Luz Estela Castro
Era 1994, y las calles de Chihuahua ardían con la rabia y la dignidad de quienes se negaban a ser despojados. En esos días, en las oficinas del Barzón, en la avenida Juárez y la Junta, colgó durante más de una década una gran placa que recordaba el verdadero significado de la lucha: la compasión, el acompañamiento y la defensa de quienes habían sido arrojados a la vera del camino por un sistema despiadado.
Eso dice la placa:
La Buena Samaritana (Lucas 10,29-37)
¿Quién es mi prójimo?
En una casa habitaba una familia que cayó en manos de banqueros. Ellos y sus abogados amenazaban y atemorizaban continuamente.
Un día llegaron los policías, actuarios y abogados a desalojar a la familia. Cuando estaban sacando los muebles a la calle, casualmente pasaba en su auto un político acompañado de un funcionario de gobierno y acordaron dar un rodeo, comentando:
“Es gente mala paga, no es nuestro problema.”
De igual modo, un sacerdote vio el desalojo y pensó:
“Pobre gente, rezaré por ellos esta noche, pero no puedo perder el tiempo, debo ir al templo.”
Una mujer barzonista que iba camino a casa vio el desalojo y, al ver la situación, tuvo compasión. De inmediato llamó a los compañeros barzonistas para ayudar a la familia. Consoló a los niños que, asustados, lloraban. Tomó los muebles que habían sacado con violencia y, con gran ternura, ella y sus compañeros devolvieron todo a la casa.
¿Quién de estos les parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los saqueadores?
Los que practicaron la misericordia.
Nosotras, las mujeres barzonistas, no solo protestábamos; impedíamos desalojos. Nos plantábamos frente a las puertas de las casas con el cuerpo y con la convicción, protegiendo a familias enteras de la injusticia. No era caridad, era justicia. No era solo resistencia, era amor en acción.
El Barzón parió samaritanos y samaritanas en Chihuahua, personas que, en el anonimato, sin buscar reconocimiento, siguieron y siguen defendiendo derechos humanos. Muchas de ellas sin una creencia religiosa, otras con una fe profunda, pero todas con los valores evangélicos arraigados en el corazón. Porque la compasión no necesita dogmas, y la justicia no exige credos.
Aquel movimiento me enseñó que la espiritualidad no siempre se encuentra en los templos ni en los libros sagrados. Hay quienes nunca han abierto una Biblia, pero viven un apostolado auténtico, entregando su vida a la defensa de los demás. Ese fue mi camino. Caminé junto a ateos, agnósticos, creyentes, sin jamás intentar convencer a nadie de mi fe, porque entendí que no la necesitaban para ser profundamente humanos.
Coloqué aquella placa no para los demás, sino para mí misma. Para recordarme el porqué y el para qué de estar en ese espacio. Porque cuando tienes poder, es fácil extraviarse. Y yo quería recordar, siempre, que el único poder que vale la pena es el que se pone al servicio de nuestr@s herman@s .









