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domingo, febrero 22, 2026
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Aquellas comilonas en el Buenos Aires. Daniel García Monroy

Aquellas comilonas en el Buenos Aires
Daniel García Monroy

En el Buenos Aires, una cantina de viejo cuño en el centro de la ciudad, hubo un tiempo en que sus leales clientes cenaron gratis excelente comida china. Y no míseras porciones, como las que se ofrecen como botana en los modernos bares, sino reales bacanales de mandarín.

El afamado Buenos Aires, hoy desaparecido como tantas viejas tabernas chihuahuenses, era un lugar lúgubre y descarapelado, pero animoso y cálido, para los parroquianos que valoraban sus bajos y solidarios precios populares. A cien pasos al oeste del Palacio de Gobierno, sobre la calle Aldama, su lobby era una cueva de 20 metros de corredor, que se ensanchaba al fondo y recibía a los clientes con un punzante perfume de bolitas de naftalina, nada agradable, pero efectivo para anular el acre olor a mingitorio sobre-utilizado. Sin ventana ni salida de emergencia alguna, con una rokola que se batallaba para poderla activar, más el humo de los respetados fumadores, que nublaba la atmosfera, muy bien hubiera podido competir con el ambiente de la Caverna de los Beatles en Liverpool –claro que en versión del subdesarrollo mexicano de finales del siglo XX–.

Personajes existieron en el Buenos Aires de memorable recuerdo como el atento barman. Un adulto joven moreno de anchas espaldas y musculosos brazos, que controlaba en solitario la barra y la decena de mesas metálicas y sillas de plástico, que nunca se llenaban en su totalidad, pero que le redituaban buenas propinas, por su expedito trabajo en la alta demanda de la aniquilada “hora feliz” del dos por uno. El problema era que al buen amigo empleado también le gustaba pistear en su jornada laboral, a pesar de conocer el rígido reglamento de gobernación, que castiga severamente tal atrevimiento. Pero el joven tenía una técnica para burlar a los agentes de la autoridad. Cuando por desgracia le tocaba la de malas de una intempestiva visita de los adustos e “incorruptibles” vigilantes de las reglas cantineras, en segundos podía meterse a la boca toda una plana de papel periódico para camuflar su aliento alcohólico.–Todo conductor nocturno en similar desgracia debería probar tal sistema, para cuando el méndigo tránsito exige prepotente: a ver joven, sópleme–.

Al Bueno Aires también llegaba el vendedor de huevos cocidos. Un anciano chaparrito, exboxeador de históricas glorias deportivas en su juventud. Con sus carteras de huevos duros y un frasco de salsa Búfalo, repasaba cada mesa después de la media tarde, cuando la cerveza provoca hambre y exige carbohidratos necesarios para seguir tomando. Tenía clientes cautivos de un par de huevos por dos pesos. Pero también existían los convidados que le llegaban a comprar todos sus productos, y engullendo ante sus ojos una docena de huevos, el viejo les decía divertido, que al día siguiente ni de cruda adolecerían.

A los que en el Buenos Aires siempre les iba mal fue a los vendedores de rosas. Alegres sujetos de imposible heterosexualidad, que evidentemente por ruta debían visitar toda cantina donde era prohibido que entraran mujeres. ¡Ah, aquellos años de la misoginia de los lugares exclusivos: sólo para hombres! Donde los varones tenían la seguridad de que ninguna esposa, amante o lo que fuera, se apareciera como espanto de pesadilla para exigir la manutención, la responsabilidad parental, o la absurda reclamación del tiempo libre, que todo ser humano debe disfrutar para gastarlo en lo que le de la gana. Tiempos que se han ido de aquel Buenos Aires querido. (Léase con música de tango).

Y la cantina de marras era sana y segura. Nada que ver con su hermana de 50 metros arriba donde los choferes de urbanos hacían su parada diaria para entrar hechos la mocha, agarrar un paquetito blanco en la barra y acudir al baño para salir más frescos y salerosos que un político en campaña. En el Buenos Aires nada había de secreto ni escondido narcótico entre sus saludables clientes.

Un buen día aconteció que un sujeto de aspecto delictivo, un cuarentón grueso y barbón vestido de vaquero, llegó a la barra y tomó y tomó y tomó en solitario, pero dadas las 10 de la noche se levantó y preguntó en voz alta a los presentes, que si querían cenar. Pensando en la baladí voz de un engreído borracho, no hubo cuestionamiento alguno sino sólo asentimiento general. Pues nada, que el enigmático personaje salió por un par de minutos del Buenos Aires, y regresó con dos bolsas de supermercado llenas de comida china. Unos 10 kilos, mínimo, de platillos mezclados pero calientes que esparcían un atractivo olor. El hosco desconocido las puso en la barra y pidió al mesero, platos para exponer su apetitoso logro. Los incrédulos testigos fueron acercándose poco a poco para comprobar el inverosímil banquete. Los recipientes se fueron llenando de todo en comida china. Chop suey, arroz frito, pollo agridulce, rollitos primavera, alitas con salsa inglesa, ricos fideos del Chow mein, y hasta su majestad ¡camarones entre verduras salteadas! aparecieron ante los sorprendidos ojos de los convidados. Aquello se convirtió en competencia de elogios y agradecimientos para el reconocido santaclós de cantina. Entre bocado y bocado alguien le preguntó cómo había conseguido tan suculento manjar. –Usted cómale compañero, se reducía a declarar, el complacido misterioso, ahora amigo de todos los hambrientos comensales.

Después se investigó y se supo que enfrente del Buenos Aires existía un restaurante chino cuyos excedentes diarios eran generosamente repartidos entre quienes acudían a solicitarlos. El buen samaritano tenía un contacto en dicho negocio y le era sencillo obtener los excelentes residuos de la cocina, que al final de cuentas se desperdiciaban hasta la basura. Los clientes del Buenos Aires se hicieron más asiduos los jueves y los viernes, que eran los días que el solidario vaquero acudía con regularidad. Su estilo seco y de pocas palabras no le consiguió amigos de conversación. Se le respetó siempre su soledad en la barra. Pero ya nunca tuvo que pagar ni la mitad de lo que se tomaba, pues invitarle su siguiente cerveza era conminarlo a acudir por la esperada cena. Aquellas nocturnas comilonas en el Buenos Aires, de una querida Chihuahua antigua que nunca regresará.