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domingo, marzo 15, 2026
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La justa medianía

Controversial…

La justa medianía
El escudo ético.

Por: Raúl Sabido

“La descalificación sin sustento no es fiscalización, es difamación. Y en toda sociedad democrática, quien descalifica sin pruebas se expone a ser juzgado por sus propios excesos”

Desgraciadamente en la actualidad la política mexicana parece haberse convertido en un tribunal de apariencias, percepciones y prejuicios. Ya no se juzga tanto lo que se hace, sino cómo se ve, exhibiendo los prejuicios a flor de piel. Y en ese escenario, principios como la “austeridad republicana” y la “justa medianía” han sido convertidos en armas de golpeteo, especialmente contra quienes militan en la Cuarta Transformación.

La justa medianía no se mide con la vara del resentido, sino con el fruto honesto del trabajo. Quienes la critican desde la oposición no lo hacen por principios, sino por prejuicio disfrazado de envidia. Les incomoda que la dignidad no requiera ostentación, y que la decencia tenga valor propio. Cada quien alcanza su justa medianía según lo que gana con ética, no con estridencia.

La paradoja es evidente, si un líder de Morena se hospeda en un hotel de $175 dólares, se le acusa de derroche. Si elige uno de $100, se le tacha de mezquino. Si usa ropa sin marca, se le ridiculiza. Si la usa con marca, se le condena. ¿Dónde queda entonces la justa medianía que Benito Juárez defendía con claridad? ¿Quién decide qué es suficiente, qué es demasiado, y qué es demasiado poco?

La respuesta está en el ingreso

La respuesta les es incómoda a los opositores porque lo están decidiendo por percepción y la necesidad política del momento, no la ética. Y esa percepción está siendo manipulada por que han entendido que, en la era del espectáculo político, la imagen pesa más que la congruencia. Pero hay que decirlo con todas sus letras, la justa medianía no es ni pobreza simbólica, ni ostentación encubierta. Es vivir conforme a lo que uno gana, sin simulaciones, sin excesos, pero también sin pedir disculpas por ejercer con dignidad lo que se ha obtenido con esfuerzo y honestidad. Los opositores siempre han entendido que el éxito solo es de ellos y de nadie más.

Si un funcionario puede comprobar que gana 1, tiene todo el derecho de gastar 1. Lo que no puede, y no debe, es gastar 2 cuando solo gana 1. Ahí es donde se rompe la ética. Pero mientras se viva dentro de los márgenes legales, éticos, decentes y comprobables, no hay nada que justificar. Lo que sí debe cuestionarse es la hipocresía de quienes exigen austeridad ajena mientras disfrutaron privilegios derivados de ingresos non santos.

La persecución moralista que se ha desatado no busca transparencia, busca golpeteo y desgaste al no tener más que señalar. No exige coherencia, exige sumisión simbólica. Y eso no se puede permitir. Porque si la política se convierte en un concurso de apariencias, entonces la ética deja de ser brújula y se convierte en escenografía.

La Cuarta Transformación tiene ante sí un reto que es reforzar el sentido profundo de sus principios, no como dogmas, sino como prácticas éticas que se explican, se defienden y se viven con convicción. No basta con ser austero, hay que comunicarlo con inteligencia. No basta con vivir en la justa medianía, hay que reivindicarla como un acto de libertad, no como una penitencia.

Perfil psicológico, y conductual, del opositor descalificador

1. Proyección defensiva:
Muchos opositores proyectan en los líderes de la 4T aquello que no han podido resolver en sus propias filas como la falta de credibilidad, desconexión con el pueblo, o incoherencia ideológica. Al atacar la congruencia ajena, intentan desviar la atención de sus propias inconsistencias. Es un mecanismo clásico de defensa, culpar al otro para no mirar hacia adentro.

2. Disonancia cognitiva:
Cuando una narrativa política como la de la 4T logra conectar con sectores históricamente marginados, genera incomodidad en quienes han sostenido el statu quo. Esa incomodidad (la disonancia entre lo que creen que debería ser y lo que realmente está ocurriendo) se traduce en ataques que buscan restaurar su sentido de control y superioridad moral que han perdido.

3. Necesidad de validación social:
La descalificación constante también responde a una necesidad de reafirmar su identidad grupal. Al atacar a la 4T, los opositores refuerzan los lazos dentro de su propia base, creando una narrativa de “nosotros contra ellos” que les permite mantener una endeble cohesión interna, aunque sea a costa de polarizar a la sociedad, importándoles más proteger lo poco que les queda.

4. Envidia simbólica:
Cuando figuras públicas de la 4T ejercen poder desde una narrativa de austeridad, cercanía, autenticidad o logros, despiertan una forma de envidia no por lo material, sino por lo que eso les representa. La capacidad de conectar con el pueblo, de representar una esperanza colectiva, es algo que muchos opositores no han logrado construir. Y ante esa carencia, el ataque se convierte en mecanismo de compensación a su egocentrismo. Recordemos que, durante las elecciones de 2024, varios opositores intentaron adoptar una narrativa de izquierda, buscando conectar con las demandas populares que previamente habían desestimado en el Congreso.

5. Desesperación estratégica:
En contextos donde las preferencias políticas no favorecen a la oposición, la descalificación se convierte en estrategia de último recurso. No se trata de construir una alternativa, sino de erosionar la existente. Es el equivalente político al “si no puedo ganar, al menos que el otro pierda”.

Conclusión
Un mensaje para Morena y sus aliados.

Más allá del ataque, hay una carencia que, desde esta mirada, los ataques no son solo tácticas políticas, sino reflejos de carencias emocionales, ideológicas y estratégicas. La descalificación constante hoy revela más sobre quien la emite que sobre quien la recibe. Y ahí está la clave, la 4T no debe responder desde la herida, sino desde la fortaleza.

Porque cuando la congruencia se sostiene, la crítica se desgasta