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domingo, marzo 15, 2026
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No todas las opiniones son “respetables”

SERGIO ARMANDO López-Castillo

Nuestro tema hoy parte de una pregunta muy frecuente que muchos nos hemos hecho alguna vez en la vida cotidiana, tanto en el espacio laboral, de amistades, como en otros muchos y variados ámbitos.

En conversaciones, mesas de café, reuniones familiares o de amigos, o en tertulias, bohemias o encuentros grupales, invariablemente ha surgido este tópico, aparentemente sencillo y rutinario.

Y este es: ¿Todas las opiniones son respetables? En consecuencia, en la mayoría de las respuestas o en casi todas ellas, vamos a escuchar o leer un Sí.

Sin embargo, es menester que nos detengamos un poco a reflexionar si esa contestación a la interrogante, es correcta o no. Y honestamente, pensándolo muy bien y a fondo, lo que podemos considerar como respetable, es el derecho a exponer esa opinión, sin que haya porque censurarla o cuestionarla.

De ahí la famosa frase: “Podré no estar de acuerdo con lo que digas; pero defenderé con la vida el derecho a que los expreses”, atribuida a Voltaire.

En ese sentido, la respetabilidad de las opiniones, siempre tendrá que depender del contenido mismo de dichas expresiones.

Porque con alguna frecuencia, usted, yo, amigos, colegas, compañeros y compañeras de trabajo, y otras personas, hemos escuchado opiniones estúpidas, blasfemas, injustas, racistas, y de toda índole, que no necesariamente su contenido debe y puede ser respetable.

Por ello, cuando hay diálogos o discusiones en los y las que alguien externa ese tipo de asertos o consideraciones de algún tema, cosa o persona, y te piden, que respetes sus opiniones, lo más correcto y honesto es responder: “Bueno, respetaré o no su opinión, o sus opiniones”, dependiendo de cuál sea su conformación o esencia.

Lo anterior tiene que ver con una especie de aplicación del sentido crítico de las personas en cualquier ámbito de la vida, comparando este asunto de las opiniones y el cuerpo de que las mismas se componen, con aquella acepción de que: “Todo mundo es bueno”, y por lo tanto “Todas las opiniones son buenas y respetables.

Y no precisamente es así, dado que, en el caso de las opiniones, éstas deben acompañarse de una aceptable y sólida argumentación, si es que se quiere sean tomadas realmente en serio.

Porque hay un problema que tenemos en este tenor de ideas; y que es una falta total de argumentos a la hora de verter todo tipo de opiniones en temas diversos, lo que se ha recrudecido con la aparición y crecimiento de las redes sociales.

Esto se debe, entre otras cosas, a que estamos perdiendo la capacidad lectora en la gente, en pueblos, ciudades y el país mismo, y de manera pragmática y cómoda, parece que nos estamos acostumbrando a las nuevas tecnologías y sus contenidos mediáticos, más que a retomar o rescatar el hábito de la lectura seria, útil y fecunda.

Hoy día en ese esquema tecnológico-informativo, se privilegian los mensajes muy cortos (Más aplicables a memes y otros usos), para consultas breves, cortos publicitarios, anuncios determinados; pero no para argumentos.

Como sabemos, los argumentos requieren textos más extensos y estructurados, y eso lo estamos perdiendo por la prevalencia de los materiales visuales, auditivos fugaces, y en la mayoría de los casos, superfluos.

También, sumémosle a todo eso, el crecimiento de una especie de pereza argumentativa, lo cual está conduciéndonos a que cada vez, nos interese menos el buen debate, la investigación, y el diálogo constructivo de retroalimentación, en las distintas temáticas del espectro público y privado.

En síntesis, hoy día se está recrudeciendo la “declaracionitis” exacerbada, las y los opinadores desbordados, muchos de ellos huecos, prosaicos, intolerantes, distorsionadores de la realidad, que se expresan, creyendo a píe juntillas que las opiniones que externan van a ser creídas y compartidas como una verdad.

Capítulo aparte, aunque más o menos co-relacionado, está el tema de la Inteligencia Artificial, como parte del conglomerado de herramientas y plataformas tecnológicas, de la cual, ya, incluso los medios de comunicación digitales, formales, o tradicionales, con versiones de páginas en la web, están prestándose a la divulgación de noticias falsas mediante ese instrumento virtual.

Aquello nos lleva a pensar en el impacto de estas prácticas con uso de la IA, porque el tema va acompañado de fuertes dilemas éticos.

Caer en la dependencia de las plataformas tecnológicas, podría comprometer la independencia editorial, mientras que el uso intensivo de modelos de lenguaje, plantea interrogantes sobre la transparencia, profesionalismo, y la equidad, en la selección y presentación de contenidos.

 “Lo que escriba y diga, será la verdad”

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