Luz Estela “Lucha” Castro

Querido Carlos ( + )
Hoy moras en otra dimensión !
Te recordamos como amigas y amigos, como colegas, como testig@s de tu trabajo, como víctimas del sistema; personas que caminamos contigo de la mano, en momentos luminosos y también en noches oscuras.
Te escribimos desde la inmensa gratitud de habernos cruzado en tu camino.
Carlos, tú no ejerciste el derecho: lo habitaste.
Fuiste un Defensor de Derechos Humanos que, desde el ejercicio de la abogacía, por más de tres décadas defendías con pasión a quienes llegaban con el corazón roto, con el miedo pegado al cuerpo.
Cuando las estadísticas decían que las y los mexicanos no ganaban asilo, tú afirmaste que la dignidad no se mide en porcentajes. Abriste caminos donde sólo había rechazo. Entre tus logros está el haber ganado el primer caso contemporáneo de asilo político para un mexicano y, con ello, romper una puerta que parecía sellada.
Después vinieron el militar objetor de conciencia, los periodistas perseguidos, las familias enteras desplazadas por la violencia, obligados a pedir asilo político con el alma en rastras tras haber dejado atrás el país amado, con una vida entera sepultada y los sueños hechos trizas. Ellas y ellos encontraron en ti un abrazo solidario al amparo de las leyes mediante noches interminables de consultas y búsquedas jurisprudenciales, siempre con la invaluable solidaridad de Sandra, tu esposa.
Podríamos recordar muchísimos casos que dan testimonio del ser humano excepcional que eres pero hay un ejemplo de tu compromiso y generosidad sin límites que pocas personas conocen y que vale más que los grandes títulos académicos que has logrado: la acogida que durante meses Sandra y tú dieron, en su casa en El Paso, Texas, a diez integrantes de la familia Alvarado, las víctimas de desaparición forzada por el ejército mexicano. Tras la desaparición de José Angel, Nitza Paola y Rocio Alvarado, ustedes recibieron en su hogar a las hijas de Nitza Paola —Citali, Nitza Paola y Deisy—; a su hermana Mary “La Güera” Alvarado, a su esposo Rigoberto, a sus dos hijos pequeños, y a Chuyita y Don José (†), padres de Nitza Paola. No sólo les brindaron acompañamiento jurídico: les ofrecieron hogar, protección y dignidad.
Carlos, tú fuiste alguien que conoció el valor de actuar en colectivo y la importancia del activismo en la lucha social, porque tu labor no fue solo plantarte ante los tribunales, sino salir a las calles a denunciar la injusticia. Por eso impulsaste y fuiste el alma de Mexicanos en Exilio, no como una organización más, sino como un refugio moral. Allí no sólo se litigaban expedientes; se reconstruían vidas. Y en cada audiencia, en cada apelación, en cada argumento escrito con precisión quirúrgica y corazón intacto, estabas haciendo vida el lema que afirma: “Ningún ser humano es ilegal”.
Tus palabras en la Corte son expresiones llenas de sabiduría. Tu pedagogía jurídica consistió en humanizar a las víctimas que representaste y en enseñar a jueces y juezas que México no es una estadística, sino una historia compleja atravesada por violencia, impunidad y resistencia.
Quienes trabajamos contigo como equipo aprendimos algo que no aparece en los códigos: que el derecho sin humanidad es sólo procedimiento; pero el derecho con humanidad salva vidas, restituye dignidad y devuelve sentido a la existencia. Desde los derechos humanos, tu práctica nos enseña que la ley puede convertirse en refugio cuando está guiada por la ética y el compromiso con la justicia.
Algunas y algunos de quienes firmamos esta carta fuimos tus compañeras y compañeros de lucha. Otras y otros recibieron tu trabajo gratuito cuando el mundo les cerraba puertas. Varias te conocieron a través de Emilia González, de Alma Gómez, de Lucha Castro y de Gabino Gómez. Muchas personas pudieron escuchar tu propia voz en la entrevista que te hizo Carlos Pérez Osorio para el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo, y a través de la lectura del libro de la escritora Eileen Truax El muro que ya existe. Las puertas cerradas de Estados Unidos, en su capítulo “Carlos Spector, el abogado de las causas imposibles”, que describe tu trabajo con los cientos de casos de asilo para defensores de derechos humanos, periodistas y disidentes políticos desde tu oficina en El Paso. En cada espacio compartiste tu testimonio con la claridad y la firmeza que te caracterizan. En todos eres el mismo: firme, lúcido, congruente, cercano, ético, profundamente humano.
Un gran abogado que asume su responsabilidad desde el horizonte de la humanidad, y eso deja una huella profunda.
Hoy esta carta es colectiva.
Es la cosecha viva de los corazones que tu vida ha tocado. Es la prueba de que ninguna entrega generosa queda estéril.
Nuestra intención es que, en paz y serenidad, sepas que has cumplido la misión. Que tu paso por esta tierra ha sido fecundo. Que las vidas que ayudaste a proteger, las familias que acompañaste, las injusticias que enfrentaste, son frutos reales, tangibles e irreversibles.
Como dice la Escritura: “Por sus frutos los conocerán” (Mateo 7,16). Más allá de credos o convicciones personales, esa verdad es universal: una vida se reconoce por el bien que deja sembrado. Y la tuya está llena de frutos de dignidad, de valentía y de esperanza.
Gracias, Carlos, por tanto.
Gracias, Sandra, por sostener junto a él esta obra de humanidad.
Aquí seguimos. Cuidando lo sembrado. Honrando la vida que sigue dando fruto.
Con amor y gratitud profunda,
Lucha Castro
Alma Gómez
Gabino Gómez
Eileen Truax
Cindy Bejarano
toda las personas que integran la familia Alvarado
Javier Ávila S.J.
COSYDHAC
Minerva Maese
Isabel Encerrado
Alberto Rodríguez
Rossina Uranga








