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miércoles, marzo 18, 2026
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La fuga del Parga, en la jungla urbana…

Sergio Armando López Castillo

Una tarde en un restaurante  la ciudad capital, un amigo llegó y se incorporó a la mesa de los cafeteros de los martes, ahí enseguida de la Catedral, y lo primero que expresó fue:

– Acabo de visitar a un cuate en la “peni”, y me enteré de algo grueso que va a ocurrir ahí.

A caray, que sucede, casi al unísono le preguntamos a Mancinas, los otros tres comensales del San Francisco, un tanto atónitos y preocupados por su expresión, que no sabía cómo decir lo que  pasaba.

Con nervios y cierto temor, Mancinas dijo a todos, que escuchó afuera de una crujía de la Penitenciaría de la 20 y 20, que habría un motín o intento de escape, pero que definitivamente no pensaba alertar a ninguna autoridad, porque “quien sabe qué pase, y vale más aquí corrió que aquí murió”, externó contrariado.

En efecto, eso se había planeado con mucha anticipación por parte de unos reclusos de extrema peligrosidad, según algunas conversaciones que trascendieron del penal, cuya fuente era una señora, Luz Olivia, que visitaba con frecuencia a uno de ellos, la misma era conocida en ese “submundo”, como la loba.

La mujer, cada semana, o a veces, antes de los domingos, con ayuda de algún custodio, fue metiendo paulatinamente piezas de una pistola 38, las cuales escondía, inclusive, en las partes íntimas de su propio cuerpo.

En ese entonces, aún no se hacían revisiones exhaustivas a las damas como sucede hoy día, y eso permitió a la hembra eludir que la descubrieran, de tal suerte que en un mes ya estaba el arma completa con todo y balas dentro del penal.

De los organizadores de la evasión, sobresalía un despiadado preso de nombre Noé Gerardo, motejado como la “Hiena”, quien se había convertido en un multicitado criminal, por haber dado muerte a hachazos, a varios estudiantes de “Conta y administración” de la Universidad, a las orillas del lago Arareko, en la sierra.

Ese “personaje” siniestro para muchos, era el presidiario más interesado en fugarse del Centro de Rehabilitación Social del Estado, ya que por los horrendos crímenes que cometió, la condena que purgaba sería casi “eterna”.

De ese modo, como principal instigador de la osadía, la “hiena”, con apoyo de otros, se las ingenió para sorprender a un guardia que rondaba por el patio principal de la “Peni”, y encañonarlo con el arma de fuego que habían introducido en partes, con ayuda de la loba.

De acuerdo a testimonios presenciales ese día, el custodio fue sometido rápidamente, lo tiraron al piso boca abajo y lo amagaron para que abriera la siguiente puerta y no provocara escándalo.

Una vez que el sometido cedió a la demanda de los delincuentes, de inmediato se sumaron al tropel de huida, una decena de reos, entre los que también destacan uno muy conocido en la ciudad, Ramón Palafox, al que llamaban “El parga”.

Ese individuo, al igual que la “hiena”, era también de muy alta peligrosidad, con un historial larguísimo de latrocinios y crímenes, que incluso, se sabía en el mundo policial, que muchos de esos actos los cometía solapado por algunos jefes de la propia policía local.

“El parga” era el tipo que el amigo Mancinas, de la mesa del café citadino, frecuentaba en la prisión, por petición y encargo de un tercero, conocido y cercano de la familia, al que le debía algunos favores importantes de tiempo atrás.

En la trifulca, otros de los encargados de la seguridad del reclusorio, comenzaron a disparar sus armas cuando vieron que el grupo de rufianes corría hacía la salida de la Penitenciaría, sin control, mientras que algunos de ellos tomaban unos rifles que estaban en el armario del lugar, para repeler a los policías.

En la confusión y caos, cayeron al suelo, heridos y muertos de ambos bandos, dentro de la instalación penal, pero nueve de los reclusos logró alcanzar la puerta principal que daba a la avenida 20 de noviembre.

Una vez en la calle, detuvieron con violencia a automovilistas que circulaban por el lugar, abordaron varios vehículos y se enfilaron hacia la presa Chuvíscar, de acuerdo a lo planeado.

