Controversial…
La élite que nunca fueron
La oposición y su espejo roto.
Por: Raúl Sabido
“Durante años fingieron que había ideologías pero al final, PRI y PAN, se fundieron en la misma devoción: privatizarlo todo, empobrecer al estado y regalarle el país a una élite que nunca los verá como iguales, relegándolos a servidumbre útil y desechable.”
Durante décadas, México vivió bajo la ficción de una pluralidad partidista, bautizada como “LA DICTADURA PERFECTA”. El PRI decía ser nacionalista, el PRD gritaba ser de izquierda, y el PAN presumía su moral conservadora.
Pero bastaron dos décadas del siglo XXI para que esa fachada se desplomara: el trío PRI–PAN–PRD se fundió en un solo aparato político, fieles servidores de los intereses económicos más depredadores del país y del planeta.
Entre 1988 y 2018 (treinta años) el mandato objetivo fue uno: deshacerse de todo lo que generaba riqueza, desde ferrocarriles y aerolíneas, hasta bancos, telecomunicaciones y energía, esa era “la línea” de la derecha neoliberal. Alegaban que eran empresas ineficientes y que representaban una carga para el erario.
Pero lo que no decían era aún más escandaloso y perverso: esas empresas las habían operado ellos mismos durante medio siglo, hundiéndolas en corrupción, clientelismo y desfalco, para luego justificar su venta con el rostro desencajado de quien simula no saberse culpable.
Según cifras de la Auditoría Superior de la Federación, entre 1990 y 2000 se privatizaron más de 1,100 entidades públicas. Solo por Telmex, Carlos Slim pagó 1,700 millones de dólares por una empresa que hoy vale más de 50 mil millones. El saldo de esas privatizaciones fue un puñado de nuevos millonarios y millones de nuevos pobres y con una “partida secreta” presidencial que se abultó sin rendirle cuentas a nadie.
De la izquierda al lobby empresarial
Lo que alguna vez fue una izquierda con principios, como el PRD en sus inicios, terminó convertido en una oficina satélite del capital corporativo. Sus liderazgos dejaron de representar al pueblo para imitar a la derecha sin pudor, y sin vergüenza y, por supuesto, ni agenda propia. Vieron al ciudadano como una estadística molesta, una masa a la que se le promete lo imposible pero se le niega lo urgente y ese pueblo, harto del desprecio, los sacó del mapa electoral y político en 2024 sin miramiento alguno.
Y el PRI, con su supuesta herencia revolucionaria, hoy opera como un mayordomo obediente de una élite que los tolera por estrategia, pero los desprecia por esencia. Los mantienen a flote por conveniencia y por prerrogativas, plurinominales y estridencia mediática. Más allá de eso, los consideran desechables. Se arrodillan por un aplauso, se venden por un cargo y festejan a quienes desprecian hasta a sus propios militantes.
¿Y para quién gobernaban?
Durante los primeros 18 años del siglo XXI, estas fuerzas políticas convirtieron al Estado en un negocio familiar. Concesionaron la minería, extranjerizaron el petróleo, entregaron los recursos hídricos, sometieron a los trabajadores y abandonaron al campo. La lógica era tan cínica como clara: la riqueza nacional debía beneficiar sólo a los que ya eran ricos. El resto era instrumento… o estorbo. En privado, lo resumían así su desprecio: “los pobres solo traen problemas”.
La reforma energética de 2013 fue el pináculo de este desprecio
Redujeron a Pemex, lo endeudaron hasta las entrañas y le abrieron el subsuelo a petroleras extranjeras y todo con el falso evangelio de que era necesario para desahogar la carga al presupuesto. Promesas de campaña sin sustento y con destinatario: el bolsillo privado. Una mentira de Estado y esa supuesta carga al erario se convirtió en un endeudamiento brutal a Pemex cuando ya la estaban desmembrando, si Pemex se iba a privatizar e iba a menos ¿para que endeudarla?… ¿Qué hicieron con esos recursos? Porque a Pemex no se los aplicaron.
Hoy, se dicen salvadores de la patria
Lo más absurdo, y trágico, es que quienes destruyeron al estado ahora se presentan como su única esperanza. Se asumen élite, pero son vistos como servidumbre. Los que ayer entregaron la patria, hoy fingen indignarse con quien la protege. No traen proyectos ni principios: traen nostalgia por el saqueo perdido.
Su oposición no es ideológica, es patrimonial. No están dolidos por el rumbo de México; están ardidos porque ya no son ellos los que cobran la factura.
Fanáticos… pero del pasado
Y por si fuera poco, ahora llaman “fanáticos” a quienes se atreven a exigir justicia, soberanía y redistribución. Les dicen sectarios, dogmáticos… como si fuera pecado defender una transformación que los ha desplazado, desprecian las decisiones del pueblo de México, creen incapaces a los mexicanos que no comulgan con ellos.
Pero lo que no reconocen, o no les conviene admitir, es que los verdaderos fanáticos son ellos, son fanáticos de la nostalgia, son fanáticos de los privilegios perdidos, son fanáticos de un modelo que el pueblo ya enterró.
Se aferran al pasado con desesperación, repitiendo viejas fórmulas con nuevas máscaras. Y cada vez que abren la boca, el pueblo recuerda por qué les dio la espalda.
El pueblo ya los leyó
Hoy intentan reagruparse en coaliciones recicladas, con membretes de circo y máscaras remendadas, rezando por votos entre discursos de espanto. Pero ya es tarde. Porque el México de hoy ya no cree en simuladores. Este país necesita representantes con memoria, con ética, con el valor de defender lo que es de todos y no lo que dicta una embajada o el consejo administrativo de una transnacional.
Servidumbre disfrazada de oposición no es alternativa. Es la peor continuidad. Y México ya decidió no retroceder.








