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miércoles, marzo 18, 2026
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Ordenar asesinar no es liderazgo, es barbarie desde el poder

Controversial…

Ordenar asesinar no es liderazgo, es barbarie desde el poder
No se mata por Dios. Se mata por miedo.

Por: Raúl Sabido

En un salón climatizado en Washington, protegido por muros y protocolos, el presidente Donald Trump, con su ego inflamado y sus gestos teatrales, declara frente a cámaras: “El Ayatolá Alí Jameneí de Irán debe ser eliminado.” Desde Jerusalén, el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, asiente con frialdad y ambos, alejados y ajenos al estruendo de las sirenas y los misiles junto con los gritos de terror de los civiles, con sus declaraciones legitiman el asesinato como solución.

La diferencia ética y moral

La diferencia esencial entre asesinato y muerte en guerra radica en el marco legal, ético y circunstancial en que ocurren. El asesinato es la eliminación intencional, deliberada e ilegal de una persona, generalmente fuera de combate y en violación de normas legales y morales. En cambio, la muerte en guerra ocurre en el contexto de un conflicto armado entre fuerzas combatientes y, aunque trágica, está regulada por el derecho internacional humanitario, que distingue entre objetivos militares y civiles.

Mientras el asesinato siempre implica una acción condenable y personalizable, la muerte en guerra, aunque no menos dolorosa, se produce dentro de un marco legalmente aceptado de hostilidades, donde las reglas, internacionalmente aceptadas, pretenden al menos limitar el daño.

Lo llaman estrategia, lo visten de necesidad.

Pero lo que el mundo presencia es la normalización del exterminio como herramienta diplomática. Netanyahu, con décadas de poder tras él, ha orquestado ataques preventivos contra Irán bajo la bandera del “riesgo nuclear” (el mismo pretexto que se usó E.E.U.U. vs Irak de Sadam Husein, y el mismo para colgarlo), y cínicamente el israelita Netanyahu carga en sus espaldas la intencionalidad criminal de exterminar al pueblo Palestino que no tiene la capacidad de defensa como la tiene Irán.

Israel agredió a Irán sin pruebas concluyentes, sin mandato internacional y tan solo con su hipócrita y cobarde verborrea, repetida hasta sonar a certeza, de que Irán “PODRÍA” ser una amenaza nuclear.

Irán, por supuesto, responde. No por sorpresa, sino por orgullo herido. Y mientras llueven misiles en Isfahán y Tel Aviv, en hospitales, mercados y posiciones estratégicas, los mismos líderes alzan la voz con frases de guerra santa, o defendiendo su patria con orgullo.

Las víctimas no aparecen en sus discursos

Y entonces uno se pregunta: ¿qué clase de líderes se permiten decidir quién debe vivir y quién debe morir?

Son hombres de traje, con poder para ordenar asesinatos desde la distancia, Hablando de libertad y actuando con total impunidad. Se dicen protectores, pero siembran miedo. Y lo más preocupante es que millones los aplauden, les creen, los reeligen pero no dejan de ser asesinos en potencia.

En esta era de cinismo político, la moral se desdibuja entre amenazas y banderas. Y la humanidad queda atrapada en medio, entre líderes que no ven personas, sino blancos estratégicos.

Cuando el poder olvida la vergüenza

Tras las declaraciones de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, el mundo no solo escuchó amenazas, también presenció una redefinición del liderazgo global “sabemos dónde está y lo vamos a matar” refiriéndose al Ayatola Jameneí de Irán. Lo que antes se susurraba en pasillos diplomáticos, ahora se grita en conferencias de prensa. El asesinato político, antaño condenado como crimen de Estado, se presenta hoy como herramienta legítima de geopolítica.

¿Qué tipo de liderazgo estamos dispuestos a aceptar cuando el asesinato se plantea como solución política?

Desde una perspectiva ética y humanista, la idea de que un jefe de Estado, como el presidente de Estados Unidos, pueda declarar públicamente la intención de asesinar a otro líder mundial, como el Ayatolá Jameneí, rompe con los principios fundamentales del derecho internacional, la diplomacia y la dignidad humana. No solo se trata de una amenaza, sino de una normalización del uso de la violencia como herramienta de poder, pero Trump se equivocó, una vez más, de destinatario.

Y aquí está el verdadero problema, cuando el asesinato se convierte en una opción legítima para resolver conflictos, la humanidad se convierte en un obstáculo, no en un valor.

¿Cómo puede un líder que promueve la eliminación física de sus enemigos ser confiable para tomar decisiones que beneficien a su pueblo? ¿Qué clase de empatía puede tener alguien que reduce la vida humana a un objetivo militar?

La historia nos ha enseñado que los líderes que justifican la violencia como primera opción suelen dejar tras de sí sociedades más polarizadas, más inseguras y más deshumanizadas. Y lo más peligroso es cuando la ciudadanía normaliza ese discurso y es entonces cuando el autoritarismo se disfraza de liderazgo fuerte.

Los anti valores que parten los puentes

No fue un misil el que rompió los puentes de la comunicación y los acuerdos, fue una frase, solo bastaron las palabras pronunciadas con determinación por un líder occidental “deberíamos asesinar al Ayatolá” para que resonaran como una carga explosiva en los pasillos del mundo musulmán. Las fronteras no vibraron por la artillería, sino por la ofensa moral y, de pronto, los hilos ya tensos de la diplomacia se desgarraron con un sonido seco, el de la confianza quebrada.

En el mundo musulmán, no importará si los gobiernos eran aliados o rivales de Teherán porque el acto mismo de llamar al asesinato de un líder religioso y político, máximo referente de millones de fieles, encendió alarmas no solo militares, sino espirituales, y a los ciudadanos, porque los une la fe, y el mundo musulmán son hombres y mujeres educados en la fe…. Por siglos.

Para EL MUNDO MUSULMÁN, no se trata de defender a Irán, sino de defender la dignidad de una civilización milenaria que volvía a sentirse cercada y despreciada.

Lo que siguió fue una ola silenciosa pero potente: embajadas en alerta, multitudes inquietas, líderes religiosos condenando no solo la amenaza, sino el desprecio. Porque cuando el presidente Trump se permitió verbalizar la muerte como estrategia, los que escuchan no solo temen el ataque, se teme que ya no haya nadie con quien hablar. Recordemos como los E.E.U.U. vencieron el honor de los japoneses, recordemos Hiroshima y Nagasaki.

Y así, los puentes, construidos con décadas de esfuerzo diplomático, diálogo interreligioso, y voluntad de coexistencia, comenzaron a desplomarse uno a uno y no por falta de cemento, sino porque la palabra asesinó la posibilidad de entendimiento.

No cabe duda alguna, la estupidez humana no tiene límites