Cuando llegaron a ese punto de reunión, varios de los evadidos de la prisión, “El parga” comenzó a reclamarle a la “hiena”, por qué no  le había informado a detalle, cómo es que involucraron a la loba en los planes de la fuga.

La muchacha llevaba algunos años relacionándose sexualmente con “El parga”, ayudándolo, además, a continuar delinquiendo, incluso, desde dentro del penal.

A este criminal, de acuerdo a la discusión que sostuvo con la “hiena”, le preocupaba que la loba fuera detenida por complicidad con los organizadores del escape de prisioneros, que en esos días se convirtió en un suceso y noticia nacional.

-Comprende pinche Parga, que no te dijimos nada de tu morra, para que no se corriera la voz y se complicaran las cosas, y ya bájale de huevos… -Ya estás libre, que más quieres, cabrón?, le espetaba la “hiena” al otro hampón, mientras otros de los presentes en la presa, escuchaban el pleito, sin intervenir.

Pasaron unos minutos, la pelea de calmó y los presidiarios comenzaron a reorganizarse para proseguir el escape de ahí, a otros puntos, separados en parejas para dificultarle una recaptura a las autoridades judiciales.

“El parga” y otro acompañante, José Manuel, apodado el “lobito”, partieron juntos, dado que desde muy jóvenes habían andado delinquiendo sin separarse, y eran en su tiempo miembros de la misma pandilla, en el barrio de El Palomar de la capital.

Así, los demás se juntaron de dos en dos y en principio, varios de ellos se ocultaron bajo la hierba y maleza del acueducto, cercano a la presa sobre el río Chuvíscar. Ahí permanecieron unos tres días comiendo galletas saladas con refrescos, cubriéndose con cartones y periódicos en las noches.

El último día que estuvieron bajo el acueducto, cayó una fuerte lluvia en la ciudad, el río creció y todos tuvieron que irse del lugar, dividiéndose nuevamente, tomando distinto rumbo, para seguir ocultos y no ser reaprehendidos.

“El parga” y el “lobito” se fueron caminando por varias las colonias hasta llegar casi al centro de la capital, y pararon en un barrio donde el primero ubicó la casa de una amiga de su madre. La viejecita lo identificó a él, saludó, y preguntó qué andaban haciendo por ahí.

Los maleantes explicaron con la verdad lo que ocurría con ellos, y pidieron a la señora que les ayudara con comida y techo unos días, para después continuar su fuga. La mujer accedió a auxiliarlos, y al cabo de un par de días dejaron esa vivienda, agradecieron a su anfitriona y partieron.

Al siguiente día, después de deambular nuevamente, “El parga” y el “lobito”, buscaron el domicilio de otra mujer, misma que trabajaba en un prostíbulo de los conocidos como table-dance, y quien había sido amiga de la infancia de ambos en el mismo barrio El palomar.

Al igual que lo hicieron en otras casas, en la de esa “teibolera”,  de la misma forma, solo estuvieron pocos días, por temor a ser descubiertos y para no comprometer a quienes les permitieron posar en sus moradas.

Para esos momentos, las policías del estado los buscaban afanosamente. Inclusive se ofreció, por esos días, una recompensa por ellos, cosa no muy común, tratándose de instancias investigadoras locales y no federales.

Un comandante de policía estatal, que había sido uno de los “protectores” o cómplices de “El Parga”, cuando éste, más joven, comenzaba a delinquir, y ese policía lo utilizaba para perpetrar robos y asesinatos, obteniendo parte de las ganancias, también era parte de los grupos de agentes que andaban tras la pista de los evadidos de la “peni”, por esos días.

Era el “negro” Mayorga, judicial rudo y corrupto, quien conocía muy bien muchos de los lugares donde se escondía y que frecuentaba “El parga”, por la relación de contubernio que siempre llevaron ambos.

De los fugados de la Penitenciaría, entre otros, los más conocidos eran la “hiena”, “El parga”, y para esas alturas, varios días después de la evasión, estaban en todos los periódicos y noticiarios de radio y televisión, locales y nacionales, y alguno que otro internacional.

Por ello, el “negro” Mayorga, tenía sumo interés en atrapar a su conocido cómplice, “El parga”, porque sabía que si lo detenía, se cubriría de “gloria” en la corporación policiaca y en la misma comunidad, dado que casi nadie sabía de su historia particular con el criminal.

