Alfredo Espinosa
¿Hasta que la muerte nos separe? ¿De qué muerte estamos hablando? Ya no es necesario que una de las dos personas muera para que se deshaga la pareja, sino sólo es necesario que perezca aquello que los unió y que no es necesariamente el amor. Schopenhauer afirmaba que uno no se enamora de su pareja sino que percibe en ella ese algo inconsciente que la empuja a conjuntar sus genes para obtener unos hijos más capaces. Otros piensan, independientemente del fin inconsciente que persigan, que las personas terminan enamorándose del propio espejo o de la enorme teta nutricia en la que, alucinatoriamente, llena todos sus huecos, sus carencias. A otros más les parece difícil abandonar al socio (a) de la empresa patrimonial de Sociedad Anónima y de Capital Variable en la cual se contabilizan, incluso, los hijos.
La unión de dos que deciden unirse en un rito sagrado lo hacen para siempre, y aún si la muerte los separa, los planes divinos son trascenderse en la generación de los hijos. Hay una sensación de eternidad en esas uniones. Por eso la ruptura amorosa es una brutal discontinuidad del ser y la separación de los amantes puede ser vivida como una muerte.
La persona lesionada, para salvarse, intentará realizar actividades de mayor autonomía y acciones de equidad, y tarde que temprano, en el sangriento juego del toma y daca, entrarán otras personas a consolar, lobos a cazar a los cervatillos heridos, quijotes y sanchos a disfrutar en medio del tormenta y los molinos de viento.
A la posesión se le defiende con furia. El sujeto del amor se convierte en un objeto valioso (“eres la gema que Dios/ convirtiera en mujer/ para bien de mi vida”) que hará que el propietario acreciente su patrimonio y su jerarquía social. Muchos machos han querido herrar a sus hembras como a semovientes de su establo. Y algunas mujeres lo han permitido.
De cualquier manera, la pareja es el modelo que mejor permite la organización social por eso ante la amenaza de la pérdida de la pareja las personas desencadenan sus estrategias de lucha para retenerlo, recuperarlo o para prepararse a vivir sin esa valiosa posesión. La persona que intuye o se percata que su pareja se involucra con el (la) amante recurre a reafirmar el convenio de la posesión.
En las mujeres la victimización es la actitud más socorrida, y la mayor de las veces, es auténtica. La mujer cae en depresiones y otras enfermedades, en celotipias, y en trastornos de la imagen corporal que la impulsan a meterse al gym, a la cirugía plástica, a los salones de belleza, a la religión y al esoterismo, a las artes adivinatorias, etc., y sin abandonar su tradicional papel de víctima, se pondrá uñas de acrílico para rasguñar otras espaldas, e intentará hacerle pagar al supuesto verdugo su deslealtad pasándole las facturas de sus males, atándolo, dificultando sus actividades, esparciendo todo en veneno en los distintos ámbitos de sus vidas.
Los hombres simplemente aúllan. Es patético mirar el ridículo que hacen los hombres tratando de recuperar lo que ya han perdido. Y es que la mujer cuando dice “ya no”, es ya no. Hacen panchos, llevan serenatas, chantajean, se enredan en amores sin sentido. ¿Qué les duele? Más que la pérdida, les duele que les den a otros todo lo que a ellos les daban con todo el corazón y a manos llenas. Y eso los hace aullar, o acabarse varias cantinas en el fallido intento ahogar su dolor.
En el mundo de nuestras emociones quizá no exista otro evento más traumático que la separación de una pareja que se amado larga, estrecha, cálidamente, durante mucho tiempo. Este poema hallado en Ramo de tigres lo confirma:
No hay gracia ni misterio
en las maniobras del acoplamiento
Torpezas, acrobacias, algo de voluntad,
suerte, amor a veces, ráfagas de inspiración,
para que los dioses con nosotros se enreden.
