Controversial…
Por: Raúl Sabido
Hoy, el mundo contiene el aliento y se llena de un silencio que no es de despedida, sino de añoranza. Partes, Papa Francisco, y con tu partida dejas un vacío que ni el tiempo ni el eco de los siglos podrán llenar por completo. Tu ausencia duele, como duele la pérdida de quien ha sido un faro en la penumbra, un amigo en la soledad y una voz tierna en medio del ruido.
Ayer, en el día de la resurrección, nos regalaste tu última bendición, una caricia de esperanza para un mundo que tanto necesita del amor divino. Con esa luz, nos recordaste la promesa de una nueva vida, de una renovación espiritual que invita a caminar hacia adelante. Hoy, al inicio de la Pascua, mientras el día despertaba con sus primeros rayos, la noticia de tu partida nos alcanzó y nos dejó envueltos en una melancolía profunda. Tu ausencia marca la fragilidad del alma humana ante la despedida, pero también la fuerza del espíritu que sigue adelante, iluminado por el legado que nos dejas.
Desde aquel instante en que tomaste el bastón de pastor, tu andar se convirtió en el consuelo de los que sufrían, en la esperanza de los que habían perdido el camino. Tus palabras, cargadas de compasión, no eran solo discursos, sino bálsamos para las heridas de un mundo fragmentado. Nos diste no solo enseñanzas, sino pedazos de tu alma en cada gesto humilde, en cada abrazo que contenía el peso del amor divino.
Hoy, mientras el cielo parece pesar más y las campanas resuenan con un eco de melancolía, nos aferramos a los recuerdos de tu sonrisa tranquila, esa que irradiaba la paz de quien ha amado profundamente a los demás. Nos enseñaste que la grandeza está en las cosas simples, y que un corazón humilde puede cambiar al mundo.
Francisco, el papa de los olvidados, el guardián de la creación, el amigo de las almas cansadas. Tu legado es eterno, pero tu partida deja un hueco que solo puede llenarse con las lágrimas de gratitud y el compromiso de continuar tu misión. Nos duele soltarte, aunque sabemos que tu espíritu nunca se alejará del todo. Quedas en cada oración, en cada acto de bondad, en cada puente que construyamos donde antes había muros.
Y cómo olvidar aquel día en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, cuando, con voz firme pero llena de ternura, les recordaste a los obispos la esencia de su misión: LA HUMILDAD. Les hablaste de la necesidad de caminar junto al pueblo, de no perderse en los lujos ni en el poder, sino de ser pastores con olor a oveja, cercanos a los que sufren, a los que buscan consuelo. Fue un llamado que resonó en cada rincón del templo y que quedó grabado en los corazones de quienes te escuchamos. Ese día, más que nunca, nos enseñaste que la verdadera grandeza está en servir.
Gracias por tanto, y por todo, Papa Francisco.
Ahora con lágrimas y el corazón roto te decimos adiós, pero también te susurramos un “hasta siempre”. Porque mientras haya manos que ayuden, voces que clamen justicia y corazones que amen, tu luz seguirá brillando.
El mundo te llora, Papa Francisco, no porque te hayas ido, sino porque tu presencia era un regalo que nunca queríamos perder.
“Ad gremium Patris nostri pervenis expleto munere; ad regnum Dei pervenis sonantibus melodiis victori. Requiesce in pace, Papa Franciscus.”








