La historia nos dice que fue un gran acierto de la Segunda Internacional Socialista establecer el 8 de Marzo como el Día Internacional de la Mujer, a finales del siglo XIX. Fue como una piedra que se lanzó al lago y provocó grandes ondas que llegan hasta nuestros días.
La agenda de las mujeres, desde entonces, ha crecido alimentando una reivindicación profunda para desterrar el patriarcado, y al paso de las décadas el catálogo de sus reclamos crece y se nutre de una lucha constante, horizontal, reflexiva, democrática, que ha ganado espacios en todos los órdenes de la vida: la política, el gobierno, la economía, la empresa.
No obstante, hay áreas grises en las que todavía se resiste lo que es imbatible: la inclusión plena en una profunda visión de humanismo integral. Hemos asistido en estas últimas décadas a una transformación tangible, que se distancia de aquel viejo sentido de que las revoluciones cambiaban las sociedades de un día para otro. Aquí ha habido un camino progresivo de conquistas y de construcción de pensamiento que está en acción en gran parte del planeta.
Hoy, el 8 de Marzo debe llamar a la reflexión sobre la institucionalización, particularmente gubernamental, y cuánto ese proceso ha trabado su sentido liberador. Es evidente que desde la esfera del gobierno se deben atender, con perspectiva de género, los problemas que afectan la vida de las mujeres; pero también se ha de cuestionar en qué medida traba la autonomía que ha caracterizado su lucha llevándola al alto nivel que tiene.
Ese Estado que institucionaliza, que crea secretarías o institutos de la mujer, es el que también, a la par, pretende contener su fuerza y su despliegue. En los últimos años hemos sido testigos de las murallas de acero con las que el poder se protege de las manifestaciones.
No se ha logrado construir un entendimiento que cancele los muros, respetando la libertad de manifestación. Se aduce, por parte de los gobernantes, de una defensa de los bienes particulares y del patrimonio cultural y arquitectónico construido, desentendiéndose de que hay una rabia que hasta ahora se contiene, año con año, y que resume la violencia de todo tipo que se ejerce contra las mujeres.
Esto va desde el feminicidio, el desplazamiento forzado, el hostigamiento sexual en los centros de trabajo, la violación, la discriminación por razones de género, la ausencia de justicia para ellas, y la evidencia en las paredes, porque a veces no tienen otro recurso, donde se inscriben los nombres de los agresores, frecuentemente impunes a la vista de todos y en ejercicio de funciones públicas.
Hace un año, por ejemplo, muchos nombres de agresores se estamparon en paredes y en los propios muros de acero; quisiéramos saber si a partir de esos nombres se realizó una investigación puntual, como se prometió, con resultados concretos y transparentados a la sociedad, como un mecanismo de doble filo: la denuncia callejera convertida en investigación real, y argumento para que las víctimas acudan a las fiscalías a demandar justicia y no se vean en el extremo de que los muros revelen la ineficacia de un gobierno en la atención de un problema que le sirve para sus discursos demagógicos.
Una característica del feminismo de los últimos tiempos ha sido la inclusión horizontal de todas las mujeres en todas las acciones, sin importar contradicciones ni condiciones sociales, y mucho menos la operación de la navaja ideológica que divide campos y crea adversarios.
Cómo no recordar a la activista boliviana Domitila Barrios, que participó en representación de su país en el encuentro de mujeres organizado por la ONU en México en 1975, donde, a decir de una periodista sueca que cubrió el evento, “Domitila vivió lo que otras hablaron”. Con esto quiero decir que el movimiento de las mujeres es diverso, y también tiene momentos de encuentro por agendas comunes, pero su autonomía obliga a una independencia con prioridades al interior mismo del movimiento.
Se entiende esto en un complejo proceso de acumulación de fuerzas, indispensable para obtener conquistas; pero hay un contraste con la práctica de cohabitar con los gobiernos en la búsqueda de posiciones burocráticas, o financiamiento que, dada la magnitud del movimiento de las mujeres, no tendría porqué recurrir al Estado.
En este contexto, la prensa ha divulgado imágenes de encuentros obsequiosos de liderazgos de mujeres, algunos históricos, con la gobernadora Maru Campos, constructora de muros que van en contra, precisamente, de la lucha feminista, y en general de las mujeres. Esos encuentros en realidad no conducen a ninguna parte, si lo vemos a la luz de los reclamos que han aflorado en las marchas.
El 8 de Marzo significa lucha en las calles, fuerza de las mujeres y profundo reclamo a la sociedad patriarcal y a quienes, lejos de construir consensos, anteponen muros de acero.
Por un 8 de Marzo sin barreras.








