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domingo, marzo 15, 2026
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La Doble Herradura

Por Raúl Gómez Franco

Una mezcla de sonidos, todos placenteros, me despierta poco después del amanecer: una sinfonía coral de pájaros; el run run constante, uniforme, hipnótico, del paso del río Urique sobre las piedras y la roca pulida; y el agradable ruido de voces que preparan café sobre las brasas calientes.

Un déjà vu recorre mi cuerpo y me provoca un escalofrío. Hace 51 años desperté en condiciones muy similares, a la orilla del río Basaseachi, a 200 metros de la cascada. Dos aventados maestros nos habían llevado a conocer la zona a un grupo de hormonales adolescentes de 15 años cuando terminamos nuestra secundaria, en 1971. Pero ésa es otra historia.

Hoy es domingo 8 de mayo de 2022, hace décadas dejé de ser un adolescente y no importa que mi cuerpo reclame por la dureza del suelo donde dormí ni que haya tenido que echar mano de la manta de emergencia en la fría madrugada ni que mis cosas desplegadas afuera de la carpa estén llenas de polvo por el viento de la noche. La sensación de plenitud prevalece.

Amanecemos en Doble Herradura.

El grupo completo se achispa, todos salimos de nuestras carpas deseosos de alguna bebida caliente. Octaviano Legarreta no. Al fin explorador curtido, él durmió a la intemperie, junto a la fogata, y en algún momento de la madrugada se le unieron Cindy y Luis. Comienzan a salir sartenes, ollas y tazas de las mochilas, junto con los alimentos traídos para este momento.

Sobre las brasas de la fogata, Cindy se prepara unos deliciosos huevos al igual que Sol López. Rolan las tortillas de harina y los frijoles rancheros. El desayuno se pone bueno, condimentado con las charlas mañaneras. Como yo no acostumbro desayunar temprano, tomo un poco de café con galletas y me retiro a caminar río arriba para deleitarme del cañón antes de que suba el sol. Esos momentos de soledad, sentado en una roca a la orilla de una cascadita, renuevan el espíritu y recanalizan la energía. Sé que voy a añorar ese rato.

Cuando regreso al campamento todos han desayunado, levantado sus carpas, apagado la fogata, y se disponen a realizar algunas actividades antes de retirarnos. Octaviano, Cindy y Alan se van a explorar unas aguas termales río abajo. Otros se van a bañar con agua fría en alguno de los rápidos (hasta el campamento escucho los gritos de Fabi Velázquez cuando entra en contacto con el líquido). Algunos hacen meditación guiados por Luz Almanza.

Mientras levanto mi tienda y mis cosas, me espanto constantemente unos latosos mosquitos que se quieren comer mis piernas. Ese fue un tremendo descuido que algunos cometimos, para que no lo repitan quienes se atrevan a Doble Herradura o lugares parecidos: nunca usen short o bermudas cuando no estén dentro del agua o cerca de la fogata, y si los usan, carguen con repelente para todos lados, rocíense y vuélvanse a rociar. Aunque sentía los piquetillos de los diminutos moscos, no le di mucha importancia al asunto. Craso error. Al día siguiente, ya en mi cama en la ciudad, amanecí al igual que algunos compañeros y compañeras, con las piernas de la rodilla a los tobillos, como con una especie de viruela loca que me alarmó. Todavía, a una semana de aquella aventura, traigo mis piernas repletas de piquetes ya secándose. Espero que no dejen marcas.

Cerca del mediodía, cuando el sol estaba en su apogeo y ya con nuestras mochilas al hombro, comenzamos a ascender por una de las pendientes del cañón hacia nuestro destino: la camioneta que nos esperaba en la carretera, kilómetros más adelante. Y por supuesto, el mirador desde el cual podremos ver, por fin, la Doble Herradura desde arriba.

Los primeros 200 metros son los más pesados porque el terreno es muy, demasiado empinado, y resbaloso. La compañera que viene detrás de mí, derrapa y para no perder el equilibrio y caer metros abajo, mete sus manos para aferrarse a lo que fuera. Se espina ambas extremidades y, repentinamente, suelta un llanto catártico. Le dirigimos palabras de aliento mientras le presto mis guantes, de esos que traen la mitad de los dedos de fuera. Ya todos calmados proseguimos subiendo durante unos tres kilómetros hasta llegar a la parte superior del cañón. Hasta ahí nos habían protegido del sol los árboles del bosque, pero en adelante nos volvemos a enfrentar con el fuerte calor y los tórridos rayos solares. Llega un momento en que a un kilómetro de la camioneta, donde se quedó guardado un garrafón de agua, se nos termina a todos el líquido, así tan ardiente estaba el clima.

Pero por fin llegamos a la carretera (Creel-Guachochi) donde nos esperaba el vehículo. Tomamos un respiro y agua, y bajamos unos 300 metros por el asfalto hacia el mirador.

Al llegar, la primera vista quita el aliento por el magnífico espectáculo que presenciamos. Resulta increíble observar desde cientos de metros por arriba la Doble Herradura que el río Urique ha tallado durante milenios o millones de años. Por ahí caminamos, ahí acampamos, ahí pasamos momentos inolvidables… Un colofón excepcional para una aventura memorable.

Nos despedimos de Doble Herradura, no sin antes tomarnos las consabidas fotos del recuerdo. Porque sin duda será un recuerdo muy perdurable.

Aunque, acá entre nos, ahí no terminó la aventura. Solo diré que llegamos a Creel, “asaltamos” un carro de hamburguesas y, cómo no, nos aventamos una caguama bien fría para mitigar la sed y celebrar nuestra hazaña. Anímense a ir…