Una y otra vez, estos dos reos, además de la “hiena” y alguno otro, por ser los de mayor peligrosidad y públicamente multicitados, estuvieron en las narices de los investigadores, porque no pudieron salir de territorio chihuahuense, y conforme pasaban los días después de la evasión, más se les dificultaba encontrar dónde ocultarse.

Y como ya la policía les pisaba los talones, al menos a “El parga” y al “lobito, a la “hiena”, éstos, angustiados, radicalizaron sus acciones y uno de esos días tensos, se metieron a una casa cuyos dueños estaban fuera, y la robaron.

Para su buena suerte, ahí, además de encontrar algo de dinero, algunas prendas de ropa y comida, toparon con un rifle calibre 22, del dueño de ese domicilio, el cual les sirvió para  asaltar, robar, y continuar la huida.

Luego de abandonar esa casa, enfilaron rumbo a las faldas de cerro grande, en donde aprovecharon una cueva a un costado de la mole, para descansar y permanecer unos días sin ser vistos, ni perseguidos de cerca.

Cuando se les terminó el alimento y el agua, salieron de ese escondite y apenas una hora después, asaltaron un taxi con pasajeros – Un hombre y una mujer-, les quitaron el dinero que traían y despojando al chofer, tripularon el auto de alquiler para dirigirse a las afueras de la ciudad, rumbo al sur.

Una vez en la carretera, viraron en un camino de terracería, por el rumbo de San Diego de Alcalá, pararon, bajaron a la pareja, los pusieron boca abajo y les dispararon en la nuca, no sin antes violar a la mujer, ambos criminales, una y otra vez.

Los dos cuerpos quedaron en esa misma posición, luego del asesinato, lo que, nos contó Mancinas, era el modo en el que “El parga” mataba a sus víctimas, el cual era muy conocido entre los policías, particularmente para el comandante Mayorga, “El negro”.

Sin embargo, luego de retirase del  paraje desértico, un lugareño abordo de un caballo, vio los bultos de los baleados a lo lejos, apresuró el paso del penco y llegó hasta ellos. Para sorpresa del pueblerino, la dama estaba con vida, aunque delicada, pero con signos vitales.

La sobreviviente fue llevada a un hospital, una vez que el hombre que la encontró tirada en el piso junto a su pareja muerto, y llamó a una ambulancia desde el pueblo de San Diego. Una vez que recuperó la conciencia, la susodicha pudo declarar y denunciar el hecho ante la autoridad ministerial.

El interlocutor Mancinas, de aquella expectante mesa del café San Francisco, en todo momento estaba al tanto de las noticias que generaban las secuelas del, para entonces célebre escape de reos de “Peni” en la capital, incluso, bromeando en el restaurante, cada vez que sorbía de su tasa, expresó: – Este desorden parece como una película intitulada “La fuga de una jauría en la jungla urbana”, y reía, y reía.

Luego Mancinas agregaba: – Este Parga, así me confesaba cuando estaba preso, dijo el abogado, ejecutaba él mismo con un balazo en la nuca y boca abajo, una práctica que desde tiempo atrás perfeccionó y la hizo su marca personal, explicaba.

En ese momento, en el que Mancinas narraba las fechorías de “El parga”, trajo a la mesa una idea, con la que relacionó a su conocido delincuente, con un vocablo atribuido a los apaches, el cual sentenciaba que aquellos aborígenes asesinaban con tal violencia y crueldad, que para muchos el sinónimo coloquial de apache era de “un ladrón, asesino y destructor”, decía el hombre.

-Más o menos así creo que es Ramón Palafox, “El parga”, asentía. –Porque ¿para qué robar y matar a una mujer junto con su compañero, y además violarla, no solo él, sino también su cómplice? añadía y se preguntaba, Mancinas.

Varias semanas después de eso, finalmente, “El parga” se acercó a su fin, tras, descaradamente, sentarse a descansar en un parque de una populosa colonia céntrica de la ciudad, donde al cabo de varias redadas policiales por gran parte de la capital, los judiciales tuvieron suerte.

