al Trumpismo expansionista con glamour prestado y vergüenza disimulada. Un escaparate para mostrar poder… y para esconder convicciones.