Hay quienes afirman haber volado
No es mi testimonio: tú galopas como nadie sobre mi cuerpo
Mueves mi corazón con la cadencia de tus caderas
Te llamo mar y estalla el júbilo
Luego el ángel de la ternura reparte sus dones
Es todo, muchacha, bien lo sabes
Pero desconoces que ensayan la muerte
los que en su dicha se despiden
En las separaciones, cuando ésta ya se ha decidido o durante el largo y tortuoso trámite, existe en los miembros de la pareja un proceso de reacomodo. Este reacomodo va en dos sentidos y pueden realizarse al mismo tiempo, paralelamente. Por un lado, el dolor y la soledad, la pérdida de un mundo confortable, inducen a que se intentar la reconquista, el perdón, la reconciliación, para que esa unión de tanto tiempo logre consolidar sus fracturas y se eche, de nuevo, a caminar. ¿Cómo salir de ese hoyo?, se pregunta la pareja: “Sin la experiencia de la traición, ni la confianza ni el perdón adquirirían plena realidad”. ¿Qué sigue después de la traición entre dos que se aman? El perdón, sí, y el rediseño de la relación. No sé si vuelva, realmente a funcionar luego del quiebre de la confianza básica.
Por otro lado, se llevan a cabo pruebas para vivir ese nuevo espacio de libertad que se les ofrece. Lo que no se ha vivido, este es el tiempo para hacerlo. A los amigos, los pretendientes, a los antiguos amores, a los amigos y los enemigos de su ex, los lugares de diversión, a todo se le da una nueva oportunidad. El antídoto contra la soledad es una nueva pareja, o varias, pero sin el peso de la que se acaba de abandonar; se prefiere la música ligera, el baile, las noches locas, los amaneceres en camas cuyas sábanas ni siquiera han tendido. Tienen libre el menú de sus antojos.
Sin embargo, hay algo de muerte en la separación de los amantes. Cuando un amor se pierde siempre se trata de una pérdida irreparable. El proceso de estas despedidas pueden ser tersas como en la litúrgica ceremonia del adiós, o traumática como casi todas, – y por eso nos curamos con José Alfredo, Sabina, Jenny Rivera, etc. – porque casi todas se viven como un arrebato pendenciero, una mutilación, una puñalada trapera, pinchazos al globo del ego.
Y entonces, aparecen los demonios
Y entonces aparecen los demonios. El amor escapa de los cuentos rosas y se pinta con los colores que la realidad le impone. Nadie es tan vulnerable que cuando ama, y los amantes se arman con recursos letales. Una palabra puede contener más ponzoña que una cobra o una viuda negra; un detalle insignificante puede dislocar cualquier certeza.
Los demonios están ahí, no afuera de la pareja, sino dentro de ella, acechando, agazapados, dispuestos a roer, envenenar, marchitar o romper el corazón de quienes aman.
En la nota roja de los periódicos se esboza toda la literatura universal: crónicas de suicidas, crímenes pasionales, inesperadas esquelas de muertos que gozaban de cabal salud. Hay en todo esto un mar de fondo: un corazón destrozado. Y es que el amor se escribe como una gran novela que al principio se boceta como una colección de cuentos de hadas, pero que casi siempre termina siendo la descripción de un manicomio o un infierno.
Pero también es incuestionable que el veneno más eficaz contra el amor es el trato diario; ahí, se desmoronan las idealizaciones. Contrariamente a lo que se cree, no es la ilusión, sino la desilusión el principio de un amor verdadero.
De todos es sabido que el amor involucra todo el ser: perturba las emociones, altera el pensamiento, desestabiliza las convicciones, desenjaula los instintos, enferma ciertos órganos, embriaga los sentidos, y sin embargo, aún nos preguntamos por el lugar de su residencia. Su domicilio original (el corazón, el cerebro, la chacra solar, el alma, los genitales) se lo disputan aquéllos que ingenuamente pretenden explicarlo desde una sólo perspectiva.
Dure un día o toda la vida, sea real o fantasioso, sea producto de un flechazo o de una ardua construcción, el amor posee las mismas características esenciales. Sin embargo sus variaciones, matices, dimensiones, historias peculiares, lo convierten en un asunto complejo que lo único que permite o exige es vivirlo. La experiencia amorosa la vivimos como marionetas y como tales nos obliga a participar en actos cómicos, luego en trágicos, comedias de enredos, culebrones cursis, farsas bufas, pero siempre fuera de control de nosotros mismos y en manos de un sino cuyo talante resulta, ciertamente, voluble.
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