De acuerdo a Mancinas, quien lo volvió a ver ese día, y además platicó con testigos presenciales que observaron a “El parga” sentado en una banca, en ese lugar minutos previos de ser localizado, el criminal lucía demacrado y enfermo, luego se supo que traía múltiples piedras en la vesícula, una litiasis biliar.

Para ese momento, ya se encontraba solo, y ahí reposando, parecía no preocuparle nada. Estaba sin el “lobito”, quien decidió ir por su cuenta a otra parte en horas previas. Entonces llegó la policía, con el “negro” Mayorga al frente, éste lo reconoció de inmediato, se acercó y le dijo: – Hey, Parga, alto ahí, al momento que el debilitado hombrecillo intentó pararse y correr.

Ese operativo, contra lo que se pensó, y por la morbosidad que había causado la fuga, los presos que la protagonizaron, y sobre todo, por el rastro de sangre que había ido dejando “El parga”, la “hiena”, el “lobito y otros presidiarios, no resultó espectacular ni mucho menos riesgoso.

De acuerdo a Mancinas, quien tuvo oportunidad de acceder a información directa del caso, por la cercanía que tuvo con Ramón Palafox” y su historia, se sabe que Mayorga “El negro”, le disparó a “El parga”, después de marcarle alto, al pretender levantarse y huir,  pero algunos colonos de ese sector donde el prófugo quedó muerto, aseguraron que el peligroso criminal, nunca opuso resistencia.

Mientras eso ocurría en ese parque citadino, donde se arremolinaba la gente del barrio, al enterarse del asesinado, la “hiena” daba de qué hablar, por haberse tenido pistas de él, allá en el vecino estado de Sinaloa, de donde era originario.

Por su parte el “lobito”, José Manuel Reyes, fue capturado sin que la policía le disparara, en otro punto de la capital; se le instruyó otro proceso penal y volvió a la Penitenciaría, además de la fuga, se le imputaron cargos por coparticipación en el homicidio de un hombre en San Diego de Alcalá, y por intento de asesinato y violación a la mujer que sobrevivió.

El “lobito”, purgando su condena, a los pocos años murió dentro del penal, producto de algunas enfermedades que, también, venía arrastrando, sin haber tenido atención médica adecuada.

La loba, Luz Olivia, quien fuera la pareja última de “El parga”, después de haber ayudado en la evasión de los reos de la “peni”, en particular a la “hiena”, Noé Gerardo, nunca se lo confesó a su amasio. Después de esa encrucijada, jamás volvió a verlo, hasta su muerte.

Para finalizar la charla del café, Mancinas recordó que el cuerpo sin vida de “El parga” duró varios días en la morgue de la ciudad, a la vez que expresaba:-“Qué tristeza, e impotencia, ver algo que termina así, porque nadie se presentó a reclamarlo…”

Sin embargo, agregó, -Por destino, aquel amigo que me pidió de favor visitarlo cuando estaba encerrado en prisión, por alguna razón me llamó y pude acompañarlo a la diligencia de identificación el cadáver, citó Mancinas.

-Ese hombre, que como podía lo ayudaba, era un condiscípulo mío, de la primaria, vendía joyas y boletos de lotería en el centro, la loba, le había robado un valiosísimo collar con perlas, de muchos millones, pero “El parga”, misteriosamente, se lo devolvió, recibiendo un poco de dinero de albricias, nada más, revela Mancinas a la mesa.

Luego remata: -“El señor Puente, mi “compa” billetero, quedó siempre agradecido con Parga Palafox, por ello”.

Ya en el Semefo, de acuerdo a Mancinas, él y su cercano, pasaron al cuarto frío, destaparon la sábana que cubría el flacucho cuerpo de “El parga”, y ambos lo identificaron, el primero se percató de que en la frente, muy cerca de donde comienza el cuero cabelludo, tenía un tatuaje en forma de dos cuernos discretos, que simulaban a los que se le atribuyen a un diablo; los ojos entre abiertos y la boca como esbozando un tono de burla.

-Muy tétrica imagen, comentó entonces el señor Puente a Mancinas, cuando se fijó en aquel rostro mortuorio. Luego, Mancinas le contestó: “!Mira, amigo, sin quererlo, de algún modo, hicimos un pacto con el diablo…!