Daniel García Monroy
¡Daniel ya hiciste la tarea! Esas palabras están grabadas en mi mente como Jehová esculpió los 10 mandamientos en la perdida piedra del monte Sinaí. Las escucho todavía, de cuando en cuando, en sueños a veces felices, a veces pesadillas.
Nunca en ningún laboratorio de química –de los que conocí como estudiante bachiller—observé tantos elementos combinables como en la cocina de mi madre Alicia, cuando ella reinventaba, como milagro de los dioses nahuas, su fascinante-increíble-delicioso: mole poblano. Mi mamá nació en un hueco de la sierra de Puebla, llamado Pahuatlán, un 4 de junio de 1927. Por su perfil físico debió ser hija de dos indígenas puros; especulo, porque yo no conocí ni en fotografía a ninguno de mis cuatro abuelos.
Los platillos creados por mi progenitora fueron gloria para cuanto comensal los disfrutó. Lo que mi madre Alicia cocinaba siempre fue sabrosamente saboreado por propios y extraños. Suculento hasta un simple plato de arroz con un huevo estrellado encima, cuando el dinero de que disponía como matriarca, para alimentar a nueve hijos y un padre enfermo, se acababa irremediablemente al fin de quincena. –Capacidad de administración, que bien pudo haber competido con cualquier presidente del Banco de México–.
Su responsable angustia materna, cada vez de su bolsillo vacío, traumó a todos en la familia. Pero nunca nadie pudo culparla sin terminar, al paso de los años, pidiéndole perdón entre mar de lágrimas.
Yo fui el benjamín, el noveno en línea, el último de sus hijos: la gorda del perro. Me explicó un día esa frase a mis seis o siete años de vida, que me dolía siempre, por la risa de las mujeres presentes que le festejaban el chiste viéndome a mi desconcertado. Le reclamaba. ¡¿La gorda del perro mamá?! Me contó una imborrable historia en mi memoria. Me dijo: Cuando en un rancho las mujeres que hacen a mano kilos y kilos de tortillas de maíz y las ponen una tras otra en el negro comal que se calienta sobre leña, al final de la jornada queda una última bola de masa desafortunada. Las mujeres desde tiempos inmemoriales, después de trabajar horas y horas, ya cansadas, a esa última gorda mal torteada, porque saben su destino, no le dan forma circular alguna. Y se la avientan después de cocida a los hambrientos perros del rancho, que se la comen contentos y satisfechos, aunque por bastante fea no parezca tortilla. –“Esa mijo es la gorda del perro, –pero me advirtió: cada vez que me festejan lo que les cuento, estoy siempre pensando en ti, porque tú eres mi gorda del perro, mi consentido”–. Y bendita sonrió acariciándome.
Desde entonces he aceptado esa historia como la más bella explicación del amor de mi madre Alicia; remembranza que ha hecho sonreír amorosos a cuanta persona se la he platicado, aguantándome siempre las ganas de llorar.
Después las hijas de mi madre Alicia me hicieron niño clasemediero. Mis hermanas comenzaron a trabajar en las fábricas textiles del milagro mexicano de los años 60, que hizo crecer a la economía nacional al 7 por ciento del PIB. La gran capital chilanga inauguraba a mis cinco años cumplidos el sistema de transporte Metro. Esa maravillosa obra de tecnología, que por un peso me llevó cientos de veces por túneles fantásticos desde la zona del aeropuerto del DF, hasta el Zócalo en menos de 15 minutos.
Recuerdo y sigo, que a mis ocho años de edad mi madre Alicia me despertaba a las nueve de la mañana para ir al mercado popular de la colonia Federal. Feliz la acompañaba cada día para cargar juntos la que se me hacía enorme y pesada bolsa de mandado. Pero más que nada para aprender a comprar y regatear, es decir tratar de que los comerciantes bajaran sus precios. ¡Pásele, pásele marchantita, aquí están sus chiles, jitomates, papas, chayotes! ¡Naranjas, naranjas, dieciocho por un peso! Ese dieciocho por un peso era un engaño clásico, pues claro se oía como dieciocho naranjas por un peso. La realidad eran ocho o diez naranjas por un peso. Mi santa madre Alicia me enseñaba la verdad. Así aprendí de sus consejos a mercar en los interminables tianguis callejeros de la gran Tenochtitlán, que sobrevivían a gritos y sombrerazos entre la modernidad nacional.
Mi felicidad matutina de aquellos años era que mi madre Alicia me compraba mi desayuno en un puesto de licuados del mercado. –De verdad, si el alcohol supiera a leche revuelta con mamey, es decir riquísimo licuado de mamey, hace mucho que hubiera muerto congestionado–. Los excelentes licuados chilangos que mi madre Alicia me indujo a saborear durante mis años mozos fueron el gusto más rico en el paladar de mi niñez. Los disfrute junto a ella de piña con nuez, de mango con almendras, de chocolate con plátano, todos aderezados con huesos y conchas de pan casi celestial. ¡Bien amadas panaderías defeñas!
Yo quebré el vínculo emocional con mi madre Alicia, cuando a mis 19 años decidí arriesgarme por Chihuahua, poniendo de por medio mil 600 kilómetros de distancia para no retornar. Me hice hombre aprendiendo a trabajar. Deje de ser niño alejado de mi mamá. Tiempo después disfrutaríamos juntos mis visitas a Irapuato cada seis meses, o mejor aún, cuando ella venía invitada especial a conocer la tierra asfixiante del desierto norteño, que nunca soportó, ni en frío invernal, ni en seco calor de verano. Mi madre Alicia murió hace muchos años ya, no asistí a su funeral. Sólo la recupero en el recuerdo perfecto de nuestros abrazos sin palabras, yo en su regazo reinventado cada día la palabra amor sin voz; sólo la imagen de mis manos en sus pies que tantas veces acaricie, las manos del niño que más amó.








